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Las democracias necesitan oposición

Enero de 2007. La Asamblea Nacional de Venezuela aprobó la Ley Habilitante, que otorgó al entonces presidente Hugo Chávez amplias facultades para legislar mediante decretos con fuerza de ley.

Febrero de 2007. En ese contexto, el entonces presidente de Costa Rica, Óscar Arias, dijo en el programa inaugural de Hablando Claro, de Vilma Ibarra, una frase que sigue siendo válida casi veinte años después:

Un líder debe gobernar con oposición”.

Las palabras no cayeron bien en Caracas.

Poco después, Hugo Chávez anunció el cierre y eventual traslado de CVG Alunasa, empresa estatal venezolana ubicada en Juanilama de Esparza. Aunque entre las razones esgrimidas estuvieron las económicas, técnicas y geopolíticas, Chávez manifestó públicamente su molestia por las declaraciones de Arias. En Costa Rica, la situación fue interpretada como una represalia política y puso en incertidumbre a unos 400 trabajadores y sus familias, además de provocar una crisis diplomática entre los países.

Esta historia no me la contaron. La viví desde adentro.

En aquellos años gerenciaba el área de Talento Humano de CVG Alunasa. Era mi primer puesto gerencial después de mi paso por CoopeMontecillos —siendo la hoy exdiputada Kattia Cambronero mi jefa—, Procter & Gamble e IBM.

Bien lo saben doña Pilar Cisneros y los periodistas del medio liderado por ella en aquellos años, quienes intentaron entrevistar a los gerentes de Alunasa. Nosotros teníamos prohibido dar declaraciones porque el Gobierno de Venezuela había decidido que la comunicación externa se canalizara a través del canciller de entonces, Nicolás Maduro.

Yo estaba ahí.

Vi de cerca cómo una decisión tomada a miles de kilómetros puso en incertidumbre el empleo de cientos de personas y afectó todo un entorno económico y social. Por eso hay una parte de aquella historia que, para mí, trasciende a Óscar Arias y a Hugo Chávez y tiene que ver con algo mucho más importante: los límites del poder. Quienes creemos en la democracia, en los pesos y contrapesos y en el valor de la institucionalidad tenemos que entender que la oposición no es un estorbo del sistema democrático. Es parte del sistema democrático.

Eso no significa que todo gobierno deba ser defendido ni que toda oposición tenga razón. Al mismo gobierno de Óscar Arias, al que le reconozco haber advertido sobre lo que podía significar para Venezuela la Ley Habilitante, también le cuestiono decisiones como el Plan Escudo y su impacto en el empleo público.

¿Se puede criticar a Óscar Arias? Sí. ¿Se puede criticar a cualquier gobierno? Desde luego. Precisamente de eso se trata.

La frase de Arias que provocó aquella reacción de Chávez no era una defensa de la oposición por la oposición misma. Era la defensa de un principio democrático elemental: un gobernante no debería sentirse cómodo porque nadie le discuta.

Años después, vimos cómo el sistema político venezolano fue concentrando poder y debilitando los contrapesos institucionales y los espacios efectivos para la oposición política. Por eso preocupa cuando en Costa Rica hay personas a las que les incomoda la existencia de la oposición, que cuestionan su derecho a fiscalizar al Gobierno o que parecen entender la crítica política como una forma de sabotaje.

Me preocupa cuando empezamos a normalizar que se solicite la cédula para participar en actividades públicas, que figuras públicas irrespeten la investidura que representan o que el debate político termine convertido en un espectáculo circense de descalificaciones, miércoles tras miércoles.

La experiencia histórica demuestra que la concentración del poder y el debilitamiento de los contrapesos pueden terminar afectando algo mucho más importante que una disputa política: las libertades individuales y colectivas.

Porque la pregunta no debería ser “¿cómo hacemos para que la oposición deje trabajar al Gobierno?” La pregunta debería ser: ¿qué clase de país queremos construir cuando nos toque estar del lado de la oposición?

Porque los gobiernos cambian. Los presidentes cambian. Las mayorías cambian. Y algún día, inevitablemente, quienes hoy gobiernan serán la oposición de otros gobiernos. La democracia no consiste en que los nuestros puedan gobernar sin que nadie los cuestione. Consiste en aceptar que todo gobernante puede y debe ser cuestionado.

Una democracia no puede existir sin contrapesos ni las libertades pueden existir sin libertad de expresión. Cuando el poder comienza a sentirse incómodo ante el cuestionamiento, el problema no es la existencia de una oposición. El problema está en la forma en que entendemos el poder.

Yo estuve en Alunasa en 2007. Diecinueve años después, Alunasa ya no existe. La planta finalmente cerró sus operaciones en Costa Rica en 2021, después de más de cuatro décadas de actividad. Y la historia de Venezuela muestra las consecuencias que puede tener un proceso en el que el poder pierde sus contrapesos y la oposición deja de tener espacios efectivos para cuestionarlo.

Costa Rica y su democracia valen muchísimo más que el “lero lero” de cualquier bufón.

Las democracias necesitan oposición.