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Imagen principal del artículo: La revolución silenciosa de los cantones

La revolución silenciosa de los cantones

Actualmente, diez partidos cantonales encabezan alcaldías obtenidas en las elecciones municipales del 4 de febrero de 2024 y, por tanto, ejercen la conducción ejecutiva de sus respectivas municipalidades durante el período comprendido entre el 1 de mayo de 2024 y el 30 de abril de 2028.

Los partidos estrictamente cantonales conquistaron así aproximadamente el 11,9% de las alcaldías del país. Si se incorpora a Actuemos Ya, agrupación de escala provincial que gobierna el cantón de Cartago, el fenómeno de las fuerzas políticas territoriales alcanza alrededor del 13,1%.

Vale la pena conocer quiénes son —y observar con atención su evolución—:

  • Juntos San José — San José.
  • Somos Moravia — Moravia.
  • Curridabat Siglo XXI — Curridabat.
  • Alianza por Sarchí — Sarchí.
  • Palmares Primero — Palmares.
  • Avance Isidreño — San Isidro de Heredia.
  • Bienestar Rafaeleño — San Rafael de Heredia.
  • Pueblo Garabito — Garabito.
  • Auténtico Santacruceño — Santa Cruz.
  • La Gran Nicoya — Nicoya.

Ante el agotamiento de un bipartidismo que dejó de representar a amplios sectores del electorado y una promesa de renovación que, con el PAC, terminó consumiéndose en sus propias contradicciones, comenzaron a abrirse espacios para nuevas formas de organización política nacidas desde lo local.

Algunas de estas agrupaciones reúnen dirigentes provenientes de los partidos tradicionales; también incorporan personas con antecedentes en fuerzas menores y ciudadanos que decidieron organizarse al margen de las estructuras nacionales. Pero, más allá de sus orígenes, encontraron una fórmula políticamente atractiva: reducir la distancia entre el elector y quien gobierna y trasladar la promesa de cambio desde las grandes abstracciones nacionales hacia los problemas concretos del cantón.

He ahí su fortaleza original. Y no es poca cosa.

Durante décadas, muchas municipalidades han sido percibidas como enormes aparatos burocráticos, lentos y poco transparentes, donde malas prácticas administrativas, clientelismo y episodios de corrupción terminaron erosionando la confianza ciudadana. A ello se suman cantones rezagados, infraestructura pendiente, servicios deficientes y habitantes que dejaron de creer que desde el gobierno municipal pueda construirse una verdadera prosperidad.

Precisamente allí aparece la oportunidad de los partidos cantonales.

Frente a una ciudadanía cansada de promesas nacionales incumplidas, estas agrupaciones ofrecen algo aparentemente más sencillo, pero quizá políticamente más poderoso: volver a creer empezando por lo cercano. Por la calle, el parque, la seguridad, la basura, los permisos, el desarrollo urbano, el comercio, la comunidad.

Hay, además, un dato que obliga a mirar este fenómeno con mayor atención. Seis de los diez partidos cantonales que hoy encabezan una municipalidad lograron revalidar en 2024 la victoria obtenida cuatro años antes: Somos Moravia, Curridabat Siglo XXI, Alianza por Sarchí, Palmares Primero, Auténtico Santacruceño y La Gran Nicoya.

Es decir, en el 60% de los casos actuales no estamos frente a una aventura electoral de ocasión ni ante el simple aprovechamiento momentáneo del desgaste de los partidos nacionales. Ya hubo gobierno, exposición pública, posibilidad de evaluación y una nueva elección. Y volvieron a ganar.

Ese detalle cambia sustancialmente la lectura. Una cosa es convertir el descontento ciudadano en una victoria electoral; otra, bastante más difícil, es gobernar durante cuatro años y conseguir que los electores decidan conceder una nueva oportunidad. Allí empieza a aparecer algo distinto de la protesta: arraigo, identidad política local y, eventualmente, un nuevo modelo de representación. Hablemos de fuerza local inmediata.

Pero es precisamente en ese punto donde surge otro de los grandes desafíos propios de las agrupaciones políticas jóvenes: la renovación. Y, junto a ella, el riesgo de que comiencen a gestarse caudillismos alrededor de quienes alcanzan, ejercen y administran el poder.

La victoria electoral fortalece al partido, pero muchas veces fortalece todavía más a la persona que gobierna en su nombre. El alcalde adquiere exposición, recursos políticos, capacidad de interlocución, presencia pública y una relación directa con el electorado que la estructura partidaria difícilmente puede reproducir. Poco a poco, puede comenzar a confundirse el éxito de la agrupación con el éxito de quien ocupa el cargo.

Surge entonces una tensión particularmente delicada y, en algunos casos, ya bastante visible: la pugna entre el gobierno electo y el partido que lo llevó al poder; entre la figura y la base; entre quien administra la municipalidad y quienes se consideran depositarios del proyecto político que hizo posible aquella victoria.

Tampoco ello es poca cosa.

Porque allí se juega buena parte de la supervivencia de estos movimientos. Si el partido termina convertido en el vehículo electoral de una sola persona, difícilmente podrá trascenderla. Pero si, por el contrario, pretende someter permanentemente al gobierno municipal a la lógica interna de su estructura partidaria, corre el riesgo de entorpecer la gestión y convertir cada decisión administrativa en una disputa política.

El verdadero desafío consiste, entonces, en institucionalizar el éxito sin personalizarlo; permitir liderazgos fuertes sin convertirlos en indispensables y construir mecanismos de renovación capaces de demostrar que existe un proyecto más allá de quien circunstancialmente ocupa la alcaldía.

Ese puede terminar siendo el examen más difícil para los partidos cantonales: demostrar que nacieron para representar un cantón y no simplemente para llevar a alguien al poder.

Para conseguirlo, la vida de un partido local no puede suspenderse entre una elección y la siguiente. Y no solamente porque deba mantenerse vigilante frente a las vicisitudes propias del ejercicio del poder. A mi juicio, existe una tarea bastante más profunda, indispensable para asegurar su permanencia y hacer realidad ese cambio fundamental que muchas de estas agrupaciones proclamaron como su razón de existir.

Me refiero a la construcción de un programa permanente de formación ciudadana que comprenda tanto la educación y la responsabilidad política individual de los habitantes del cantón como una labor continua de promoción de la educación y la cultura democrática, los valores cívicos, la participación comunitaria y el conocimiento de los asuntos públicos.

Todo ello debería formar parte de la sangre que mantiene viva a una organización política. Porque un partido que desaparece durante cuatro años para recuperar súbitamente presencia cuando se aproximan las elecciones termina reproduciendo, precisamente, uno de los vicios que muchas agrupaciones locales nacieron para combatir: entender la política únicamente como una competencia por alcanzar el poder.

Un partido local que pretenda perdurar debe ser algo más. Debe convertirse en un espacio permanente de discusión, formación, participación, fiscalización y construcción comunitaria. Debe preparar nuevos liderazgos antes de necesitarlos; enseñar a sus integrantes que el ejercicio del poder es transitorio; preservar la independencia de su organización frente a quienes ocupan cargos públicos y, sobre todo, formar ciudadanos capaces de exigir cuentas incluso a quienes alguna vez ayudaron a elegir.

Una estructura semejante genera, además, verdadera fortaleza institucional frente a las estrategias de debilitamiento que puedan surgir tanto desde dentro como desde fuera de la propia agrupación. Una base formada, activa y vinculada permanentemente con su comunidad resulta mucho más difícil de fragmentar, cooptar o convertir en simple instrumento de intereses personales.

Las últimas elecciones municipales dejaron también, según han señalado integrantes de distintas agrupaciones locales, una amarga advertencia sobre la persistencia de viejas prácticas electoreras: ofrecimientos de beneficios, favores o pagos a cambio de apoyo político, clientelismo y otras mañas tristemente conocidas en nuestra historia electoral. Allí donde existan, deben denunciarse, investigarse y combatirse con absoluta claridad.

Porque esas prácticas representan algo más que una ventaja indebida durante una campaña. Constituyen una amenaza directa contra organizaciones que pretenden construir legitimidad mediante años de trabajo voluntario, participación comunitaria y compromiso desinteresado.

Y quizá sea precisamente ahí donde se encuentra una de las mayores responsabilidades de los partidos cantonales: no limitarse a ganar elecciones, sino contribuir a cambiar la manera en que una comunidad entiende y practica la política.

Si consiguen hacerlo, su legado no dependerá solamente de cuántas alcaldías conserven ni de cuántas figuras logren reelegir. Dependerá de haber formado ciudadanos menos susceptibles al clientelismo, liderazgos menos proclives al caudillismo y comunidades capaces de comprender que la democracia no ocurre solamente el día en que se deposita una papeleta.

Una elección puede llevar un partido al gobierno. Solo una cultura política puede convertirlo en institución.