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Imagen principal del artículo: Pornografía política

Pornografía política

Agosto de 2026 termina como un mes particularmente violento en la política costarricense. Sin pedirlo ni buscarlo, hemos sido espectadores de pornografía política. Durante cuatro años hemos asistido a una exhibición constante de poder; desde febrero de 2026, a ese alarde se ha sumado el placer de humillar. Los máximos dirigentes del país llevan la dirección del insulto, la amenaza y el ridículo, y parecen disfrutar el escarnio de otros funcionarios públicos. Hay un estímulo permanente donde cada intervención, cual anzuelo, necesita más escándalo, más volumen que el anterior para mantener a una audiencia que exige nuevas dosis de indignación y euforia. Y así, tal cual, alimentan a sus seguidores para que todos se sientan gigantes del ring.

Se llenan de barro y se arrastran peleando solos. Excitan a seguidores que creen legítimo hablar así de políticos y políticas opositoras: desearles la muerte, el quiebre físico o la sumisión. Y, para que les duela menos, les recetan, cual seguro social, crema. Ese grupo se une alrededor del placer político que les produce anticipar el sufrimiento físico de un compatriota convertido en adversario. Eso es la erotización del discurso político.

La capacidad de disponer del cuerpo de otra persona.
La capacidad de vencer su resistencia y demostrar que no puede defenderse.
La fantasía de reducir el cuerpo y ejercer el dominio sobre él.

No voy a repetir sus insultos ni amenazas. Ya están en los videos, en los archivos de la Asamblea y en los registros del circuito judicial. No son palabras dichas sin pensar ni explosiones de enojo porque son parte del guion que maneja el grupo.

La autoridad se mide ahora por la capacidad de imponerse físicamente, pero esto nunca ha sido la definición de lo político. Los gladiadores lo hacían en el coliseo para entretenimiento, no para defender ideas.  Pero ¿qué pasa cuando estas fantasías encuentran instrumentos reales de coerción en el Estado? ¿Qué ocurre cuando un dirigente que controla policías, cárceles e instituciones capaces de restringir derechos llama a someter a sus opositores?

En este ring de pornografía política en el que nos tienen de espectadores a todos, nos dicen que los límites son obstáculos, ofreciéndonos control. Nos invitan a identificarnos con quienes castigan y a deshumanizar al que se castiga, y esa crueldad funciona como una prueba de pertenencia al grupo.

Este nivel de violencia política es estratégico para ellos, es su modus operandi, común a los extremos —en este caso, a las ultraderechas—, pero no lo es para los costarricenses. La responsabilidad recae sobre el Poder Ejecutivo y sus diputados y diputadas, que incitan esta violencia y la alimentan entre sus seguidores, quienes la amplifican en redes. Cada "me gusta", cada burla compartida, es una moneda más en esa taquilla. El país entero paga entrada para ver cómo nos destruyen.

Pero todos podemos vaciar esa taquilla, dejando de pagar la entrada: no compartiendo, no comentando, no reaccionando siquiera con indignación, porque el algoritmo no distingue el aplauso del repudio, ambos alimentan el espectáculo. Apagando la transmisión en vez de quedarnos viéndola, y exigiéndoles a los medios que cubran la gestión pública y no el insulto del día. No separando "me gusta cómo humilla a mis adversarios" de "me gusta cómo gobierna", porque son las mismas personas ejerciendo el mismo poder. Y no dejándolo pasar cuando aparece en la sobremesa o en el grupo de WhatsApp, nombrándolo en voz alta en vez de normalizarlo. Y, aun así, porque vivimos en este país, nos obligan a presenciar la lucha encarnizada del partido en el poder contra el Estado de derecho y la oposición.

Los gladiadores, al menos, sabían que su combate era espectáculo. Estos políticos nos venden el suyo como democracia. No lo es. Es un gozo cruel. Costa Rica no es un coliseo y lo que escribo no es un juicio moral, es un reclamo cívico: lo que está en juego no es la decencia de nadie sino la salud de lo público. Vuelvo a ver a mi derecha y me pregunto por quiénes hoy aplauden desde las gradas: ¿qué pasará el día en que la arena los reclame? ¿Cómo y cuándo verán la vulgaridad del espectáculo que nos obligan a presenciar?