Hay un programa de televisión que veo casi religiosamente. Es un concurso en el que dos participantes se enfrentan tratando de responder preguntas de cultura general y, sobre todo, de encontrar palabras a partir de sus definiciones. Quien lo haya visto con alguna atención sabe que detrás de aquello hay mucho más que buena memoria. Se necesita concentración, rapidez mental, un vocabulario extraordinario y una preparación que seguramente supone muchísimas horas de estudio. A mí me entretiene, por supuesto, pero también me provoca admiración ver la capacidad que llegan a desarrollar algunos concursantes.
Sin embargo, desde hace algún tiempo hay algo alrededor del programa que ha terminado llamándome casi tanto la atención como la competencia misma. No ocurre exactamente en la pantalla, sino debajo de ella, en ese otro escenario que hoy acompaña prácticamente todo lo que vemos, leemos o escuchamos: los comentarios en las redes sociales. Tal vez por mi trabajo, suelo detenerme ahí. No soy particularmente disciplinado para revisar redes ni paso pendiente de cuántos “me gusta” recibió una publicación, pero sí tengo cierta curiosidad por leer lo que la gente escribe. Me interesa observar cómo se expresa, qué le molesta, qué admira, cómo discrepa y, muchas veces, cómo decide atacar.
En el caso de este programa, la contradicción me parece especialmente llamativa. Actualmente compiten dos concursantes extraordinariamente buenos y uno imaginaría que alrededor de ellos surgiría una conversación sobre conocimiento, memoria, capacidad intelectual o simplemente sobre la emoción de una competencia muy reñida. Pero basta leer algunos comentarios para encontrarse con otra cosa. Se habla del físico de uno, de los gestos del otro, de si aquel cae mal, de si el otro parece arrogante, de cómo mira, cómo sonríe, cómo celebra o deja de celebrar. Poco importa que tengamos delante a dos personas demostrando una enorme capacidad; siempre aparece alguien dispuesto a encontrar aquello que permita rebajarlas, ensuciarlas un poco o, para utilizar la imagen que terminó dando origen a estas líneas, llevarlas al lodo.
Y fue entonces cuando pensé que quizá ese fenómeno merecía un nombre: la cultura del lodo.
No estoy hablando únicamente del insulto, porque el fenómeno me parece bastante más profundo. Hablo de esta necesidad que hemos ido adquiriendo de rebajar al otro, especialmente cuando destaca. Si alguien sabe mucho, rápidamente puede convertirse en un arrogante; si tiene éxito, algo sospechoso habrá detrás; si habla con seguridad, es soberbio; si se equivoca, aparece inmediatamente una multitud dispuesta a recordarle que nunca tuvo mérito alguno. Hemos desarrollado una facilidad sorprendente para abandonar las ideas y trasladar cualquier discusión hacia la persona, su físico, su pasado, su familia, su manera de hablar o cualquier otro elemento que permita desacreditarla.
Lo verdaderamente inquietante es que esto dejó hace mucho tiempo de ser una particularidad de algunos usuarios maleducados de las redes sociales. Se ha ido convirtiendo en una forma de relacionarnos. La vemos en la conversación política, en los programas de opinión, en los comentarios de las noticias, en discusiones familiares y hasta en asuntos absolutamente triviales. Uno puede entrar a una publicación sobre un deportista, un artista, un académico o un concursante de televisión y encontrar una violencia verbal completamente desproporcionada respecto de lo que se está discutiendo.
Las redes sociales nos ofrecieron una posibilidad maravillosa: nunca tantas personas habían tenido la oportunidad de expresar públicamente sus opiniones. El problema es que democratizar la palabra no necesariamente democratizó la reflexión. Hoy cualquiera puede comunicarse con miles de personas en cuestión de segundos, pero esa extraordinaria posibilidad tecnológica no vino acompañada de una obligación equivalente de pensar antes de hacerlo. Y entonces hemos terminado construyendo una gigantesca plaza pública en la que el conocimiento convive con la frivolidad, el argumento con el insulto y la crítica legítima con la destrucción personal.
Sería cómodo echarle toda la culpa al algoritmo, a Facebook, a X, a TikTok o a cualquier otra plataforma. Por supuesto que tienen responsabilidad, porque la indignación suele generar interacción y el conflicto tiende a viajar mucho más rápido que la sensatez. Pero tampoco podemos engañarnos: la plataforma puede amplificar el mensaje, pero alguien tuvo que escribirlo. Hay una persona detrás de cada comentario y, por lo tanto, alguna responsabilidad individual tenemos que asumir.
En algunas ocasiones, cuando encuentro un comentario particularmente cargado de sarcasmo, ponzoña o crueldad, confieso que la curiosidad me lleva a revisar el perfil de quien lo escribió. No lo hago siempre, pero alguna que otra vez quiero saber quién está detrás de determinadas palabras. Y es ahí donde me he encontrado con una contradicción que no deja de sorprenderme. Abro el perfil y aparecen salmos, mensajes religiosos, reflexiones sobre Dios, frases sobre el amor al prójimo, imágenes cargadas de espiritualidad y llamados a ser mejores personas. Unos minutos antes, sin embargo, esa misma persona acaba de despedazar verbalmente a alguien que probablemente ni siquiera conoce.
No menciono esto para cuestionar la religiosidad y mucho menos para burlarme de quienes expresan públicamente su fe. Yo mismo soy una persona creyente y precisamente por eso la contradicción me resulta todavía más difícil de comprender. Me pregunto si realmente somos conscientes de lo que hacemos. Porque humillar al otro, ridiculizar su físico, ensuciar su reputación o tratarlo como si careciera de dignidad difícilmente puede reconciliarse con principios que hablan de respeto, compasión y amor al prójimo.
Pero tampoco sería justo limitar esa incoherencia a la religión. Encontramos exactamente lo mismo en perfiles llenos de llamados a los derechos humanos, la tolerancia, la inclusión, la democracia o el respeto por las diferencias, cuyos autores cambian completamente de código cuando quien está enfrente pertenece al grupo político, ideológico o social que detestan. Pareciera que nuestros principios funcionan perfectamente mientras no tengamos que aplicárselos a alguien que nos incomoda.
Quizá ahí esté una de las características más perversas de la cultura del lodo: nuestra capacidad de separar lo que proclamamos de lo que hacemos. Podemos compartir una frase maravillosa sobre la bondad por la mañana y destruir a alguien en los comentarios por la tarde sin percibir siquiera la contradicción. Podemos exigir tolerancia y ser profundamente intolerantes, reclamar respeto y humillar, pedir empatía para nosotros y negársela por completo al adversario.
Y eso me preocupa mucho más que una simple mala palabra, porque cuando una sociedad comienza a acostumbrarse a esa contradicción, los principios dejan de ser principios y se convierten en herramientas de conveniencia. Defiendo la dignidad cuando se trata de la mía, defiendo la libertad cuando beneficia a los míos y exijo respeto cuando soy yo quien se siente atacado; pero cuando el destinatario es alguien que me desagrada, entonces todo parece permitido.
Ese fenómeno encuentra, además, una expresión particularmente delicada cuando llega al poder.
En Costa Rica lo vemos con frecuencia en nuestra conversación política. Vemos a una presidenta que reclama respeto, que denuncia ataques y que, en distintos momentos, manifiesta que sus adversarios políticos la tratan injustamente. Y me parece necesario hacer aquí una aclaración: cualquier amenaza contra la integridad física de una persona, y con mayor razón contra una presidenta de la República, es un asunto gravísimo que jamás debería relativizarse ni utilizarse como argumento político. No estoy hablando de eso.
Hablo de otra contradicción: no podemos pedir respeto cuando somos objeto de una agresión y olvidarlo cuando tenemos el micrófono. No podemos presentar como intolerable la descalificación que recibimos y luego convertir la descalificación de nuestros adversarios en una práctica aceptable. Insultar, ridiculizar, desacreditar o tirar por el suelo a quien piensa distinto sigue siendo exactamente eso, independientemente de quién lo haga.
Y quizá ahí aparezca una de las formas más evidentes de la doble moral que deberíamos rechazar. No es admisible presentarse ante los demás como víctima permanente mientras, en otros escenarios, se asume cómodamente el papel de verdugo. Tampoco lo sería si ocurriera al revés. Si una diputada insulta a la presidenta, el insulto está mal. Si desde el oficialismo se insulta a una diputada, está igualmente mal. Si un periodista utiliza la ofensa personal para atacar a un gobernante, está mal; si un gobernante aprovecha su posición para ridiculizar o descalificar personalmente a un periodista, también.
El respeto no puede depender de quién ocupa la silla ni de quién cuenta con nuestra simpatía, y mucho menos debería ocurrir desde el poder, porque el poder tiene una capacidad de irradiación que a veces subestimamos. La Presidencia de la República no es una cuenta más de redes sociales y una conferencia de prensa del Gobierno no debería funcionar bajo las mismas reglas de una pelea en Facebook. Quien ejerce autoridad también educa mediante su comportamiento. La manera en que un presidente, un ministro, un diputado o cualquier otro funcionario trata a sus adversarios transmite un mensaje sobre lo que una sociedad considera permitido.
Por eso me preocupa cuando la política adopta un lenguaje en el que constantemente se distribuyen etiquetas entre buenos y malos, patriotas y enemigos, honestos y corruptos, pueblo y antipueblo, como si esas categorías pudieran repartirse según afinidades partidarias. Una democracia necesita adversarios, no enemigos. Necesita oposición, necesita crítica, necesita periodismo incómodo, necesita instituciones capaces de decirle que no al poder y necesita ciudadanos que puedan discrepar sin que nadie ponga inmediatamente en duda su inteligencia, su honorabilidad o su amor por el país.
Y no se trata exclusivamente de Costa Rica ni de un gobierno determinado. Basta mirar alrededor para comprobar que esta cultura está instalada en buena parte de América Latina, Estados Unidos y Europa. Ha cruzado ideologías y fronteras. Líderes de izquierda, de derecha y de todos los matices han descubierto que fabricar enemigos moviliza, que la indignación fideliza y que un insulto puede resultar mucho más rentable comunicacionalmente que una propuesta seria.
El problema es que esa lógica no permanece encerrada en las casas presidenciales ni en los parlamentos. Baja hacia la sociedad, se filtra en nuestras conversaciones y termina normalizando una manera de comunicarnos. Poco a poco aprendemos que para defender una idea hay que destruir a quien plantea la contraria, que para fortalecer a nuestro candidato debemos convertir al otro en una caricatura y que para sentirnos moralmente superiores necesitamos demostrar que el adversario es despreciable.
Ahí es donde la cultura del lodo deja de ser un problema de redes sociales y comienza a convertirse en un problema democrático.
Una democracia puede sobrevivir a discusiones durísimas. De hecho, necesita discusión, confrontación de ideas y fiscalización. Lo que difícilmente puede soportar indefinidamente es una sociedad en la que los ciudadanos dejan de verse como adversarios legítimos y comienzan a tratarse como enemigos a quienes hay que aniquilar moralmente.
Lo que más me preocupa es que esta cultura del lodo no solamente está transformando nuestra manera de comunicarnos. Puede terminar transformando nuestra manera de ser. Cuando uno se acostumbra a llamar idiota al que piensa distinto, llega un momento en que deja de interesarle comprender por qué piensa distinto. Cuando convierte al adversario en enemigo, cualquier agresión contra él empieza a parecer justificable. Cuando la crueldad se repite todos los días, termina formando parte del paisaje y dejamos incluso de verla.
Tampoco quiero escribir esto desde una falsa superioridad moral, porque hacerlo sería precisamente caer en otra forma de esa misma doble moral. Yo también pude escribir alguna vez una expresión que sobraba. Frente a una mentira, una actitud que considero cínica o una declaración que me ha indignado, probablemente utilicé alguna palabra que después habría podido pensar mejor. Nunca en los niveles de agresividad que encuentro diariamente en las redes, pero sería hipócrita presentarme como alguien completamente ajeno al fenómeno que estoy criticando.
Quizá ese reconocimiento sea necesario porque la cultura del lodo siempre parece pertenecer a los otros. Los agresivos son los otros, los fanáticos son los otros, los intolerantes son los otros, hasta que uno revisa su propio muro, su historial de comentarios o alguna conversación y descubre una frase que tampoco contribuiría precisamente a elevar el debate. Posiblemente ahí comience cualquier posibilidad de cambio: en dejar de mirar exclusivamente las manos sucias de los demás y revisar las propias.
Lo que sí me resulta profundamente triste es pensar que vivimos en la época de mayor acceso al conocimiento de toda la historia y, al mismo tiempo, parecemos empeñados en desperdiciar buena parte de ese privilegio. Tenemos prácticamente una biblioteca universal en el teléfono, acceso inmediato a universidades, investigaciones, libros, conferencias, periódicos de todo el mundo, museos, música, historia y ciencia. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para aprender y comprender y, sin embargo, podemos utilizar exactamente ese mismo aparato para burlarnos durante horas de los dientes, el peso, el cabello, la ropa o los gestos de una persona que apareció durante unos minutos en televisión.
Por eso regreso al programa con el que comencé. Tal vez la escena sea mucho más simbólica de lo que parece. En la pantalla hay dos personas haciendo un enorme esfuerzo intelectual, tratando de recordar palabras, acumulando conocimiento y poniendo a prueba su memoria, mientras una parte del público discute debajo cuál de ellas parece más desagradable, más arrogante o físicamente menos atractiva. Resulta difícil encontrar una metáfora más clara.
No creo que la solución sea abandonar las redes sociales ni mucho menos renunciar a la crítica. Una democracia sin crítica sería muchísimo más peligrosa que una democracia ruidosa. Tenemos que cuestionar a los gobernantes, denunciar abusos, exigir explicaciones y confrontar las ideas con toda la dureza que sea necesaria. También tenemos derecho a indignarnos. Pero una cosa es la dureza y otra la crueldad; una cosa es desmontar un argumento y otra intentar destruir a quien lo plantea; una cosa es denunciar una conducta reprochable y otra convertir a una persona en objeto permanente de humillación.
La cultura del lodo ya está entre nosotros. Está en las redes sociales, en la televisión, en la conversación política, en nuestras discusiones cotidianas y, a veces, también en nosotros mismos. Negarlo sería ingenuo, pero aceptar que se ha instalado no significa que debamos resignarnos a vivir dentro de ella.
Todavía podemos defender una idea sin convertir al otro en basura. Podemos criticar sin humillar y exigir respeto sin reservarlo exclusivamente para quienes piensan como nosotros. Podemos indignarnos sin perder la humanidad. Podemos pedirle al poder que dé el ejemplo y, al mismo tiempo, exigirnos a nosotros mismos aquello que reclamamos a los demás.
Quizá la primera resistencia frente a la cultura del lodo sea mucho más sencilla de lo que imaginamos: recuperar la conciencia de que detrás de aquello que atacamos hay una persona y recordar que nuestras convicciones se ponen verdaderamente a prueba no cuando tratamos bien a quienes queremos, sino cuando tenemos delante a alguien con quien discrepamos profundamente.
Porque, al final, las palabras que utilizamos pueden decir mucho de aquel a quien van dirigidas, pero terminan diciendo muchísimo más de nosotros. Y si para defender nuestras ideas necesitamos cubrir de lodo a quien piensa diferente, quizá antes de seguir señalando al adversario convendría detenernos un momento y mirarnos las manos.
