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Entre la pluma y la piedra: el verdadero sentido del 14 y 15 de setiembre en Nicaragua

Cada setiembre, los países de Centroamérica conmemoran la independencia de la región, proclamada el 15 de setiembre de 1821. Las celebraciones incluyen desfiles, himnos, comidas y diversas actividades que mantienen presente este acontecimiento en la memoria colectiva. Aunque la independencia usualmente se asocia con la firma del acta en Ciudad de Guatemala, su desarrollo tuvo distintas manifestaciones en cada territorio centroamericano. En el caso de Nicaragua, si bien este proceso fue importante, se resignificó unos años más adelante.

En Nicaragua, las Fiestas Patrias no son una celebración de un solo día. Son dos fechas que se unen: el 14 y el 15 de setiembre, conmemorando la Batalla de San Jacinto (1856) y la Independencia de Centroamérica (1821), respectivamente. Es importante reconocer que estas fechas se reinterpretan mutuamente. Si el 15 de setiembre representa la formalización del proceso de independencia, el 14 de setiembre recuerda uno de los acontecimientos más significativos de la historia de la soberanía nicaragüense: la Batalla de San Jacinto, en la que las fuerzas nicaragüenses se enfrentaron a los filibusteros de William Walker.

La firma del Acta de Independencia en 1821 no fue una revolución popular impulsada por las masas. Fue, en gran medida, una estrategia preventiva de las élites criollas de la Capitanía General de Guatemala para mantener el control político y evitar que los movimientos insurreccionales que ya sacudían a México pasaran a la región centroamericana. El propio artículo primero del Acta de Independencia, redactado por José Cecilio del Valle, lo admitía al señalar que se debía proclamar la independencia “para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”.

En Nicaragua, la independencia de la Corona española no trajo consigo una inmediata unidad política. Por el contrario, las disputas entre los grupos de poder de León y Granada, alimentadas por intereses locales y diferentes proyectos políticos, contribuyeron a una larga etapa de conflictos y guerras civiles. Treinta y cinco años después de la firma del Acta de Independencia, estos conflictos contribuyeron a la llegada a Nicaragua del filibustero estadounidense William Walker, quien inicialmente recibió el apoyo de la facción democrática de León. Walker buscaba ampliar su poder en Centroamérica y establecer un proyecto político vinculado con los intereses de los estados esclavistas del sur de Estados Unidos.

En este contexto ocurrió la Batalla de San Jacinto, el 14 de setiembre de 1856. En el enfrentamiento, una fuerza de aproximadamente 160 hombres, dirigida por el coronel José Dolores Estrada, se enfrentó a las tropas filibusteras en la hacienda San Jacinto. Entre las fuerzas nicaragüenses también participó un grupo de indígenas flecheros provenientes de Yucul, en el departamento de Matagalpa, cuya participación fue importante durante la batalla.

Uno de los acontecimientos más recordados de esta batalla es el protagonizado por el sargento Andrés Castro, quien, al quedarse sin municiones, utilizó una piedra para derribar a un filibustero. Con el paso del tiempo, este hecho adquirió un significado importante en la memoria histórica de Nicaragua, ya que esa piedra lanzada simboliza el surgimiento de los sectores populares en la defensa de la patria. Frente a las actas firmadas por élites criollas, la Batalla de San Jacinto representó una soberanía ejercida desde abajo y protagonizada por las masas.

En este sentido, durante la Batalla de San Jacinto fue el único momento del siglo XIX en que León y Granada dejaron de lado sus diferencias para encontrarse bajo una misma cultura y un mismo territorio. De esa unión nació el hilo conductor de lo que hoy se celebra en las Fiestas Patrias, esa identidad que se baila entre los sones de marimba del Pacífico y las tradiciones locales de cada departamento.

El sonido de la marimba, el vestuario tradicional del huipil, las representaciones de El Güegüense y la gastronomía a base de maíz —como el indio viejo y el nacatamal— toman los espacios comunitarios durante estos dos días y nos recuerdan que celebrar el 15 de setiembre en Nicaragua sin pasar por el 14 sería dejar la historia a la mitad. La cultura popular nicaragüense entendió, desde el siglo XIX, que un acta no construye una nación por sí misma. La verdadera independencia requiere de una comunidad que la reconozca, la defienda y, sobre todo, la baile y la viva en su cotidianidad.