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Imagen principal del artículo: Nacidos para perder

Nacidos para perder

Mi generación tiene la palabra derrota escrita en la frente. Sufrimos la adolescencia en la efervescencia de los años 2000, la época de nuestra educación sentimental y política: la coyuntura del TLC. Creímos cuando nos dijeron futuro. Creímos y actuamos. El domingo 5 de febrero de 2006 perdimos las elecciones. Después, el 7 de octubre de 2007, perdimos el referéndum. Algo se rompió aquella noche. Luego fuimos testigos del cálculo político y del oportunismo. Personajes pragmáticos pactaron con la realpolitik. Muchos ya no éramos tan jóvenes y los veintes nos encontraron anestesiados, forjando un futuro inexistente en una noria sin sentido. Hacia 2014, la algarabía fabricó un espejismo y los vientos del norte presagiaban tempestades que pocas personas supieron interpretar.

Tiempo liminal, monstruos y jaguares

Hacia la segunda década del siglo, algunos recordábamos, vencidos y decepcionados, la épica y el trauma; otras personas se organizaron en movimientos fragmentados y de poca incidencia. Mientras tanto, en el mundo se gestaba una virulenta ofensiva antidemocrática. El mundo cambiaba y volvimos a Gramsci para nombrar la época: “el interregno”, el momento en que lo viejo muere sin que lo nuevo pueda nacer. Ese viejo mundo había muerto en 2001 y se configuraba algo que no termina por establecerse. En el claroscuro de las últimas décadas se asomaba el monstruo del neofascismo, el rostro político del capitalismo tardío.

En las habitaciones más oscuras de los sectores reaccionarios se consolidaba una fuerza populista de extrema derecha: un discurso antiliberal y conservador de élite. Al mismo tiempo, la serpiente del fascismo incubaba su huevo en los rincones más profundos de la impotencia y la frustración ciudadana. Era cuestión de tiempo para la eclosión. En Costa Rica, esa deriva tuvo una primera manifestación alrededor de Fabricio Alvarado en 2018. Luego, grupos financieros, medios de comunicación y políticos a sueldo se organizaron en torno a Chaves en 2021. En 2022 volvimos a ser derrotados, pero, además, la circunstancia histórica nos descolocó.

Regreso dos párrafos. Podemos matizar el interregno gramsciano con el tiempo liminal de García Linera. La coyuntura actual nos lleva a un colapso del futuro y de las “certezas pasadas”. Mientras el “nuevo orden” está en proceso de consolidarse, reina la incertidumbre en una especie de “tiempo histórico suspendido”, en un continuo caos: la policrisis y el desmoronamiento del mundo conocido. Con esto en mente, la pasada elección es un ejemplo más de la incertidumbre y del colapso de la época, entendido también como parte del modus operandi de la “Internacional reaccionaria neofascista” y del deterioro del relato del “Estado de derecho y la democracia liberal”.

No Future

Žižek, en uno de sus textos, dialoga con Dupuy a partir de lo que el francés denominó “punto fijo distópico”, algo así como la proyección de un futuro catastrófico e inevitable. Si lo traigo a nuestra realidad política, podría ser el miedo existente ante el posible vaciamiento de nuestra democracia y la instauración de un régimen autocrático tropical-trumpiano a la tica.

Muchas personas vemos ese “punto fijo” inevitable. Ahora bien, el “No Future” no designa la imposibilidad del cambio, según Žižek, sino la propuesta de romper el control que tiene ese “futuro catastrófico” sobre nosotros: abrir un espacio para algo “Nuevo por venir”.

Siguiendo a Dupuy, lo necesario es introducir una nueva noción de tiempo: si ese futuro es ineludible, nuestro presente se convierte retroactivamente en el pasado de este. Entonces, sigo con el autor, en ese espacio podemos actuar: si hubiéramos hecho tal o cual acción, esta catástrofe no habría ocurrido.

El futuro es “inevitable”, pero no ha llegado; en consecuencia, tenemos una oportunidad para cambiarlo. Por otra parte, como dice el filósofo esloveno, hemos caído en el “autosabotaje”: hablamos de la amenaza sin hacer mucho para evitarla. Esto ocurre porque asumimos que la tragedia es ineludible y nos lamentamos, con falsa conmiseración, de nuestro fracaso e inacción.

Ahora bien, creo que en la última elección resignificamos la derrota como resistencia. Muchísimas personas entendieron que “nuestra derrota no será total”, como escribiera Benedetti. Parece que proclamamos que seguimos en pie a pesar de tantas lonas. Sí, perder es quizás lo que nos hermana.

Ahora, cuando vemos a nuestro lado, nos damos cuenta de que somos más, y esto fue palpable cuando miles de personas colmaron la Plaza de la Democracia el 6 de agosto o la tarde del 1 de setiembre, cuando estudiantes se movilizaron contra la desfinanciación de la educación. Creo que algo cambió.

La propuesta debe ser elegir algo nuevo como porvenir, no volver a un estadio anterior, que es en parte lo que nos trajo aquí. No sabemos qué es lo nuevo porvenir, pero creo que, desde la movilización, la organización, el poder democratizador de lo común, la creatividad y la solidaridad de los próximos meses y años, podremos construirlo. Es ahora cuando podemos soñar un horizonte nuevo, uno forjado desde abajo, desde donde nos levantamos los derrotados.