Cuando una familia visita un centro turístico, encuentra una experiencia preparada para recibirla. Detrás de esa experiencia hay personas que cocinan, limpian, mantienen instalaciones, producen alimentos y comparten conocimientos. El valor del turismo también debe medirse por lo que ocurre en sus vidas.
El 27 de setiembre se conmemora el Día Mundial del Turismo, una fecha que invita a reconocer su importancia social, cultural y económica. En Costa Rica, el Sinac destaca esas dimensiones como parte de esta celebración. Esa mirada nos permite formular una pregunta necesaria: ¿cómo se traduce la actividad turística en bienestar para la comunidad que la sostiene?
La respuesta exige observar decisiones cotidianas. Importa dónde se compran los alimentos, qué condiciones tienen las personas trabajadoras y qué oportunidades encuentran los emprendimientos cercanos. También importa quién puede disfrutar de las instalaciones y qué barreras dificultan su acceso.
Sostengo que un centro turístico debe asumir esas preguntas como parte de su gestión. La calidad de la atención y la salud económica del proyecto pueden fortalecerse junto con relaciones responsables con su entorno. Para ello se necesitan acuerdos claros, continuidad y disposición para escuchar.
Una ruta concreta sería identificar proveedores locales capaces de responder a las necesidades del centro, establecer condiciones justas de compra y pago, y abrir espacios de capacitación vinculados con oportunidades reales. La cercanía del proveedor debe acompañarse de calidad y cumplimiento, con criterios transparentes para participar.
También propongo revisar periódicamente la accesibilidad y recoger las observaciones de visitantes, trabajadores y vecinos. Escuchar sirve cuando las observaciones encuentran respuesta y permiten corregir problemas.
Para el Centro Turístico Inteligente, esta efeméride puede abrir una conversación sobre qué resultados queremos alcanzar y cómo comprobarlos. Podemos comenzar con pocos compromisos verificables: compras locales, mejoras de acceso y atención oportuna a las inquietudes de la comunidad.
El turismo adquiere un valor duradero cuando quienes reciben al visitante encuentran razones para cuidar el proyecto y participar en su futuro. Ese vínculo se construye con decisiones que distribuyen oportunidades y generan confianza.
