Referencia del BCCR

Tipo de cambio

Compra

...

Venta

...

Presentado por
Logo Coopealianza
Imagen principal del artículo: La Caja que todavía no hemos construido

La Caja que todavía no hemos construido

Esta semana, mientras seguía las noticias sobre las dificultades para elegir a un integrante de la Junta Directiva de la Caja, recordé a uno de mis profesores más queridos, el doctor Octavio Cruz Sáenz, ya fallecido. Hace más de 30 años, cuando yo estudiaba medicina, nos dijo que en algún momento a nuestra generación le correspondería hacer la arquitectura y la ingeniería de la Caja para los siguientes 80 años. En aquel momento no comprendí el alcance de aquella idea y la guardé en ese banco de datos aparentemente inútiles que todos llevamos dentro. Allí permaneció hasta que las noticias de estos días le devolvieron, de pronto, su significado.

No pretendo entrar en la disputa por ese nombramiento; me interesa la responsabilidad que aquellas palabras dejaron planteada. Hoy entiendo la observación del doctor Cruz como una invitación a pensar más allá de la siguiente administración y de la siguiente crisis. La institución que recibimos es fruto del trabajo de generaciones, pero su capacidad para proteger a las que vienen dependerá también de las decisiones que nosotros seamos capaces de tomar. Quizá ha llegado el momento de asumir aquella tarea y discutir el nuevo contrato social que necesita nuestra seguridad social.

Ese contrato contiene una promesa: que enfermar, perder capacidad para trabajar o envejecer no nos deje solos frente a riesgos que pueden desbordar cualquier presupuesto familiar. Como no enfermamos al mismo tiempo ni necesitamos idénticos tratamientos, nuestras contribuciones permiten compartir esos costos. La Caja convierte así una vulnerabilidad individual en una responsabilidad colectiva. Esa certeza forma parte de la paz social: poder imaginar un futuro sin que una enfermedad amenace con deshacer todo lo construido.

Por eso me incomoda escuchar que “la Caja es mala”. Comprendo la frustración de quien necesita atención y no la recibe oportunamente; ninguna historia de grandeza institucional puede reemplazar esa consulta pendiente. Pero tampoco podemos confundir el incumplimiento de una promesa con la inutilidad de la promesa misma. La respuesta debería ser recuperar la capacidad de cumplirla.

El manoseo político dificulta esa tarea cuando la discusión se concentra en quién ocupa una silla y pierde de vista qué debe conseguir desde ella. Una institución que acompaña vidas enteras necesita continuidad, dirección competente y responsabilidad por sus resultados. A la vez, debe responder a enfermedades que requieren seguimiento prolongado, a necesidades crecientes de personal e infraestructura y a trayectorias laborales cambiantes. Las listas de espera son la manifestación más visible de esa distancia entre lo que prometemos y lo que logramos organizar.

Lo he pensado también desde mi experiencia como cotizante. He sido asalariado, trabajador por cuenta propia y desempleado; cuando cambiaron mis ingresos, seguí queriendo contribuir dentro de mis posibilidades. La seguridad social debería facilitar esa continuidad mediante reglas comprensibles y ajustes sencillos. La persona sigue necesitando protección aunque su vida deje de caber en una planilla.

En las pensiones, la misma promesa se extiende durante décadas. Para sostener el IVM debemos explicar cómo se relacionan los aportes, los rendimientos, los años de jubilación y los beneficios ofrecidos, con proyecciones públicas y revisiones oportunas. Una pensión insuficiente puede aliviar las cuentas del sistema y, sin embargo, incumplir la razón por la que ese sistema existe. La sostenibilidad debe incluir la dignidad de quienes dependerán de ella.

Mirar otros países ayuda a separar recursos de resultados. En la comparación de diez sistemas del Commonwealth Fund de 2024, Estados Unidos quedó último pese a gastar mucho más, mientras Australia, Países Bajos y Reino Unido encabezaron el conjunto. Sus modelos difieren, pero muestran la importancia de organizar la protección colectiva. Las reglas de cobertura, los incentivos económicos y la complejidad administrativa pueden acercar la medicina al paciente o interponerse entre ambos.

Renovar la Caja exige también aprovechar capacidades que antes no existían. En Suecia, el ensayo aleatorizado MASAI, con cerca de 106.000 mujeres, encontró que la lectura de mamografías apoyada por inteligencia artificial detectó un 29% más de cánceres y redujo un 44% la carga de lectura de los radiólogos. Eso todavía no demuestra una reducción de mortalidad. Sí demuestra que es posible detectar más enfermedad aprovechando mejor el tiempo especializado, una combinación relevante para cualquier sistema con recursos limitados.

En Estados Unidos, un ensayo de Johns Hopkins con 164 jóvenes con diabetes mostró otro beneficio: todos los participantes asignados al examen ocular con IA durante su consulta completaron la evaluación, frente al 22% de quienes recibieron una referencia para acudir a otro profesional durante los siguientes seis meses. El resultado mide acceso, no prevención demostrada de ceguera. Su importancia está en eliminar un paso donde muchos pacientes se pierden: la distancia entre recibir una indicación y conseguir la atención. Para la Caja, integrar evaluaciones en una misma visita podría acercar la prevención a quienes más dificultades tienen para regresar.

La pregunta para la Caja es cómo convertir resultados así en beneficios seguros para sus pacientes. Necesitamos evaluar estas herramientas en nuestra población, integrarlas al trabajo clínico y medir si mejoran la atención. Las orientaciones de la OMS ofrecen una base para exigir protección de datos, vigilancia de errores, evaluación de sesgos y responsabilidad identificable. Una innovación merece extenderse cuando demuestra valor, no simplemente porque resulte novedosa.

Ese es el contenido que debería tener nuestro nuevo contrato: contribuciones comprensibles, protección efectiva y una institución obligada a aprender y rendir cuentas. Su renovación requiere compromisos que sobrevivan a los gobiernos, con responsables, recursos y resultados que la ciudadanía pueda examinar. Los principios solidarios deben perdurar; los mecanismos para cumplirlos necesitan evolucionar.

Hoy entiendo mejor al doctor Cruz. La arquitectura de los próximos 80 años no puede dibujarse completa desde el presente, pero sí podemos decidir qué debe sostener y cómo revisaremos su seguridad. Ya basta de repetir el diagnóstico y dejar esa tarea para después. Nuestra responsabilidad es entregar una Caja en la que nuestros hijos puedan confiar, no solamente una cuya historia aprendan a admirar.