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Jugar no es asunto de niños

En la antigua Roma, crecer significaba despedirse de los juguetes: ellas dejaban sus muñecas y ellos sus pequeños carros, mientras que hoy los adultos hacen justamente lo contrario: vuelven encantados a buscarlos.

Durante mucho tiempo aceptamos una idea casi indiscutible: los juguetes pertenecían solo a la infancia. Llegaba la adolescencia, desaparecían muñecas, carritos y balones, mientras comenzaba la seria vida adulta.

Pero esa frontera cultural está desapareciendo ante nuestros ojos. Millones de adultos compran hoy LEGO, Hot Wheels, Barbie, Pokémon, juegos de mesa y figuras para coleccionarlos, exhibirlos y disfrutarlos personalmente.

La industria juguetera comprendió algo elemental que durante décadas preferimos ignorar: crecer no significa dejar de jugar. Además, descubrió que el adulto puede convertirse en un consumidor durante toda su vida.

Detrás de este cambio hay algo más interesante que una estrategia comercial. Cuando alguien recupera un juguete de su infancia, muchas veces no compra plástico, sino recuerdos, emociones e identidad.

Un automóvil Hot Wheels puede devolvernos a una habitación lejana; una Barbie puede recordarnos una Navidad, una hermana o una amiga, mientras que LEGO puede reconstruir experiencias olvidadas.

Ahí reside la inteligencia de esta industria moderna: comprendió que la nostalgia posee un enorme valor económico, porque determinados objetos funcionan como depósitos de memoria capaces de acompañarnos durante varias generaciones.

LEGO representa quizá el ejemplo más evidente. Sus productos para adultos incluyen arquitectura, automóviles, plantas, arte y universos cinematográficos, convirtiendo la construcción en concentración, creatividad, descanso, decoración y orgullo personal adulto.

Hot Wheels encontró otro camino mediante la búsqueda. Las ediciones limitadas, los modelos difíciles de encontrar y las colecciones especiales consiguen que el placer no consista solamente en poseer, sino también en encontrar, completar e intercambiar.

Pokémon llevó esa fórmula todavía más lejos. Cartas, videojuegos, competición, intercambio y comunidades forman un ecosistema donde varias generaciones conviven, permitiendo que aquel niño jugador continúe coleccionando muchas décadas después.

Barbie demuestra igualmente que un juguete puede transformarse en símbolo cultural. Para muchos adultos representa una época, determinada estética, recuerdos familiares, aspiraciones personales e incluso una forma de reconocerse generacionalmente.

Existe, además, una paradoja contemporánea: mientras aumentan las pantallas que nos rodean, también crece nuestra necesidad de tocar objetos, construir, ordenar piezas, resolver rompecabezas y compartir alrededor de una mesa.

Vivimos rodeados de mensajes, noticias, obligaciones, incertidumbre y estímulos digitales, mientras construir con LEGO durante horas ofrece algo extraordinariamente sencillo y reconfortante: comprobar que las piezas encajan.

Sin embargo, esta industria también conoce nuestras debilidades. La escasez, las variantes, los lanzamientos exclusivos y las piezas raras pueden transformar el placer de coleccionar en ansiedad por conseguir aquello que falta.

Este regreso de los adultos al juguete no es infantilización social. Jugar nunca perteneció exclusivamente a los niños, porque crear, imaginar, competir, construir y coleccionar son comportamientos humanos, no propios de una edad.

Crecer nunca significó dejar de jugar, sino aprender a disimularlo. Ahora, los juguetes regresan a nuestras manos para recordarnos algo esencial: envejecemos, sí, pero la infancia aún vive en nosotros.

Feliz Día de los Niños y Niñas.