Uno de los grandes males de estos tiempos en los que nos tocó vivir es la manipulación del lenguaje, el exceso de hipocresía, la diplomacia de lo absurdo, la tergiversación de los hechos, la posverdad como estilo de vida, la banalización de lo evidente, la romantización de la tragedia. En fin, maquillar tanto lo obvio, que termina transformándose en otra cosa.
Para hacerlo hay mil formas. Desde la difusión de noticias falsas y medias verdades, hasta la más burda generación de imágenes, videos y declaraciones que nunca existieron. Sumémosle a esto, una pobre educación histórica, una buena parte de los líderes mundiales carentes de vergüenza, una agenda internacional que cada vez prioriza más en los intereses económicos y menos en las personas, un interés de buscar enemigos aunque sean inventados y un fanatismo extremo con tintes de odio, violencia y discriminación que nos hace recordar con horror el ascenso de regímenes autoritarios nefastos en las primeras décadas del siglo XX.
Es por ello por lo que una de las grandes luchas que nos corresponde emprender a quienes no queremos ver terminar de derrumbarse la institucionalidad, las garantías y derechos fundamentales, las libertades y conquistas sociales que tanta sangre, sudor y lágrimas vieron derramarse para ser alcanzadas, es precisamente la lucha por la verdad. Así de simple, así de trágico, así de crudo.
Y quizás la primera forma de emprender esta batalla es llamar las cosas por su nombre. Aunque duela, aunque ofenda, aunque incomode.
Así que, para empezar, propongo tres cosas para llamar por su nombre. Tres cosas que tenemos al frente y que algunos se han empeñado en frivolizar.
La primera y quizás la más evidente, documentada, indignante y dolorosa: el genocidio en Gaza. Incluso es probable que el término se quede corto, si tomamos el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional como referencia, pues nos encontramos con que más allá de genocidio, lo que Netanyahu y su séquito de criminales cometen contra la población civil en Gaza se puede considerar también como crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra.
Naciones Unidas, la Corte Penal Internacional, la Cruz Roja Internacional, Amnistía Internacional, la Corte Internacional de Justicia y cientos de ONG´s, medios de comunicación, Relatores Especiales y demás actores de la sociedad civil, han documentado las atrocidades que Israel perpetra en Gaza todos los días.
Desde hacer morir de hambre como método de guerra, limitar o impedir intencionalmente la entrada de suministros médicos y medicamentos, hasta el bombardeo, las violaciones, los asesinatos, la persecución y la destrucción de infraestructura. A lo que hay que agregar las declaraciones del Ministro de Defensa israelí que habla abiertamente de expulsión para vaciar a Gaza de población palestina y las del Ministro de Seguridad Nacional quien pidió públicamente asesinar entre 30 y 40 personas"cada noche en Gaza. Asqueroso, abominable y perverso, como si haber sufrido los embates de un genocidio los facultara para cometer otro impunemente.
La segunda cosa que debemos llamar por su nombre es que en Nicaragua se vive desde hace tiempo una dictadura.
Uso desproporcionado de la fuerza, ejecuciones extrajudiciales, detenciones masivas y arbitrarias, agresiones en perjuicio de estudiantes, trabajadores, integrantes de la iglesia católica y jóvenes, así como ataques dirigidos a instalaciones universitarias, medios de comunicación, empresas privadas, sedes de organismos internacionales y ONG´s, son parte de los abusos que la dictadura Ortega-Murillo receta a su pueblo desde hace años, traicionado el legado de Augusto Cesar Sandino que juraron defender contra el régimen de los Somoza.
La consolidación de la dictadura la han dado en varios capítulos. Cooptando la independencia del Poder Judicial, el Consejo Supremo Electoral y la Asamblea Nacional; impulsando reformas constitucionales para eliminar los límites a la reelección, instaurar su designación indefinida en procesos electorales que de por sí eran manipulados a su antojo y nombrar a Rosario Murillo como “copresidenta” al no bastarles que fuera la vicepresidenta de la República y, finalmente, al anunciar recientemente que no habrá más elecciones.
¿Así o más claro? Es que parece obvio, pero indignantemente hay quienes por intereses económicos y políticos se niegan a pronunciar la palabra dictadura, justificando con silencio cómplice las atrocidades que se cometen a diario.
La tercera cosa que debemos llamar por su nombre, aunque obviamente podrían ser muchas más, es que en Venezuela se acaba de perpetrar un saqueo de su petróleo por parte de Estados Unidos.
Obviamente los demócratas del mundo soñábamos con la caída de Maduro. Fueron muchos años de escasez de alimentos y medicinas, desesperanza, persecución, cárcel, exilio y tortura a la oposición política. Atropellos a una Constitución Política creada por el mismo chavismo, abusos contra las libertades fundamentales y los derechos humanos, ruptura de límites entre Poderes del Estado, corrupción, narcotráfico, tráfico de influencias, pésimo manejo de la Administración Pública, inseguridad ciudadana y un largo etcétera de situaciones de angustia que convirtieron a ese país en uno de los menos desarrollados, libres y democráticos del mundo.
Pero la solución no estaba en una violación flagrante a la soberanía de un Estado independiente para que un grupo élite de Estados Unidos secuestrara al dictador y lo sometiera a sus leyes como si fueran el policía del mundo y estuvieran facultados para atropellar todas las normas básicas de derecho internacional.
Y menos aún, que Estados Unidos se aliara a la mayoría del régimen dictatorial venezolano manteniéndolos en sus cargos, a cambio de un acuerdo por 25 años para el control mayoritario de 17 yacimientos que representan unos 65.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo.
Porque hay que ser muy ingenuo para creer que alguna vez se trató de democracia, paz y libertad para el pueblo venezolano. Siempre fue por petróleo y por dinero.
Un saqueo a vista y paciencia de todo el mundo, que solo beneficia a Estados Unidos, porque las condiciones de vida para el pueblo venezolano seguirán siendo complicadas aguantando al régimen que los oprime, pero ahora con menos recursos naturales y energéticos a su nombre.
Así que ya saben: Ge-no-ci-dio. Dic-ta-du-ra. Sa-que-o. Así es como deben llamarse las cosas.
