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Leer entre líneas

Hay una escena que debería preocuparnos más que muchas de las que consiguen titulares durante una semana: un estudiante frente a un texto, capaz de leer las palabras, pero no necesariamente de comprender lo que dicen. Parece una diferencia pequeña. No lo es.

Leer no consiste en reconocer letras, pronunciar frases ni en llegar al punto final. Leer es comprender, relacionar, inferir, dudar, comparar, distinguir entre una idea y una opinión y descubrir cuándo alguien intenta convencernos de algo. En otras palabras: leer también es aprender a pensar. Y aquí empieza el problema.

Los resultados de PISA 2025 dejan poco espacio para el optimismo complaciente. En Costa Rica, apenas el 53% de los estudiantes de 15 años alcanzó el nivel mínimo de competencia lectora, frente al 69% del promedio de la OCDE. En 2022 había sido casi igual: el país obtuvo 415 puntos y ahora alcanza 416. La mejoría, si queremos llamarla así, cabe en el margen de error de nuestro entusiasmo. La mayoría puede realizar tareas básicas, como localizar información explícita, pero tiene dificultades para interpretar, integrar, evaluar y reflexionar críticamente sobre lo que lee. No es un dato para adornar una presentación de PowerPoint. Es una advertencia.

Porque un estudiante que no comprende un texto tampoco tendrá demasiadas herramientas para comprender una noticia, interpretar una ley, valorar una promesa electoral, detectar una falacia o reconocer una mentira disfrazada de verdad. Y entonces la comprensión lectora deja de ser solo un tema escolar. Se convierte en un asunto democrático.

Una ciudadanía que no comprende lo que lee queda más expuesta a quien habla más fuerte, repite más veces una consigna o consigue que un video se vuelva viral. La desinformación encuentra terreno fértil allí donde falta la capacidad para detenerse, contrastar y preguntar: ¿pero esto qué significa en realidad?

Ahora bien, resulta, en particular, preocupante que la dificultad para comprender textos coincida con una transformación acelerada de nuestros hábitos de atención. El teléfono celular reclama nuestra mirada cada pocos segundos. Un mensaje interrumpe la lectura. Una notificación compite con un párrafo. Un video termina y otro empieza antes de que hayamos tenido tiempo de preguntarnos qué acabamos de ver.

Leer profundamente exige algo que las plataformas digitales no parecen tener entre sus prioridades: paciencia. La lectura necesita tiempo para que una idea se instale, se relacione con otra y produzca una tercera. El ecosistema digital, en cambio, premia la velocidad, la reacción inmediata y la capacidad de mantenernos mirando. La preocupación no es que leamos en una pantalla; también se puede leer en una pantalla. El problema aparece cuando perdemos la capacidad de sostener la atención necesaria para comprender lo complejo. El debate reciente sobre lectura en tiempos de algoritmos apunta a ese desafío.

La Encuesta Nacional de Cultura 2026 ofrece, además, una fotografía de esta transformación: la lectura digital pasó de 22,4% en 2016 a 39,4% en 2026, mientras el porcentaje de adultos que consideran la lectura un hábito descendió. No deberíamos confundir, entonces, más acceso con mayor comprensión. Tenemos más textos disponibles que nunca. Quizá lo que nos falta es tiempo para leerlos. Y herramientas para entenderlos.

¿Cómo se combate este problema? No con campañas que digan “hay que leer más”. Tampoco convirtiendo cada libro en una obligación escolar capaz de hacer que cualquier adolescente prefiera lavar platos.

Se debe enseñar a leer profundamente. Desde los primeros años. Formar docentes para enseñar comprensión, inferencia y pensamiento crítico; recuperar espacios de lectura sostenida en las aulas; garantizar acceso a libros diversos; involucrar a las familias y fortalecer las bibliotecas como lugares vivos de encuentro. El Estado de la Educación ha señalado la necesidad de fortalecer la formación docente frente a los rezagos en habilidades lectoras.

Pero también necesitamos recuperar algo que parece haberse vuelto revolucionario, casi contracultural: sentarnos a leer sin hacer ninguna otra cosa. Un capítulo. Un artículo. Un cuento. Un poema. Un libro. Y terminarlo.

Porque quien comprende lo que lee tiene mejores herramientas para preguntar, disentir, detectar una manipulación y tomar decisiones. En una época en la que tantos quieren decirnos qué pensar, comprender lo que leemos es una forma elemental de libertad. Tal vez por eso enseñar a leer o aprender a leer, en el fondo, sea no dejarse engañar. Y pocas tareas resultan más urgentes.