Hace ochenta años, un puñado de costarricenses se atrevió a soñar algo que a otras naciones todavía les resultaba impensable: que los hijos de los campesinos pudieran comer algo más que tortilla con manteca. No era una aspiración individual. Era un anhelo compartido, sembrado en la conciencia colectiva de una nación entera, y por eso mismo se volvió posible. Ese fue el verdadero motor de la revolución del siglo pasado: no la construcción de instituciones, sino la certeza recién nacida de que los hijos podían llegar a ser más que sus padres.
Hoy enfrentamos un desafío distinto y quizá más silencioso. En doscientos mil años como especie, sobrevivimos porque nuestros anhelos fueron colectivos. Nadie soñaba con salvarse solo y dejar a los demás abandonados; la supervivencia era un proyecto de todos o de nadie. La civilización moderna, en cambio, nos ha entrenado para anhelar en privado: mi carrera, mi casa, mi reconocimiento. Y, aunque ese individualismo trajo consigo logros reales, también nos desconectó de la fuente biológica de nuestra vitalidad, que fue siempre comunitaria.
Aquí está la paradoja que vale la pena mirar de frente: ningún anhelo individual se cumple sin la participación, directa o indirecta, de una enorme cantidad de personas. El niño que sueña con jugar un Mundial de fútbol necesita un equipo, una liga, un país entero que crea posible el sueño. El emprendedor que sueña con inventar algo necesita mercados, colaboradores y condiciones. No existe sueño que se realice en soledad, porque estamos hechos, tanto por biología como por cultura, para la interdependencia.
Por eso, la revolución que nos falta no es tecnológica ni económica: es una revolución de la atención. Se trata de ampliar el foco de la luz que guía nuestros anhelos individuales para preguntarnos qué condiciones del entorno tendrían que cumplirse y qué impacto tendría el éxito de mi propio sueño sobre la viabilidad de los demás. Sin viabilidad colectiva —sin un territorio, una comunidad, un planeta que sostenga la vida— ningún anhelo personal encuentra dónde aterrizar. En la República Democrática del Congo es casi imposible nacer y anhelar ser saxofonista; las circunstancias no lo permiten. La política, entendida en su sentido más noble, no debería limitarse a construir puentes y carreteras. Debería, sobre todo, abrir las condiciones para que muchos sueños singulares y comprometidos con la propia humanidad sean realizables y sostenibles.
Volver a nuestro diseño original no significa renunciar a la ambición personal, sino recordar que fuimos hechos para el amor y para la inteligencia puestos al servicio de algo más grande que uno mismo. La familia, la comunidad y la nación no son enemigas del florecimiento individual: son su condición de posibilidad. Cuando una sociedad logra que sus anhelos privados y sus anhelos compartidos se alineen, prosperan las personas y también prospera la biósfera que las sostiene.
Esa es la revolución pendiente: dejar de preguntarnos únicamente qué quiero yo y empezar a preguntarnos, otra vez, qué podemos querer juntos.
Artículo basado en el episodio 332 de Diálogos con Álvaro Cedeño, titulado “Anhelos colectivos”.
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