Hace más de treinta años, el psiquiatra colombiano Luis Carlos Restrepo escribió El derecho a la ternura. Su propuesta era provocadora: hablaba de recuperar la ternura en una cultura que había separado demasiado la razón de la afectividad y lo público de lo privado.
Restrepo cuestionaba que habláramos con absoluta naturalidad del derecho al trabajo, a la vivienda o a la educación, pero que todavía nos resultara extraño pensar que nuestras relaciones cotidianas también tienen una dimensión política.
¿Por qué hemos dejado la ternura fuera de la conversación política?
Capaz tiene que ver con que pensamos la ternura como algo que pertenece a la intimidad. A la casa. A las mamás, a los y las bebés, a los abuelos y abuelas. A quienes tienen “vocación” para cuidar.
Pero la ternura también puede entenderse como una manera de relacionarnos que reconoce nuestra fragilidad y nuestra necesidad de los otros y, frente a ellas, asume una responsabilidad.
Y esto importa especialmente cuando hablamos de infancia.
Hemos construido buena parte de nuestra sociedad alrededor de la idea del individuo autónomo, independiente y productivo, mientras que la vida humana comienza exactamente al revés: nacemos dependiendo por completo de otras personas. Necesitamos que alguien nos sostenga, nos alimente, nos cuide, nos consuele, nos vea y responda a nuestras necesidades.
La dependencia es inherente a la existencia humana. Es su punto de partida.
Por eso, hablar de infancia es, inevitablemente, hablar de cuidados.
Y los cuidados no son un asunto al margen de la economía. Son parte de la infraestructura social que permite que la economía exista y que la vida cotidiana se sostenga.
Las personas que trabajan, estudian, producen o participan de la vida pública lo hacen porque, en algún momento, alguien las cuidó. Alguien alimentó, sostuvo, acompañó, limpió, llevó al doctor, consoló, organizó y estuvo disponible.
Durante mucho tiempo, buena parte de esa infraestructura estuvo dentro de las casas. Ese trabajo, realizado mayoritariamente por mujeres, hizo posible que otras personas se desarrollaran.
Sin embargo, buena parte de este trabajo permanece invisible en nuestras cuentas, en nuestras políticas y en la manera en que organizamos el mercado laboral.
El costo de sostener la vida termina recayendo principalmente en las familias y, dentro de ellas, de manera desproporcionada sobre las mujeres.
Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del INEC, en Costa Rica las mujeres dedican, en promedio, 32 horas y 4 minutos semanales al trabajo doméstico no remunerado, mientras los hombres dedican 15 horas y 44 minutos. En el cuidado de niñas y niños menores de 12 años, ellas destinan alrededor de 12 horas semanales y ellos, 7 horas y 19 minutos. Es una diferencia que se hace visible en las posibilidades de trabajar, descansar, estudiar, generar ingresos y participar de la vida pública.
Por esta razón, los cuidados no pueden seguir siendo tratados como un asunto privado de las familias. Tampoco como un problema que cada mujer debe resolver para poder trabajar.
Los cuidados forman parte de la economía, aunque durante mucho tiempo hayamos decidido no contabilizarlos como tales. Y requieren una responsabilidad compartida entre las familias, las comunidades, las instituciones y el Estado, algo que todavía estamos lejos de articular.
El mercado laboral opera, además, bajo una norma que muchas veces todavía asume que el trabajador ideal no tiene personas dependientes a su cargo. Pero las personas tienen niñas y niños, personas mayores, personas enfermas y otras personas que dependen de ellas.
Ante esta crisis de cuidados, la ecuación se vuelve implacable. O se sacrifica la trayectoria laboral o se cae en la precarización y la culpa. Y, como sabemos, muchas veces el propio sistema termina expulsando a quienes asumen el trabajo de cuidar.
La vulnerabilidad de la primera infancia
La primera infancia es, precisamente, el momento de la vida en que más dependemos de otras personas. También es el grupo de edad que enfrenta una mayor incidencia de pobreza.
Según datos de la ENAHO 2024 utilizados por el IMAS, el 52,3% de las personas menores de siete años vive en algún tipo de pobreza. En uno de cada cinco casos se combinan la pobreza por ingresos y las privaciones multidimensionales.
Al mismo tiempo, Costa Rica tiene cada vez menos niñas y niños.
En 2004 nacieron 72.247. Veinte años después, en 2024, fueron 45.821, una reducción de casi 37%. La tasa global de fecundidad llegó a 1,12 hijas e hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo.
Son dos datos que solemos discutir por separado, pero que merecen estar en la misma conversación.
Cada vez hay menos niñas y niños, pero las condiciones en que nacen y crecen siguen siendo desiguales. Y una de cada dos personas menores de siete años vive algún tipo de pobreza.
Entonces, la pregunta no debería ser únicamente qué va a pasar con nuestras pensiones o quién nos va a cuidar. También deberíamos preguntarnos qué condiciones estamos ofreciendo a quienes ya están aquí. ¿En qué contextos se están desarrollando? ¿Qué oportunidades están teniendo?
Una población infantil más reducida debería obligarnos a revisar cómo distribuimos nuestros recursos. En este momento existe la posibilidad concreta de invertir más por cada niña y niño y de hacerlo mejor.
No para producir mejores trabajadores en el futuro, aunque esa también sea una razón importante, sino para romper desde los primeros años las condiciones que reproducen la pobreza y la desigualdad. La calidad de la infancia es un fin en sí mismo.
Y aquí volvemos al punto de partida.
Hace más de treinta años, Restrepo se preguntaba por qué nos resultaba tan natural hablar de grandes derechos públicos y, en cambio, tan extraño hablar de aquello que ocurre en la intimidad y en la vida cotidiana.
Puede ser porque todavía nos cuesta reconocer cuánto de nuestra vida colectiva depende de aquello que sucede en una casa, en una sala de espera, en un CECUDI, en una mesa, en el regazo de alguien que chinea a otro.
La ternura, entendida así, no es solamente una forma de sentir. Es reconocer nuestra fragilidad y nuestra necesidad de los otros y asumir que esa necesidad nos compromete.
También implica preguntarnos qué necesitamos construir alrededor de las familias para que cuidar no dependa únicamente de cuánto tiempo, dinero o energía tenga cada una.
Por eso es necesario hablar de cuidados. Poner la conversación sobre la mesa y decidir qué lugar queremos darle, como sociedad, a aquello que hace posible que una vida pueda comenzar, crecer y desarrollarse con dignidad.
Cuidar no es un asunto privado. Es una de las formas más concretas que tenemos de decidir qué clase de sociedad queremos ser.
