Cada 14 y 15 de septiembre, Centroamérica recuerda el momento en que decidió abrir su propio camino. La independencia no fue únicamente la ruptura con la Corona española; también fue el inicio de una aspiración permanente por construir sociedades más libres, más justas y con una mayor participación de sus pueblos en la conducción de los asuntos públicos.
En ese contexto, considero oportuno recordar una publicación que realicé el 2 de agosto de 2016, cuando manifesté mi respaldo a la candidatura de Rosario Murillo como vicepresidenta de Nicaragua. En aquel momento destaqué un aspecto que, a mi juicio, continúa siendo relevante: el protagonismo alcanzado por las mujeres en la administración pública nicaragüense.
Históricamente, la política en Centroamérica fue un espacio reservado casi exclusivamente para los hombres. Durante generaciones, miles de mujeres lucharon para acceder a la educación, al voto, a puestos de dirección y a cargos de elección popular. Por ello, cuando una mujer llega a ejercer responsabilidades de alto nivel, considero que se rompe una barrera que durante décadas limitó la igualdad de oportunidades.
En 2016 señalé que Nicaragua registraba una importante participación femenina en ministerios, viceministerios, la Asamblea Nacional, la Corte Suprema de Justicia, el Consejo Supremo Electoral y los gobiernos municipales. Aquellas cifras reflejaban, desde mi perspectiva, un esfuerzo por incorporar a las mujeres en la toma de decisiones del Estado y reconocer su capacidad para dirigir instituciones públicas.
Rosario Murillo pasó a convertirse en una de las mujeres con mayor influencia política en la historia reciente de Centroamérica. Para sus simpatizantes, representa un liderazgo que contribuyó a visibilizar el papel de las mujeres en la conducción del Estado y a demostrar que ellas pueden desempeñar las más altas responsabilidades políticas. Sus críticos tienen una valoración distinta de su gestión y de la realidad política nicaragüense. Ambas posiciones forman parte del debate público regional.
Desde mi punto de vista, la participación femenina en la vida política debe seguir fortaleciéndose. La independencia que celebramos cada septiembre también implica avanzar hacia sociedades donde ninguna mujer vea limitado su desarrollo por prejuicios o estereotipos. Una Centroamérica verdaderamente independiente necesita aprovechar el talento y la capacidad de todas las personas.
La historia demuestra que las transformaciones sociales requieren liderazgo, perseverancia y voluntad política. Independientemente de las diferencias ideológicas que puedan existir, el ascenso de mujeres a posiciones de alta responsabilidad constituye un hecho que merece ser analizado por su impacto en la evolución de la participación política femenina en la región.
Al conmemorar un nuevo aniversario de la independencia de Centroamérica, considero que también debemos reflexionar sobre el lugar que ocupan las mujeres en nuestras democracias, nuestros gobiernos, nuestras organizaciones sociales y nuestras comunidades. Todavía queda mucho camino por recorrer para alcanzar una igualdad plena.
El legado de la independencia no consiste únicamente en recordar una fecha histórica. También consiste en construir sociedades donde mujeres y hombres tengan las mismas oportunidades para servir a sus países y contribuir al bienestar colectivo.
Que este 14 y 15 de septiembre nos inspiren a seguir promoviendo una Centroamérica donde el liderazgo femenino continúe creciendo, donde las nuevas generaciones encuentren más puertas abiertas que obstáculos y donde la participación política de las mujeres sea vista como una fortaleza para el desarrollo de nuestros pueblos.
