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Imagen principal del artículo: ¿Feminismo selectivo o feminismo instrumentalizado?

¿Feminismo selectivo o feminismo instrumentalizado?

En los últimos meses, la política costarricense ofreció varios episodios que retratan cómo las discusiones sobre igualdad de género y participación de las mujeres en la política son también discusiones sobre poder: sobre qué estructuras permanecen y quién puede cuestionarlas.

Uno de estos episodios ocurrió el 5 de agosto, durante una sesión del Plenario Legislativo en la que se discutía el proyecto que buscaba eliminar la pensión de los expresidentes. El diputado Edgardo Araya cuestionó a la presidenta Laura Fernández sobre su posición con respecto al tema y dijo que la mandataria “se hace la tontita”. El comentario provocó la salida de la bancada oficialista y la suspensión de la sesión.

Durante la salida, diputadas del Partido Pueblo Soberano acusaron a sus compañeras no oficialistas de ser “feministas selectivas”. En otras ocasiones, diputadas utilizaron expresiones similares en el Plenario para señalar la supuesta hipocresía de quienes se identifican con el feminismo, pero no respaldan determinadas posiciones o actuaciones de otras mujeres políticas. También las utilizaron para cuestionar a quienes, a juicio de sus críticas, no hacen lo suficiente por las mujeres en condiciones de vulnerabilidad.

Pero ¿qué es el feminismo y cuándo es “selectivo”?

El feminismo es amplio y diverso. Por eso, reducirlo a la búsqueda de igualdad jurídica entre hombres y mujeres resulta, en el mejor de los casos, incompleto. A pesar de su gran pluralidad, sus distintas corrientes compartieron una preocupación fundamental: cuestionar las estructuras sociales que producen la subordinación de las mujeres.

Por lo tanto, no podemos hablar de un solo feminismo uniforme. A lo largo del tiempo surgieron numerosas corrientes que entendieron de diferentes maneras la desigualdad entre hombres y mujeres. Por ejemplo, el feminismo liberal defendió la igualdad ante la ley y buscó que las instituciones trataran de la misma manera a hombres y mujeres. El feminismo materialista, en cambio, señaló que la igualdad jurídica no es suficiente cuando persisten condiciones económicas y sociales que mantienen la subordinación femenina.

Otra corriente, el feminismo radical, señala que tener derecho al voto, ocupar cargos políticos y participar en la esfera pública resulta insuficiente, ya que la subordinación de las mujeres también se reproduce en distintos espacios de la sociedad y sigue presente en estructuras que moldean la vida cotidiana, como la familia, las relaciones sexoafectivas o el entretenimiento.

Por ejemplo, durante siglos, las sociedades reservaron mayoritariamente el trabajo doméstico y de cuidados para las mujeres y lo concibieron como una obligación personal, mientras otorgaron reconocimiento económico y social al trabajo realizado por los hombres. Asimismo, consideraron inferiores características atribuidas tradicionalmente a lo femenino, como la sensibilidad y la emocionalidad, frente a la racionalidad asociada con los hombres.

El feminismo cuestiona, precisamente, esas relaciones de poder. Por eso, el feminismo no puede simplificarse a la obligación de respaldar a cualquier mujer simplemente por ser mujer. Una mujer puede reproducir ideas y estructuras patriarcales. Puede ejercer el poder de una manera que perjudique a otras mujeres. Puede defender políticas que mantengan relaciones de desigualdad. Y puede recibir cuestionamientos legítimos por ello. Del mismo modo, un hombre puede cuestionar estructuras patriarcales y defender posiciones compatibles con principios feministas.

La presencia de mujeres en posiciones de poder no constituye, por sí misma, una victoria feminista. Tener una presidenta, ministras, diputadas o empresarias no garantiza que cambien las relaciones de poder que históricamente condicionaron la vida de las mujeres.

La violencia de género debe abordarse con seriedad y sentido crítico: debemos preguntarnos quiénes la propician, qué mecanismos la permiten y qué puede hacerse para combatirla. Convertir a las feministas en responsables de esta problemática termina instrumentalizando un movimiento que históricamente cuestionó y combatió la desigualdad de género.

No son “feministas selectivas” quienes cuestionan a otras mujeres que ocupan posiciones de poder. Tampoco lo son quienes critican las decisiones que estas mujeres toman o quienes no responden a todas las demandas sociales. Nadie puede resolver todos los problemas del mundo; tampoco el feminismo.

Por esto, resulta irresponsable utilizar la idea de “feminismo selectivo” como un arma política para desacreditar a figuras u organizaciones opositoras y reducir sus críticas a una supuesta hipocresía. Hacerlo distorsiona el significado del feminismo y convierte una lucha histórica contra la desigualdad en una herramienta de confrontación política.

Todavía más preocupante resulta que esta herramienta pueda transmitir un mensaje equivocado: que, frente a la violencia de género, la responsabilidad recae sobre el feminismo y no sobre quien la perpetra. Es importante no perder de vista a quienes propician esta violencia ni a las estructuras que permiten que ocurra.