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La independencia que todavía no hemos terminado de conquistar

Cada setiembre encendemos faroles para recordar una independencia que ocurrió hace más de dos siglos. Repetimos fechas, nombres y símbolos que forman parte de nuestra memoria colectiva. Pero quizá pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué significa ser independientes.

La historia de Costa Rica no comenzó en 1821

Mucho antes de que existiera una república, este territorio estaba habitado por pueblos con sus propias formas de organización, sus conflictos, sus jerarquías y sus maneras de entender la vida. Los cacicazgos no eran sociedades perfectas ni idílicas; también existían disputas por recursos y territorios. Pero existían formas de organización comunitaria, clanes matrilineales y una relación con la naturaleza que no la reducía simplemente a algo que podía poseerse y explotarse.

En 1502 llegó otra concepción del mundo

La conquista no significó solamente la llegada de nuevas personas a un territorio. Significó la imposición de una estructura de poder, de una religión, de una forma de entender la propiedad, la autoridad y hasta la dignidad humana. Hubo enfermedades, explotación laboral, tributos, despojo y evangelización.

Hubo una conquista de las ideas.

Se nos enseñó que existía un rey cuya autoridad provenía de Dios. Se impuso una religión y, con ella, una determinada imagen de Dios: un Dios que muchas veces fue presentado desde el miedo, el castigo y la obediencia. La autoridad terrenal podía entonces presentarse como autoridad sagrada. Cuestionar al poderoso podía convertirse en cuestionar un orden que supuestamente había sido establecido desde arriba.

Yo creo que por eso las huellas del colonialismo son más difíciles de reconocer que sus monumentos.

Un territorio puede independizarse políticamente y, sin embargo, conservar durante generaciones las ideas con las que fue gobernado.

La independencia centroamericana de 1821 fue, sin duda, un momento fundamental. El acta se firmó en Guatemala el 15 de setiembre, llegó a Costa Rica el 13 de octubre y el 29 de octubre se firmó en Cartago el acta que declaró la independencia absoluta del Gobierno español. Pero una fecha no convierte automáticamente a un pueblo en libre.

La libertad es un proceso

Costa Rica tuvo que volver a defenderla. Lo hizo frente a los filibusteros en la Campaña Nacional de 1856-1857, cuando campesinos, artesanos y ciudadanos comunes entendieron que la soberanía no era una palabra escrita en un documento, sino algo que podía perderse.

Y después seguimos construyendo país.

Creamos instituciones públicas, ampliamos el acceso a la educación y la salud, establecimos garantías sociales y, en 1948, tomamos una decisión extraordinaria: abolir el ejército como institución permanente. No fue solamente eliminar una fuerza militar. Fue decidir que los recursos y la seguridad de una nación podían construirse alrededor de sus personas y no alrededor de las armas.

Nuestra Constitución incluso establece que el Estado debe procurar el mayor bienestar de todos sus habitantes y reconoce derechos relacionados con la salud, la educación, la distribución de la riqueza y un ambiente sano.

Nada de esto significa que Costa Rica haya dejado atrás todas sus contradicciones

Persisten el racismo, el machismo, la concentración del poder, las desigualdades y distintas formas de dependencia económica y política. Cambiaron los nombres de algunas estructuras, pero no necesariamente todas las relaciones que las sostienen.

Eso también es una forma de neocolonialismo: cuando ya no necesitamos que alguien venga a gobernarnos directamente porque hemos aprendido a aceptar como natural aquello que nos mantiene subordinados.

¿Somos realmente libres cuando dejamos que otros decidan qué debemos pensar? ¿Cuando aceptamos que una institución, un gobierno o un líder estén por encima de los controles que existen precisamente para impedir la concentración del poder? ¿Cuando confundimos patriotismo con obediencia?

No necesitamos un rey para repetir viejas estructuras. A veces basta un caudillo.

Y tampoco necesitamos que una religión sea impuesta por la fuerza para utilizar a Dios como argumento de autoridad. Cuando la fe se convierte en instrumento para cerrar una discusión política, volvemos, aunque sea de otra manera, a aquella vieja idea de que existe alguien que tiene la verdad porque habla en nombre de algo superior.

La historia demuestra que las formas de dominación cambian.

También cambian los mapas.

En Palestina, por ejemplo, el conflicto no se limita a quién controla un territorio. También existe una disputa por la memoria, la identidad y la manera en que ese territorio es nombrado. En 2025, el ministro israelí Bezalel Smotrich anunció que se estaban elaborando mapas para una eventual anexión de grandes partes de Cisjordania y utilizó el nombre bíblico “Judea y Samaria” para referirse al territorio.

Esto debería hacernos pensar más allá de un conflicto particular.

Porque un mapa no es solamente un dibujo. Nombrar un territorio también es una forma de contar su historia. Cambiar sus nombres, sus fronteras o la manera en que aparece representado puede contribuir a transformar la memoria de quienes lo habitan.

Quien tiene el poder suficiente para imponer un mapa puede intentar imponer también el relato que ese mapa representa.

Por eso, defender la soberanía no significa solamente defender las fronteras de un país. Significa defender la posibilidad de que un pueblo conserve su memoria, su cultura, sus instituciones y el derecho de construir su propio futuro.

En Costa Rica, eso significa mucho más que ondear una bandera.

Significa proteger nuestros ríos y montañas, nuestra biodiversidad y nuestros territorios; defender la educación y la salud públicas; cuidar las instituciones que garantizan justicia y derechos; exigir que quienes gobiernan puedan ser cuestionados y, sobre todo, conservar la capacidad de pensar diferente sin convertir al que piensa distinto en un enemigo.

También significa comprender que nuestra dignidad no puede depender de la dignidad que neguemos a otros.

La solidaridad no debería tener fronteras cuando frente a nosotros existen personas sufriendo desplazamiento, ocupación, violencia o destrucción. Una nación que se enorgullece de su propia historia de soberanía debería ser capaz de reconocer el derecho de otros pueblos a vivir con esa misma dignidad.

Por eso, el farol que llevamos cada 14 de setiembre tiene un significado mucho más profundo del que solemos darle.

No es solamente una tradición

Es una metáfora.

Una luz pequeña no puede iluminar todo un país. Pero puede permitirnos ver el siguiente paso.

Quizá eso sea, al final, la independencia: no haber llegado a un lugar definitivo donde podamos declararnos libres para siempre, sino conservar la capacidad de reconocer cuándo nuestra libertad empieza a desaparecer.

Las sociedades no siempre pierden su libertad cuando alguien se las arrebata.

A veces la pierden lentamente: cuando dejan de preguntar, cuando dejan de recordar, cuando aceptan que el poder no debe rendir cuentas, cuando permiten que otros escriban su historia, cuando confunden la paz con silencio y la patria con obediencia.

Lo más importante cada 15 de setiembre no es si somos independientes. Es si seguimos siendo capaces de elegir conscientemente aquello de lo que no estamos dispuestos a depender.

Y si algún día nuestros hijos encienden un farol para celebrar la independencia, ojalá no tengan que preguntarse qué heredaron de nosotros.

Ojalá puedan preguntarse qué fuimos capaces de preservar.

Una nación no demuestra que es libre por la cantidad de veces que pronuncia la palabra libertad.

La demuestra cuando, incluso frente al poder, conserva el valor de pensar, recordar, cuestionar y decidir por sí misma.

Hoy, nuevamente, Costa Rica nos llama a demostrar que seguimos siendo libres, soberanos e independientes.

¡Que viva Costa Rica libre! ¡Que vivan los pueblos soberanos!