Durante casi siete años he acompañado a mi hijo, la mayoría de los sábados, a las reuniones del Grupo 27 de Guías y Scouts en el parque central de Curridabat. Lo que comenzó como una actividad para él terminó convirtiéndose en una lección sostenida de urbanismo para mí.
A mis estudiantes de arquitectura les digo que, si quieren comprender una ciudad, visiten semanalmente uno de sus parques. Observen quién llega, quién saluda, quién permanece, qué instituciones rodean el lugar y cuáles relaciones se repiten. La ciudad se revela menos en una fotografía aérea que en esos encuentros cotidianos.
Quizá estoy descubriendo el agua tibia. Crecí en condiciones relativamente privilegiadas, pero esa experiencia también tuvo una carencia: mi vida cotidiana estuvo poco vinculada con las organizaciones comunitarias del barrio. Por eso, algunas dinámicas que para otras personas pueden resultar evidentes han sido reveladoras para mí.
Con frecuencia medimos la calidad urbana por sus calles, redes de agua, transporte, vivienda o equipamientos. Todo eso es indispensable. Sin embargo, pocas veces preguntamos si un barrio crea las condiciones para que sus habitantes se conozcan, coincidan y puedan cuidarse. A ese tejido de relaciones, confianza, memoria y pertenencia lo llamo infraestructura humana.
Durante buena parte del siglo XX, muchos barrios costarricenses la construyeron casi sin proponérselo. Niñas, niños y adolescentes jugaban cerca de sus casas, estudiaban con personas vecinas y participaban en actividades deportivas, culturales o comunitarias del mismo entorno. Las compras diarias se hacían en la pulpería, la panadería o la carnicería local. Una misma persona podía ser compañera de escuela, vecina y participante de un grupo juvenil. Cada recorrido repetía vínculos y fortalecía también la economía local.
La escuela pública, los parques y otros equipamientos reunían a las personas por el territorio compartido y no exclusivamente por su condición socioeconómica. Aquellas comunidades no estaban libres de desigualdades ni conflictos, pero ofrecían más oportunidades para encontrarse con personas de edades, ocupaciones e ingresos distintos.
Esa red producía, además, una forma cotidiana de seguridad. Niñas, niños y adolescentes podían recorrer las calles con mayor autonomía porque conocían a las personas del barrio y también eran reconocidos. Construían no solo un mapa mental de su entorno, sino también un mapa humano.
Buena parte de esa estructura se ha debilitado. Como arquitecto, he visto desarrollos residenciales surgir donde aparece una oportunidad de suelo, pero sin suficiente relación con los servicios, instituciones y espacios colectivos que sostienen la vida diaria. A esto se suman centros educativos, actividades y comercios elegidos cada vez más lejos de casa. Son decisiones comprensibles y responden a aspiraciones legítimas, pero su efecto acumulado fragmenta la experiencia del barrio: una persona menor de edad puede tener amistades en diferentes puntos de la ciudad y no conocer a quien vive en la casa de al lado.
La pérdida de esos vínculos no es un asunto menor. La Organización Mundial de la Salud advirtió en su informe global de 2025 sobre conexión social que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad. Si la desconexión afecta la salud, la posibilidad de relacionarnos no puede seguir fuera de la conversación sobre planificación urbana.
En la misma dirección, ONU-Hábitat señala que los espacios públicos bien diseñados y mantenidos favorecen la actividad física, la salud mental, la cohesión social y el bienestar comunitario. Un parque, entonces, no es un área verde residual: es infraestructura social.
Mi experiencia en Curridabat centro sugiere otra posibilidad. El parque, los centros educativos, el comercio, los servicios de salud y las organizaciones culturales, deportivas y comunitarias se superponen en un territorio caminable. Las personas vuelven a coincidir en celebraciones cívicas, actividades, ventas, juegos y conversaciones. De esa repetición nacen confianza, colaboración y amistades. Una parte considerable de las amistades que hoy compartimos mi hijo, mi esposa y yo nació en ese espacio público.
La cohesión que percibo allí no proviene de una institución aislada ni de una virtud excepcional de sus habitantes. Surge de la superposición de vínculos educativos, comerciales, recreativos, familiares y solidarios que permanecen en el tiempo y producen memoria colectiva y arraigo.
Podemos aprender de comunidades como esta sin copiarlas literalmente. Aunque nuestros instrumentos de planificación ya regulan los usos del suelo y la provisión de parques, servicios y facilidades comunales, podrían incorporar de manera más explícita y sistemática indicadores de accesibilidad peatonal: no solo determinar que esos espacios existan, sino comprobar que puedan alcanzarse mediante recorridos caminables, seguros y continuos desde las viviendas. La inversión pública debería incluir también el mantenimiento y la activación de parques, aceras y edificios comunitarios: construirlos no basta si permanecen vacíos o inaccesibles.
También debemos reconocer las escuelas, los centros de salud, las organizaciones comunitarias y los comercios locales como una red territorial, y facilitar actividades que reúnan a la población. El sector privado puede conectar los proyectos residenciales con su entorno, incorporar usos cotidianos y contribuir a calles activas. El enclave cerrado no es la única respuesta posible a la seguridad. Una comunidad donde las personas se reconocen y utilizan el espacio público también genera cuidado colectivo.
No se trata de regresar al pasado. El arraigo no significa permanecer inmóviles, rechazar el cambio ni cerrarnos ante quienes llegan de otros lugares. Significa reconocer que pertenecemos a una comunidad concreta, conocer a las personas con quienes la compartimos y asumir alguna responsabilidad por su cuidado.
Si me preguntan cuáles serán las mejores ciudades y barrios del futuro, diría que serán aquellos donde sus habitantes mantengan vínculos fuertes y saludables entre sí. Lugares donde la calidad urbana también se mida por la posibilidad de encontrarse, reconocerse, cuidarse y construir propósitos comunes.
La infraestructura humana debe convertirse en un parámetro de la planificación, no en un resultado accidental. Porque en los territorios donde existen vínculos y arraigo no solo mejora el bienestar individual: también se construye comunidad y se aprende a ejercer una ciudadanía más activa, solidaria y democrática.
