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La mujer en la ciencia: una deuda pendiente

Durante décadas, diversos estereotipos en nuestra sociedad han provocado que, en muchas ocasiones, resulte más fácil imaginar a un hombre que a una mujer ocupando determinadas profesiones, sobre todo aquellas relacionadas con las áreas STEM (por sus siglas en inglés: Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas).

Es cierto que el país ha tenido grandes avances para motivar la participación de más mujeres en carreras que, por años, fueron lideradas por hombres. Sin embargo, aún persisten importantes desafíos y estereotipos que debemos derribar como sociedad. Y una de las preguntas que aún me hago es: ¿por qué todavía a un sector de la sociedad le cuesta imaginar a una mujer como una persona científica?

Las mujeres han generado y aplicado conocimiento durante siglos, muchas veces sin que ese conocimiento fuera reconocido como ciencia. Observaron, experimentaron, compararon resultados y resolvieron problemas de la vida cotidiana: ¿por qué la ropa se seca mejor cuando hay viento?, ¿cómo mantener una temperatura constante mediante un baño María?, ¿cómo lograr que un líquido se vuelva más espeso?, ¿por qué lavarse las manos antes de atender a una persona enferma?

Con el tiempo, las preguntas cambiaron de escala, pero no necesariamente de protagonista: ¿cómo revelar la estructura del ADN?, ¿cómo obtener la primera imagen de un agujero negro?, ¿cuál es un mejor soporte para cultivar bacterias?, ¿cómo transmitir información mediante señales inalámbricas?

Detrás de preguntas como estas encontramos mujeres que contribuyeron a responderlas y a transformar nuestro conocimiento del mundo. Sin embargo, nombres como Rosalind Franklin, Katie Bouman, Fanny Hesse o Hedy Lamarr siguen siendo mucho menos reconocibles para el público general que los de muchos de sus colegas hombres.

Con frecuencia conocemos el descubrimiento, utilizamos la tecnología o aprendemos el concepto, pero desconocemos a las mujeres que contribuyeron a hacerlo posible.

Esto tiene consecuencias. Todavía resulta más fácil para un niño o una niña identificar a un científico hombre que mencionar a una científica. Y, aunque algunos estereotipos han perdido fuerza, otros persisten: que las mujeres no son buenas para las matemáticas, que las ingenierías son carreras de hombres, que ellos tienen mayor talento para la computación o, incluso, que una mujer que expresa con firmeza sus conocimientos debería ser menos categórica, menos incómoda, menos visible. En otras palabras: “calladita más bonita”.

En la academia hemos avanzado. Hoy es mucho más común encontrar mujeres estudiando y desarrollándose profesionalmente en carreras STEM, y su presencia resulta menos cuestionada que hace algunas décadas. Pero acceso no significa necesariamente igualdad de condiciones.

Muchas mujeres desarrollan su carrera profesional mientras asumen una proporción importante de las responsabilidades domésticas y de cuidado. A la jornada laboral se suma una segunda carga, muchas veces invisible: organizar las comidas, hacer las compras, coordinar citas, cuidar hijos, atender padres y familiares o, simplemente, recordar todo aquello que permite que un hogar funcione. No es que las mujeres debamos ser naturalmente multitasking; es que con demasiada frecuencia se espera que lo seamos.

Y esa carga también acompaña a las científicas. Las exigencias propias de cualquier carrera científica —publicar, investigar, conseguir financiamiento, formar estudiantes, asistir a congresos, competir por oportunidades y asumir responsabilidades académicas— son las mismas para hombres y mujeres. Sin embargo, para muchas científicas estas responsabilidades profesionales conviven con las responsabilidades domésticas y de cuidado descritas anteriormente.

Haber abierto las puertas de la ciencia a las mujeres fue indispensable, pero no significa que hombres y mujeres puedan desarrollar sus carreras en las mismas condiciones.

A pesar de ello, ser científica es un camino profundamente gratificante. Hacer preguntas que todavía no tienen respuesta, generar conocimiento, formar nuevas generaciones y desarrollar investigaciones capaces de contribuir a comprender y transformar nuestra sociedad son algunos de los mayores privilegios de esta profesión.

Quizá por eso, la deuda pendiente no consiste únicamente en lograr que más mujeres estudien ciencia. También implica reconocer a las que estuvieron antes, visibilizar a las que hacen ciencia hoy y procurar que las que vienen detrás no tengan que demostrar más, trabajar más o renunciar a más para ocupar el mismo espacio.

Tal vez sabremos que hemos avanzado realmente cuando, al pedirle a una niña que se imagine en el futuro, ella pueda pensar sin temor que puede ser científica, ingeniera, astronauta o microbióloga y que ninguna de esas posibilidades le parezca fuera de su alcance.