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La compleja situación de la política económica costarricense

La economía entraña muchos dilemas y es que no existe una única forma de pensar la economía, hay muchas corrientes, en ocasiones opuestas, cada una con sus ideas y recomendaciones. Tomando esto en cuenta, pretendo exponer la disyuntiva que enfrentan los posibles rumbos de la política económica de la manera más neutral posible–mi objetivo es contribuir al debate informado, no defender una postura.

Recientemente, se han anunciado recortes en el gasto público, escuchar esto se me hace espeluznante en un contexto de deflación. Para entender por qué, hay que entender que son los precios y cuál es su función. Los precios actúan como señales entre oferta y demanda, al precio adecuado la oferta será igual a la demanda; es decir, que existe un precio al que la cantidad que las personas quieren vender es igual a la que otros quieren comprar. En cualquier momento dado, el gasto es igual al ingreso en la economía en agregado. Porque lo que gastan los compradores son los ingresos del vendedor y lo que estos pagan a sus empleados son sus ingresos para consumir. De ahí viene la definición del PIB, como la suma del valor monetario de los ingresos o gastos de una economía en un período.

Ahora, la razón por la que se me hace aterrador pensar en reducir el gasto en medio de deflación es por lo que representan los precios para cada uno. Evidentemente, para el consumidor el precio es un costo, en ese sentido le conviene la deflación al abaratar los bienes de consumo. No obstante, para los productores es lo contrario, para ellos el precio es su ingreso, por lo tanto, es incentivo para producir, por esto la deflación tiene efectos encadenados problemáticos.

Cuando hay deflación los precios bajan, lo que hace que los productores tengan menos incentivos para producir. Si eligen producir menos, compran menos insumos y contratan menos personas. Lo que se traduce en disminución de la actividad económica en los sectores que venden insumos y desempleo. Luego, al aumentar el desempleo, aumenta la oferta de trabajo, al haber muchos trabajadores disponibles hay presión a la baja de los salarios, pero en Costa Rica hay un salario mínimo legal; la presión a la baja del salario combinada con la imposibilidad legal de hacerlo lleva al trabajo informal, que ya ronda el 40%.

Para cerrar el bucle, el aumento del desempleo y la baja en los salarios disminuyen el ingreso del que disponen las personas para consumir. Esto disminuye la demanda agregada, lo que hace que lo producido no se venda y crea, otra vez, una tendencia a bajar aún más los precios; desde aquí se repite el ciclo. Esta es la dinámica de una depresión económica. Desde los años 30 del siglo pasado se ha recomendado el gasto público para atender estos bucles, o sea, que el Estado compre bienes y servicios y genere empleo para hacer nuevas fuentes de ingreso y así sostener la demanda agregada y detener la espiral descendente de precios y producción. Por esto, reducir el gasto público con deflación se me hace aterrador.

Por otro lado, la necesidad de reducir el déficit público tampoco puede ser ignorada. Cuando se piensa en las condiciones de una economía en agregado no es adecuado usar ejemplos de empresas o personas individuales. Lo digo porque hay argumentos que dicen que nadie puede vivir más allá de sus medios o cosas similares y, por ello, hay que reducir la deuda, pero la lógica individual no aplica al colectivo. Por ejemplo, para cualquier persona es bueno ahorrar, pero si todas las personas ahorraran a la vez los negocios quebrarían.

Las razones económicas para reducir la deuda son dos a grandes rasgos: el gasto en intereses y el efecto desplazamiento en los fondos prestables. En el caso de los intereses es necesario entender que estos no dependen de la magnitud de la deuda, sino de que tan capaces nos crean de pagarla–por eso hay países mucho más endeudados que pagan menos intereses, o viceversa.

Adicionalmente, influye quién sea dueño de esa deuda, pues si está en manos de nacionales estos intereses se van a sumar al ingreso nacional y van a estimular la economía–siguiendo la lógica de efectos encadenados expuesta. A la vez, suele decirse que los intereses de la deuda favorecen la desigualdad, ya que típicamente son las clases altas quienes reciben pago de interés. Por otro lado, si la deuda está en manos de extranjeros el pago de intereses irá a incrementar el flujo económico de otro país.

El segundo motivo por el que es necesario reducir la deuda es el desplazamiento en los mercados de fondos prestables. En una economía los ahorros son iguales a la inversión, porque lo que las personas no consumen lo ahorran y, mediante bancos y entidades financieras, se presta a otros que desean invertir–desde construir casas hasta iniciar empresas. Poniéndolo en términos excesivamente simples, cuando el gobierno está en déficit compite por fondos con la inversión privada y entre más se endeude el gobierno menos recursos disponibles deja para la iniciativa privada y los encarece. Por estas razones es que es necesario reducir el nivel de deuda y contraer el gasto.

¿Pueden conciliarse ambas cosas? Sí, con la estructura fiscal correcta podría financiarse el gasto público con menos deuda y, al mismo tiempo, dar confianza a los inversores sobre nuestra capacidad de pago, bajando el interés. Ahora, descubrir esta fórmula mágica no es sencillo y definitivamente no es posible a corto plazo, así que debemos equilibrar objetivos en esta disyuntiva de política económica.