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Repoblamiento inclusivo: aspiración urbana y modelo de gestión

Repoblar los centros urbanos no ocurre por declaraciones de interés, ni se logra únicamente permitiendo más altura, promoviendo algunos proyectos residenciales o esperando que el mercado “redescubra” el centro. La recuperación habitacional de áreas centrales requiere de una estrategia técnica, institucional y financiera capaz de transformar el suelo servido, los edificios existentes, la infraestructura instalada y las centralidades urbanas en viviendas adecuadas y asequibles.

La idea de fondo es que, como los centros de ciudad ya cuentan con transporte, equipamientos, servicios, espacio público, actividad económica y patrimonio construido, resulta razonable aprovechar mejor esas áreas antes de seguir expandiendo la mancha urbana hacia periferias más costosas, dispersas y dependientes del automóvil. Sin embargo, esa ventaja territorial no se convierte automáticamente en oferta habitacional, ya que entre las oportunidades urbanas y los potenciales proyectos viables suele existir una compleja cadena de brechas relacionadas con el acceso al suelo, los marcos normativos, el financiamiento, los trámites y permisos, la gestión de activos, la demanda efectiva y la capacidad institucional, que deben acometerse estratégicamente.

En los centros urbanos conviven personas y comercios formales e informales, funcionan servicios e instituciones y circulan trabajadores, estudiantes, población migrante, personas adultas mayores y múltiples formas de economía cotidiana. Repoblar no puede significar sustituir esa vida urbana por una oferta inmobiliaria homogénea, de alto costo y orientada a pocos segmentos; por ello, el desafío es agregar más actividad residencial, mejorar la habitabilidad y activar inmuebles subutilizados sin expulsar las funciones sociales y económicas que todavía sostienen el centro.

Una condición de viabilidad es contar con una cartera clara de suelo e inmuebles. Está claro que en estas zonas hay edificios vacíos, lotes baldíos, parqueos en superficie, oficinas obsoletas o plantas superiores sin uso que hay que identificar, clasificar y priorizar con criterios técnicos. Cada activo debe evaluarse según su propiedad, localización, tamaño, estado físico, edificabilidad, restricciones patrimoniales, disponibilidad de servicios, entorno inmediato, costos de intervención, condición registral y potencial de acceso a mecanismos de financiamiento.

La normativa y los procedimientos también deben adaptarse a la realidad de los centros consolidados, puesto que buena parte de las reglas urbanas y constructivas están pensadas para obra nueva convencional, no para rehabilitación, reconversión o reciclaje de edificios existentes. En centros históricos, los proyectos enfrentan usualmente capas adicionales de complejidad, como las declaratorias patrimoniales, las normas de seguridad humana y accesibilidad universal, las instalaciones obsoletas, las estructuras antiguas, los predios pequeños, las copropiedades, los usos mixtos y las restricciones de estacionamiento. Mientras estos deban tramitarse como si fuesen desarrollos periféricos “en verde”, la viabilidad seguirá siendo reducida, por lo que establecer una ruta diferenciada con prefactibilidad temprana, criterios claros de intervención patrimonial, revisión interinstitucional coordinada y reducción de reprocesos podría marcar la diferencia entre un activo inmovilizado y un proyecto posible.

La dimensión financiera es decisiva porque la vivienda central suele enfrentar costos más altos de suelo, rehabilitación y permisos, y si todo ese costo se traslada al precio final, el resultado será una oferta de vivienda inasequible para buena parte de la población que podría —y aspiraría a— vivir en el centro. Por eso, el repoblamiento inclusivo no puede depender solo del crédito hipotecario tradicional ni de la rentabilidad inmobiliaria convencional, sino que requiere combinaciones de subsidios, crédito, garantías, aporte de suelo público, incentivos tributarios y urbanísticos, fideicomisos, fondos de inversión, alianzas público-privadas bien reguladas y modelos de alquiler asequible.

Se debe diferenciar, además, qué instrumentos sirven para determinados casos; por ejemplo, un parqueo en superficie, un edificio patrimonial, una planta alta vacante, un terreno municipal o una oficina obsoleta requieren soluciones distintas. Algunos activos podrán orientarse a obra nueva, otros a rehabilitación gradual, otros a vivienda en alquiler, otros a usos mixtos, otros a vivienda municipal o usufructo y algunos, simplemente, deberán descartarse si sus costos, riesgos o restricciones superan su potencial habitacional.

El alquiler, por su parte, amerita un lugar más destacado en cualquier estrategia de repoblamiento. Muchos hogares que podrían vivir en áreas centrales no necesariamente quieren ni pueden comprar vivienda. En múltiples casos, parejas jóvenes, estudiantes, personas trabajadoras del centro, población migrante, hogares unipersonales, personas adultas mayores o familias con ingresos variables buscan soluciones flexibles, seguras y bien ubicadas. No obstante, sin una política o programa de alquiler asequible, el repoblamiento suele quedar restringido a quienes califican para crédito o pueden pagar precios de mercado.

El alquiler asequible, sin embargo, no se resuelve fijando rentas bajas de manera aislada y requiere operación profesional, mantenimiento, garantías, reglas claras, administración sostenida y, en muchos casos, apoyo público para que la renta no supere la capacidad de pago de los hogares. Un edificio de alquiler mal administrado se deteriora rápidamente, y uno financieramente inviable termina trasladando costos a los inquilinos o saliendo del segmento asequible. Por eso, los modelos de renta residencial deben diseñarse con estructuras financieras, escalas operativas, controles de riesgos y criterios de permanencia adecuados.

En cuanto a la importancia inherente de la calidad urbana para estos efectos, hay que subrayar que un centro puede tener transporte, comercio y servicios, pero si las aceras —y, con ello, la caminabilidad y la accesibilidad de “último tramo”— son deficientes, el espacio público está deteriorado, hay poca arborización, mala iluminación, ruido excesivo o inseguridad percibida, la localización central pierde atractivo residencial.

La vivienda debe integrarse, por ello, con intervenciones y mejoras en la movilidad peatonal, la accesibilidad universal, la infraestructura verde, los sistemas de drenaje, el mobiliario urbano, la seguridad vial, la gestión de residuos, la activación de plantas bajas y la recuperación de espacios públicos, en vista de que la unidad habitacional no puede separarse del barrio o entorno que la sostiene.

La gobernanza es el factor más determinante. El repoblamiento inclusivo exige coordinación entre municipalidades, instituciones del Sector Vivienda, entidades financieras, autoridades patrimoniales, operadores de servicios, desarrolladores, propietarios, organizaciones civiles y comunidades. Si cada actor opera desde su ventanilla, con procedimientos y criterios propios, los proyectos se vuelven lentos, inciertos y costosos.

Un modelo de gestión específico para áreas centrales podría organizarse en torno a una unidad técnica o mesa de gestión urbana, con un mandato claro para identificar activos, priorizar proyectos, coordinar permisos, articular mecanismos de financiamiento, acompañar a los propietarios, gestionar la información, promover programas piloto y monitorear resultados.

No se trata de crear más burocracia, sino de construir una instancia operativa capaz de convertir diagnósticos en proyectos. Esa instancia debería trabajar con una cartera priorizada de predios públicos para vivienda municipal o alquiler social, edificios privados subutilizados para reconversión, inmuebles patrimoniales para rehabilitación adaptativa, plantas superiores vacantes para vivienda en usos mixtos, parqueos en superficie para obras nuevas y edificios de oficinas obsoletos para nuevos usos residenciales.

El suelo público, cuando existe y está bien localizado, puede ser estratégico y permite reducir costos de entrada, mantener control público sobre la asequibilidad y promover modelos como el usufructo, el alquiler social, la vivienda municipal o alianzas diversas con condiciones claras. Pero también deben gestionarse con rigor los inventarios, los procesos de saneamiento jurídico, la valoración, la selección transparente de proyectos, los criterios para determinar la población beneficiaria, la administración y el mantenimiento, condiciones sin las cuales el activo público puede quedar inmovilizado o terminar resolviendo poco.

Conviene, en esta línea, evitar dos riesgos frecuentes: el primero es suponer que la revitalización urbana producirá vivienda inclusiva por efecto indirecto —mejorar calles, plazas o corredores puede aumentar el atractivo urbano, pero también elevar plusvalías, con la subsecuente especulación inmobiliaria, y acelerar procesos de exclusión si no se acompaña de instrumentos habitacionales—. El segundo es asumir que toda inversión privada es contraria al interés público —la inversión privada puede ser parte de la solución siempre que existan reglas, incentivos condicionados y beneficios verificables, como vivienda asequible, recuperación de inmuebles, mezcla social, activación urbana y permanencia residencial—.

El repoblamiento inclusivo requiere pasar de la lógica del proyecto aislado a la de un sistema. Un edificio recuperado puede ser importante, pero no transforma por sí solo el centro; lo que puede generar un cambio estructural es una secuencia de proyectos articulados, con pilotos bien escogidos —que generen efectos demostrativos—, instrumentos replicables, mejoras del entorno, financiamiento adecuado, participación social y capacidad institucional sostenida.

Repoblar los centros urbanos es una decisión estratégica sobre el modelo de ciudad que implica aprovechar la capacidad instalada —infraestructura ya existente—, reducir la expansión urbana periférica, acercar la vivienda a fuentes de empleo y servicios, recuperar el patrimonio, fortalecer la vida de barrio y ampliar oportunidades para hogares diversos. Para que sea inclusivo, debe diseñarse con precisión quiénes pueden vivir ahí, bajo qué condiciones, con qué instrumentos, con qué protección frente al desplazamiento y con qué modelos de gestión.

Los centros urbanos deben reequiparse y revitalizarse con más vivienda adecuada, más mezcla social, más permanencia, más cuidado urbano y capacidad pública para orientar el cambio. Repoblar en serio es reconstruir condiciones para que la ciudad central vuelva a ser habitable, accesible y compartida; es una importante apuesta en pro de mejores economías urbanas, pero especialmente por el derecho a la ciudad.