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Prohibir la inteligencia artificial no enseñará a nuestros estudiantes a pensar

Esta semana, la ciudad de Nueva York anunció una moratoria de un año sobre el uso de inteligencia artificial generativa por parte de estudiantes hasta octavo grado. La medida alcanzará a cerca de 600.000 estudiantes del sistema público y la ciudad la acompañará con restricciones al tiempo frente a las pantallas. Para los estudiantes de secundaria, en cambio, habrá experiencias limitadas y supervisadas, así como módulos de alfabetización en inteligencia artificial.

El alcalde Zohran Mamdani resumió buena parte de la justificación de la medida en una frase poderosa: los niños necesitan aprender a pensar por sí mismos. En eso es difícil estar en desacuerdo. Nuestros estudiantes necesitan aprender a pensar, formular preguntas, argumentar, resolver problemas, contrastar información, convivir con la incertidumbre y desarrollar criterio propio. La pregunta que deberíamos hacernos es otra: ¿qué nos hace pensar que retirar la inteligencia artificial del aula hará que aprendan a hacerlo?

La inteligencia artificial puso frente a los sistemas educativos un problema que, en realidad, comenzó mucho antes que ChatGPT. Durante décadas hemos pedido a los estudiantes que memoricen información para reproducirla en una prueba, que contesten cuestionarios cuya respuesta se encuentra literalmente en un texto, que elaboren resúmenes que nadie discutirá después o que completen tareas cuyo propósito parece ser demostrar que hicieron la tarea.

Nada de eso requiere inteligencia artificial para convertirse en una experiencia de aprendizaje pobre. Un estudiante puede pasar años resolviendo actividades sin utilizar una sola herramienta de inteligencia artificial y, aun así, tener pocas oportunidades para analizar, cuestionar, crear o defender una idea propia. La ausencia de tecnología no produce pensamiento crítico por generación espontánea. Por eso, quizá estamos colocando el problema en el lugar equivocado.

Imaginemos dos aulas:

  • En la primera, un docente solicita a sus estudiantes definir un concepto. El estudiante consulta una herramienta de inteligencia artificial, copia la respuesta y la entrega.
  • En la segunda, el docente pide consultar una respuesta generada por inteligencia artificial, identificar posibles errores o simplificaciones, contrastarla con otras fuentes, determinar cuáles afirmaciones cuentan con evidencia y cuáles no, elaborar una posición propia y defenderla frente a sus compañeros.

En ambas aulas hubo inteligencia artificial, pero solamente en una hubo una experiencia diseñada deliberadamente para desarrollar el pensamiento. La diferencia fundamental no fue la tecnología. Fue la mediación pedagógica.

Esto tampoco significa que toda experiencia educativa deba incorporar inteligencia artificial. Habrá momentos en los que un docente necesite que sus estudiantes escriban sin asistencia, resuelvan un problema de manera independiente, lean un texto completo, desarrollen una habilidad antes de apoyarse en una herramienta o simplemente conversen entre ellos. Eso también es diseño pedagógico.

Precisamente por eso resulta problemático convertir la discusión en una elección entre permitir o prohibir. La pregunta educativa más importante debería ser cuándo, para qué, cómo y bajo cuáles condiciones una tecnología contribuye al aprendizaje.

Hay una paradoja interesante en la decisión de Nueva York. Mientras restringe la inteligencia artificial generativa para los estudiantes más jóvenes, permite que los docentes continúen utilizándola para la planificación y determinadas tareas profesionales. Su propia política insiste, además, en que el juicio profesional del educador debe mantenerse.

Ese principio merece mucha más atención. Si queremos estudiantes capaces de utilizar inteligencia artificial sin delegar en ella su pensamiento, necesitamos docentes capaces de diseñar experiencias en las que eso sea posible. Y eso exige mucho más que entregar una lista de herramientas.

Requiere desarrollo profesional docente para comprender qué pueden y qué no pueden hacer estos sistemas; diseñar actividades cognitivamente exigentes; modificar las estrategias de evaluación; detectar cuándo una herramienta amplía las capacidades del estudiante y cuándo las sustituye; enseñar a verificar información, reconocer sesgos, proteger datos y cuestionar respuestas que pueden parecer convincentes sin ser correctas. La inteligencia artificial no disminuye la importancia del docente. Hace todavía más evidente cuánto depende la calidad educativa de su capacidad profesional.

Prohibir también puede producir desigualdad

Existe, además, otra pregunta que los sistemas educativos deberían considerar. Una prohibición escolar no elimina la tecnología de la vida de los estudiantes. Quienes tengan acceso a dispositivos, conectividad, acompañamiento familiar y oportunidades fuera de la escuela continuarán experimentando con estas herramientas. Otros probablemente tendrán su primer contacto mucho más tarde y con menos orientación.

La escuela pública tiene precisamente una función democratizadora: permitir que el origen de una persona determine lo menos posible las oportunidades que tendrá para comprender y participar del mundo que le corresponde vivir. Si la inteligencia artificial será parte de ese mundo, la alfabetización en IA también se convierte en un asunto de equidad educativa.

Eso no obliga a colocar un chatbot frente a un niño pequeño ni implica aceptar acríticamente cada producto que una empresa tecnológica quiera introducir en las escuelas. Nueva York acierta al recordar algo que con frecuencia olvidamos: innovación educativa no significa simplemente incorporar más tecnología. Su política establece controles de privacidad, evaluación de herramientas, excepciones de accesibilidad y pilotos supervisados precisamente porque existen riesgos reales que las autoridades deben gestionar. Pero gobernar una tecnología y excluirla son decisiones diferentes.

Costa Rica debería tener esta conversación ahora

La decisión de Nueva York importa más allá de Nueva York porque anticipa una discusión que muchos sistemas educativos tendrán que enfrentar. Costa Rica también tendrá que decidir qué lugar quiere darle a la inteligencia artificial en sus aulas. Y sería un error reducir esa discusión a escoger entre entusiasmo tecnológico y prohibición.

Nuestro desafío es bastante más difícil. Tenemos que definir qué capacidades queremos que desarrollen nuestros estudiantes en un mundo donde acceder a una respuesta será cada vez más sencillo. Si una máquina puede resumir un texto, redactar una explicación o resolver determinados problemas en segundos, la respuesta de la educación no puede ser simplemente fingir que esa máquina no existe.

Tendrá que enseñar algo mucho más importante: qué hacer intelectualmente con una respuesta cuando obtenerla dejó de ser la parte difícil. Eso implica aprender a preguntar, contrastar, verificar, interpretar, argumentar, crear y decidir.

Y para conseguirlo tendremos que revisar no solamente las herramientas que ponemos en manos de los estudiantes, sino las metodologías que utilizamos, las actividades que proponemos, las evaluaciones que aplicamos y las oportunidades de desarrollo profesional que ofrecemos a nuestros docentes.

Porque podemos retirar los celulares del aula. Podemos bloquear ChatGPT. Podemos incluso prohibir la inteligencia artificial hasta determinada edad. Pero ninguna prohibición, por sí sola, puede enseñar a pensar. Eso sigue siendo tarea de la educación.