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Imagen principal del artículo: La cultura que siempre tuve

La cultura que siempre tuve

Hace 18 años me fui de Costa Rica en busca de algo que sentía que nosotros no teníamos: una cultura de raíz que fuera reivindicada por todos.

Siempre eché de menos que todos bailásemos unas danzas tradicionales ancestrales de las cuáles nos sintiéramos orgullosos. Algo que tuviera un origen precolonial, quizás indígena, quizás negro, incluso criollo. Una música, un ritmo, una tela, un tambor. Unos rituales para acompañar los partos, unas canciones locales para amenizar las sobremesas. Un arte en lengua propia, sin tanta influencia gringa, un folclor que no fuera considerado polo. Sentía que casi toda nuestra cultura era importada y que lo poco que se había gestado en el país no le importaba a casi nadie.

Este sentimiento creció cuando en Andalucía vi a barrios enteros bailar, tocar y cantar en una fiesta flamenca. Vi como los niños, entre los brazos de sus madres, escuchaban aquellos cantes nacidos de migraciones, donde la poesía de Lorca o los boleros cubanos se cantaban en microtonos. En Brasil vi a gente de todas las edades agruparse al calor de unos músicos cantando las sambas de sus autores inmortales, con una mano en el pecho, una lágrima en el filo del ojo y una sonrisa dirigida al cielo. Comprendí lo que era la saudade, el arte de ser alegre mientras se está triste, el oxímoron viviente que da génesis a la música brasileña. Me daba rabia que no pudiésemos ser como México –nuestra verdadera madre patria– envenenados de placer con las rancheras, el son jarocho, el pulque y todo el linaje intelectual de sus civilizaciones precolombinas. Repudié la ignorancia sobre el continente africano, con sus lenguas, músicas y danzas infinitas y ese lenguaje eterno, entre la columna vertebral, el tambor y la tierra.

Di la vuelta al mundo, buscando la raíz de la cultura, desde los huipiles guatemaltecos hasta los onsen de Japón, desde la India a Africa Occidental, desposeída de un sustrato propio que pudiese compartir, como si al nacer, a los ticos nos hubiesen arrancado la posibilidad de ser nosotros mismos y nos hubiesen condenado a estar buscando personalidades prestadas para constituir nuestro relato nacional.

Un día, cubriendo unas turbias elecciones en Costa de Marfil, vi a un policía meterle una patada en la cabeza a un joven que no hacía más que caminar por la calle. Ese día se llevaron presos a abuelos, abuelas, jóvenes ciudadanos y ciudadanas en camiones, sin razón alguna, por el crimen de hablar con la prensa internacional. Aquella mañana, esa patada, el olor a gas lacrimógeno y a miedo, el humo negro de las bombas… me llevó a entenderlo por fin: la cultura que cose la cohesión social costarricense no viene de músicas sagradas o profanas, ni de máscaras, o festividades milenarias, sino de aquello que siempre nos definió: la paz y la democracia.

Nuestra cultura de raíz radica en esa forma de gobernanza. Una que se edifica con diálogo y humildad y se destruye con soberbia y gritos. Una democracia que nos ha permitido preservar nuestros bosques. Que nos ha permitido durante casi 80 años vivir en la deliciosa ignorancia de lo que es encarnar una guerra o temer una dictadura. Hablamos de cuatro generaciones que nunca sintieron una bota militar aplastar su garganta. Tatarabuelos y tataranietos que conocen pocos o ningín motivo para desconfiar de las instituciones públicas. Somos olas de generaciones enteras que sabemos que hay una selva y una playa que nos espera limpia, solitaria y llena de animales salvajes.

La democracia costarricense edificó un país mejor para todos y todas y, por una vez y durante mucho tiempo, nadie dijo que sentir orgullo de sus valores democráticos era polo.

Sin cultura no hay identidad. Sin nuestra democracia, nos despojarán de nosotros mismos.

La llevamos en la sangre.

Una sangre que nunca será derramada.

Feliz Día de la Independencia