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La ventaja del trol

“Las vacunas ARN modifican el ADN”. Seis palabras.

Escribirlas toma segundos. Refutarlas responsablemente exige bastante más: explicar qué es el ARN mensajero, dónde actúa dentro de la célula, qué separa el citoplasma del núcleo, qué tendría que ocurrir para modificar el genoma y qué demuestra la evidencia disponible. Después hay que buscar fuentes confiables, citarlas y convertir todo eso en una explicación comprensible. La propia Organización Mundial de la Salud explica que el ARN mensajero de estas vacunas no se incorpora a nuestros genes.

Para cuando uno termina, quien publicó las seis palabras puede haber escrito otras seis. Esa es la ventaja del trol.

En 2013, el programador italiano Alberto Brandolini formuló un aforismo que terminó conociéndose como ley de Brandolini o principio de asimetría de la estupidez: la energía necesaria para refutar una tontería suele ser mucho mayor que la requerida para producirla. No es una ley científica ni una proporción que debamos tomar literalmente. Es una observación sobre una desigualdad muy real en la conversación pública: afirmar no exige el mismo trabajo que demostrar. La discusión científica retomó posteriormente el principio incluso para analizar el costo de corregir información falsa y desinformación.

Las redes sociales convierten esa desigualdad en un arma particularmente eficaz. Una afirmación puede ser falsa sin parecer absurda. Basta una cifra verdadera sin denominador, una fotografía auténtica con una fecha distinta, una cita amputada de dos palabras, una correlación presentada como causa o una pregunta diseñada para insinuar aquello que no se puede probar. El detalle puede ser diminuto. La explicación necesaria para descubrirlo, no.

Conviene, además, hacer una distinción. Un trol no es simplemente alguien que piensa distinto, ni toda persona desagradable merece esa etiqueta. La discrepancia es indispensable para una democracia. Tampoco todo trol desinforma ni toda desinformación proviene de un trol. El problema aparece cuando la provocación, la distorsión y el sabotaje de la conversación se encuentran.

Ahí Brandolini juega con ventaja. Costa Rica tiene razones recientes para tomarse el fenómeno en serio. La Misión de Expertos Electorales de la Unión Europea que observó las elecciones nacionales de 2026 reportó actividad de cuentas tipo trol en apoyo de los principales bloques políticos, particularmente en Facebook y X. Según su informe final, esas cuentas intensificaron la retórica hostil y los ataques personales y desalentaron la participación política constructiva.

El dato importa también por lo que evita: no estamos ante una conducta que podamos atribuir cómodamente a un único partido o bando. Y el troleo tiene otro efecto: puede contagiar la conversación.

Un estudio experimental desarrollado por investigadores de Stanford y Cornell encontró que el mal estado de ánimo y la exposición previa a comentarios de troleo aumentaban la probabilidad de que usuarios comunes reprodujeran ese comportamiento; combinados, ambos factores llegaron aproximadamente a duplicar la probabilidad observada en el experimento.

El trol, entonces, no solo ensucia una discusión: puede cambiar las reglas de quienes entran después.

En Costa Rica existe un agravante: los resultados de PISA 2022 de la OCDE muestran que Costa Rica obtuvo 415 puntos en lectura, frente a 476 del promedio de la OCDE. Sería incorrecto convertir ese dato en la afirmación de que “los costarricenses no saben leer”: PISA evalúa estudiantes de 15 años y no mide credulidad.

Pero sí nos obliga a prestar atención a las competencias necesarias para interpretar información compleja.

Porque leer no consiste únicamente en reconocer palabras. En el entorno informativo actual también significa localizar información relevante, interpretar, inferir, distinguir afirmaciones de evidencia, reconocer contradicciones y evaluar críticamente lo que alguien presenta como verdadero.

Y esas habilidades importan cuando la manipulación cabe en seis palabras y su explicación necesita seis párrafos.

La contradicción más reveladora aparece cuando preguntamos directamente por la desinformación. Una encuesta nacional realizada por el Proledi de la Universidad de Costa Rica en 2025 encontró que el 73% de las personas confiaba en su propia capacidad para reconocer contenidos falsos, mientras que solamente el 34% confiaba en que los demás fueran capaces de hacerlo.

Sin embargo, el 28% reconoció haber creído recientemente un contenido que posteriormente descubrió que era falso.

Nos gusta pensar que el crédulo es el otro; ese exceso de confianza vuelve todavía más valiosas las seis palabras. Quien cree que detectaría fácilmente una manipulación tiene menos razones para detenerse a verificarla. Y quien intenta corregirla se enfrenta a un segundo problema: las seis palabras son fáciles de consumir; los seis párrafos necesarios para explicarlas compiten por una atención que no está garantizada.

Entonces ocurre algo más grave que creer una falsedad. Quienes sí conocen el tema empiezan a calcular el costo de responder.

¿Vale la pena buscar otra vez las fuentes? ¿Explicar de nuevo el contexto? ¿Recibir veinte insultos? ¿Invertir quince minutos en alguien que probablemente no está intentando comprender?

Muchos concluyen que no.

Eso deja en la conversación a quienes tienen más disposición para gritar, repetir y provocar. La llamada espiral del silencio estudia precisamente cómo la percepción de encontrarse frente a una opinión dominante puede inhibir la expresión de posiciones discrepantes. Un estudio sobre este fenómeno específicamente en redes sociales encontró que encontrarse con posiciones políticas contrarias podía reducir la disposición de las personas a expresar sus propias opiniones.

El resultado es peligroso: podemos terminar confundiendo lo más ruidoso con lo más numeroso.

Por eso la respuesta al trol no puede ser censurar el desacuerdo ni convertir las redes en lugares donde todos pensemos igual. Una democracia necesita discusión, cuestionamiento, crítica y posiciones incómodas.

Lo que debemos recuperar es la diferencia entre discutir y sabotear una discusión.

También debemos aprender que no toda provocación merece una tesis doctoral como respuesta. A veces basta exigir la fuente, corregir la afirmación central y dejar evidencia verificable para quienes observan de buena fe.

Porque el destinatario de la corrección no siempre es el trol.

Muchas veces son los cien lectores silenciosos que nunca comentarán.

El trol no necesita demostrar. No necesita sostener. Ni siquiera necesita tener razón. Puede lanzar seis palabras y trasladar a otros toda la carga de la prueba, del contexto y de la paciencia.

Su victoria tampoco consiste necesariamente en que terminemos creyéndole.

Puede ser mucho más sencilla.

Que nos cansemos.

La verdadera ventaja del trol nunca fueron sus seis palabras. Fue conseguir que nosotros dejáramos de escribir la séptima.