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Imagen principal del artículo: Entre la urna y la mesa
Foto: “Una mesa más larga”. Yokaputt

Entre la urna y la mesa

Desde que soy niña me han repetido la frase: “En la mesa no se habla de política, fútbol o religión”. En mi familia, el silencio no ha hecho que existan menos desacuerdos; por el contrario, creo que evitar ciertas conversaciones muchas veces terminó empeorando las relaciones. Si evitamos hablar de aquello en lo que pensamos diferente, ¿cómo aprendemos a convivir con el desacuerdo?

Hace más de una década emigré de Costa Rica. En mi maleta llevé mi idioma, recetas, el sonido de la lluvia sobre láminas de zinc y algunas frases sin cuestionar. A veces pienso que, al pasar por migración, muchos dejamos en ese puesto de control algo más que la botella que no podía subir al avión: dejamos nuestra voz política.

Y somos más de los que a veces imaginamos: aunque no existe una cifra exacta, una estimación de la Dirección General de Migración y Extranjería, en el año 2016, hablaba de al menos 250.000 costarricenses viviendo fuera del país.

Quienes nos fuimos tampoco somos un grupo homogéneo: vivimos en países distintos, emigramos por razones distintas y nuestras vidas no necesariamente se parecen; pero irnos no significa romper con Costa Rica. Seguimos cocinando comida tica, llamando a nuestras familias, enviando remesas, diciendo “diay” y dando direcciones a partir de puntos cardinales y pulperías, aunque estemos en China. Y sí, a algunos todavía nos late más fuerte el corazón cuando escuchamos el himno nacional en un partido del Mundial.

También buscamos a “los nuestros”. Así aparecen grupos de Facebook o WhatsApp de Ticos en España, Costarricenses en Alemania, Ticos en USA y tantos otros. Compartimos algo: ser costarricenses viviendo fuera; no necesariamente pensar igual. Entonces, ¿qué necesitamos tener en común para llamarnos comunidad? ¿Una comunidad debería ser capaz de contener nuestras diferencias?

En el grupo de Facebook Ticos en España leí el comentario de un miembro molesto porque ese “no es un grupo para hablar de política”. Si se iba a hablar de esos temas, decía, “deberían cambiarle el nombre al grupo”.

¿Cambiarlo a qué? ¿Por qué “ticos”, “costarricenses” o “Costa Rica” son nombres suficientes para hablar de gallopinto, costarriqueñismos, trámites, fiestas o dónde conseguir determinado ingrediente, pero no de lo que ocurre políticamente en nuestro país?

En esos mismos espacios podemos encontrarnos con una costarricense preocupada porque su mamá lleva meses esperando una cita en la Caja o una familia que piensa regresar y pregunta por las escuelas. Son preocupaciones cotidianas, pero basta profundizar un poco —preguntar por qué ocurre algo, quién toma las decisiones o qué debería hacerse— para que aparezca el enojo por estar metiendo “política”.

Quizá parte del problema sea que hemos reducido la política al partidismo. Hablar de democracia también es hablar de política; entonces, ¿por qué podemos mostrar el farol que hicimos en casa, pero no hablar de lo que ese farol significa en nuestra realidad nacional hoy?

En otra conversación en redes sociales encontré una frase todavía más directa: “Usted ni vive en Costa Rica. No opine”.

Sin embargo, salir del país no suspende nuestra ciudadanía. La Constitución Política la define como el conjunto de derechos y deberes políticos de los costarricenses mayores de 18 años, y emigrar no aparece entre las causas por las que se suspende su ejercicio.

La pregunta difícil, entonces, no es si seguimos siendo ciudadanos, sino otra: si ya no vivimos en Costa Rica, ¿tenemos menos derecho a participar en las conversaciones sobre lo que ocurre en el país?

Y esa idea no aparece solamente en redes sociales. Un estudio de Castro, Mora y Zamora, publicado en 2020 en la Revista de Derecho Electoral del Tribunal Supremo de Elecciones, encontró que entre quienes se oponían a que el Estado facilitara el voto en el exterior aparecían argumentos como que los emigrantes no viven la situación del país, no están físicamente en Costa Rica o lo abandonaron.

Desde el extranjero tenemos una manera muy clara de participar: votar. Pero ¿hasta ahí llega nuestra participación? Parece que hemos pensado demasiado la ciudadanía costarricense en el extranjero alrededor de la urna y demasiado poco alrededor de la mesa.

Otras diásporas muestran que desde fuera también se puede participar: organizarse alrededor de causas, impulsar proyectos, compartir conocimientos o intentar influir en decisiones del país de origen.

En algo tienen razón quienes dicen “usted no vive aquí”: no vivimos ahí. No experimentamos cotidianamente todas las consecuencias de las decisiones que se toman en Costa Rica, podemos tener información incompleta y nuestra imagen del país puede haberse quedado detenida en otro momento. Ningún emigrante representa automáticamente a quienes viven en Costa Rica, ni tampoco a toda la diáspora; pero vivir fuera también puede permitirnos conocer otras instituciones, otras sociedades y otras maneras de resolver problemas. La distancia puede darnos otra perspectiva, no necesariamente una mejor.

Y volvemos a la mesa.

Si eliminamos de nuestras comunidades cualquier conversación que pueda generar desacuerdo, ¿dónde aprendemos a escuchar a quien piensa distinto, defender nuestras ideas con argumentos o reconocer que también podemos estar equivocados? Para quienes vivimos fuera, esa mesa muchas veces ya no es física: puede ser un grupo de Facebook, un chat de WhatsApp, una videollamada, una asociación o una plataforma que reúne personas desde distintos países. Es posible crear redes entre personas y organizaciones dentro y fuera del país.

Quizá no necesitamos mesas donde todos pensemos igual, sino mesas suficientemente amplias para que también quepan las conversaciones difíciles. Porque la mesa no es solamente donde hablamos; también puede ser donde nos informamos, debatimos, nos organizamos y empezamos a actuar.