Escribir se ha convertido en mi manera de ordenar lo que siento y, desde ayer, me he sentado frente a la pantalla para desahogar una tristeza y una frustración que me pesan porque, sinceramente, no sé qué más hacer aparte de expresar lo que pienso, conversar con quienes están en mi día a día, negarme a guardar silencio y tratar de aportar, desde mi pequeño espacio, a que tomemos conciencia de lo que está pasando.
No escribo jamás desde el odio ni desde el deseo de atacar a nadie. Escribo porque me importa profundamente este país y porque me duele sentir que estamos normalizando cosas que no deberíamos.
Ayer sentí tristeza viendo lo que ocurría en Cartago, no porque hubiera personas apoyando al Gobierno: tienen todo el derecho de hacerlo. Tampoco porque hubiera personas protestando contra él: tienen exactamente el mismo derecho. Sentí tristeza porque, en medio de una de las celebraciones más simbólicas, vi una Costa Rica que no me gustaría que aceptemos como normal.
La llegada de la antorcha debería recordarnos justamente lo que nos une: la libertad, la democracia y el derecho que tenemos todos a pensar diferente. Pero ayer vimos una plaza rodeada por un fuerte operativo policial —como el que me gustaría ver en nuestros barrios contra el hampa—; vi controles de identificación, requisas, personas denunciando que no podían entrar mientras otras sí estaban dentro; vi personas retiradas por la Policía por llevar un farol con un mensaje para nada insultante y vi enfrentamientos entre personas divididas por sus posiciones políticas. Todo eso debería ser explicado con absoluta transparencia por las autoridades.
Pero hubo algo que no necesita investigación porque quedó plasmado ante las cámaras: la reacción de Rodrigo Chaves frente a personas que reclamaban. Muecas, burlas, expresiones infantiles dirigidas hacia quienes lo cuestionaban. Y es ahí donde creo que, como país, tenemos que preguntarnos seriamente en qué momento empezamos a considerar esto normal en un líder político.
Esto no se trata de ser “chavista” o “antichavista”, de izquierda o de derecha. Tampoco se trata de negar que entre los manifestantes pueda haber personas irrespetuosas o provocadoras. La democracia exige responsabilidad de todos. Pero a un ciudadano y a quien ostenta el poder no podemos exigirles exactamente lo mismo. Quien gobierna tiene una responsabilidad mayor.
No importa si la persona que está frente a él es chavista, liberacionista, frenteamplista, socialcristiana o no pertenece a ningún partido. No importa si esa persona está molesta y reclama. Quien ha ejercido la Presidencia de la República y quien ocupa una posición de poder tiene una responsabilidad mucho mayor que la del ciudadano que está detrás de una valla. El liderazgo no consiste en burlarse del que piensa diferente, el poder no da derecho a humillar y la popularidad jamás debería convertirse en permiso para perder el respeto por los demás.
Ojo, esto va mucho más allá de Rodrigo Chaves, Laura Fernández o del gobierno de turno. Se trata de la Costa Rica que estamos construyendo. Me preocupa que poco a poco nos acostumbremos al insulto, a la burla, a dividirnos entre “ellos” y “nosotros”, a celebrar cuando se humilla a quien no piensa como nosotros, porque la democracia empieza a deteriorarse mucho antes de que desaparezcan las elecciones.
Empieza a deteriorarse cuando dejamos de tolerar al que piensa diferente, cuando el adversario se convierte en enemigo, cuando justificamos en nuestros líderes comportamientos que jamás aceptaríamos enseñarles a nuestros hijos y cuando nos quedamos callados porque quien está siendo irrespetado pertenece al “otro bando”.
Costa Rica construyó durante generaciones una cultura política en la que adversario no significaba enemigo. Hemos tenido presidentes muy cuestionados, gobiernos impopulares, huelgas, enormes manifestaciones y profundas diferencias políticas y, precisamente, uno de nuestros mayores orgullos ha sido poder disentir sin convertir al otro costarricense en alguien que debe ser apartado, humillado o silenciado. Hemos logrado conservar algo extraordinariamente valioso: la posibilidad de disentir y seguir reconociéndonos como costarricenses. Eso no podemos perderlo y, precisamente hoy cuando celebramos nuestra Independencia, creo que vale la pena decirlo.
Yo no quiero acostumbrarme a esta manera de hacer política. No quiero una Costa Rica donde, para defender a un gobernante, haya que despreciar al que piensa diferente. No quiero que mis nietos aprendan que burlarse, ridiculizar o humillar al adversario es sinónimo de fortaleza.
Quiero líderes firmes, sí. Quiero gobernantes capaces de tomar decisiones difíciles, sí. Pero también quiero líderes con altura, prudencia, respeto y conciencia de la enorme responsabilidad que significa ejercer el poder.
La verdadera autoridad no necesita humillar a nadie para demostrar que la tiene. Y esto tampoco es un llamado contra quienes apoyan al actual Gobierno; al contrario, es un llamado para todos, porque defender la democracia significa exigir respeto incluso —y especialmente— de aquellos por quienes votamos. Hoy podemos ser nosotros quienes aplaudimos detrás de una valla y otros quienes protestan del otro lado, pero mañana los papeles pueden invertirse.
Costa Rica es demasiado valiosa para permitir que la política nos enseñe a despreciarnos unos a otros.
No normalicemos lo que no queremos heredarles a nuestros hijos y nietos.
