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Imagen principal del artículo: El límite de las cosas

El límite de las cosas

Este texto reúne ideas que he leído, anotado y repasado a partir de diversas fuentes. Más que un ensayo acabado, es una preocupación: el anticipo de algo que, a mi juicio, se viene gestando y que ya se analiza de distintas formas en varios espacios, aunque todavía sin claridad. Como ocurre con todo lo que se construye y se piensa en tiempo real, falta estructura, falta análisis, falta tiempo.

El límite de las cosas es, como ya dije, una preocupación; es más bien lo que uno podría imaginar que ocurre en un cambio de época, de prácticas. Y, claro, está enmarcado por el resurgimiento de la inteligencia artificial, el aprendizaje profundo y todos sus modelos, cuyo ritmo de avance resulta casi imposible de seguir, incluso con una rutina medianamente estructurada. Todo esto, a la luz de la discusión sobre una potencial extinción de la humanidad en los próximos años, favorecida por la IA y quienes la desarrollan.

Dejando de lado, por un momento, la fase más apocalíptica del asunto, hay que decir que todo esto tiene un efecto inmediato en las relaciones sociales. Mi planteamiento aquí es que dichos modelos ya cambiaron la interacción humana con una profundidad suficiente como para que existan generaciones que hoy moldean su interacción dentro de los parámetros algorítmicos preestablecidos por las corporaciones que llevan la vanguardia del avance tecnológico de la IA. Pero también creo que esos cambios, que atraviesan todas las capas de la interacción humana, siguen siendo lo bastante complejos y, de nuevo, “profundos” como para impedir todavía una comprensión medianamente clara de sus dinámicas. ¿Qué es lo que realmente está cambiando? ¿Y por qué es necesariamente diferente de lo que existía antes? Estas son las preguntas centrales, que deberían someterse al escrutinio de la investigación científica.

Desde hace algún tiempo se nos dice que algo está sucediendo de forma voraz en las sociedades contemporáneas. Podría ser que, por sus propios efectos, haya pasado desapercibido en algunos espacios; pero lo que sí queda claro es que la narrativa de lo “individual” —esa forma unilateral de observar la vida, no necesariamente ligada al avance vertiginoso de la IA— ha modificado, cuando menos, las formas de interacción humana, tanto entre pares como con el entorno mismo.

En un artículo reciente, David Brooks lo ilustra con una imagen que para todos debería resultar “natural”: el amor juvenil. Ese primer amor intenso que nos saca de nuestro sentido individual y nos lanza hacia el otro; no porque sea conveniente ni porque optimice nuestro bienestar, sino simplemente porque sí, como una especie de impulso inevitable que transforma todos los órdenes de la percepción, de habitar el tiempo y el espacio. Según Brooks, Han y otros, el resultado de esta lógica sería que la búsqueda incesante del logro individual, a cualquier costo, conduce inevitablemente al deterioro del sentido grupal, del nosotros, y esto nos tiene sumergidos desde hace varias décadas en una epidemia silenciosa de soledad, ansiedad y rechazo a la vulnerabilidad emocional. Como ha dicho Byung-Chul Han, evitar el dolor y la vulnerabilidad, que antes cumplían el papel de edificadores de la vida real y de las relaciones humanas, nos lleva de forma inevitable al vacío de la superficialidad, a los vínculos fugaces e insatisfactorios, al “infierno de lo igual”.

El límite aquí —o, mejor dicho, lo insostenible que caracteriza las relaciones humanas actuales— es que toda esta lógica se ha consolidado junto con los modos de producción y los estadios tecnológicos que los sostienen. No es casualidad que cada transformación en las formas en que producimos y consumimos arrastre cambios profundos en las formas en que nos vinculamos. Y lo que el momento tecnológico y político actual parece estar produciendo, dentro de esa lógica de optimización, es una especie de reconfiguración vincular: mayores cálculos, mayor optimización, mayor transparencia en las relaciones, pero menor compromiso hacia el otro o hacia las causas ajenas a la lógica de producción-consumo.

Entonces, si el apego y el compromiso, ambos elementos fundacionales del desarrollo de las sociedades, nos restan libertades individuales, posibilidades de consumo o de maximización del rendimiento en términos de productividad, también podría decirse que agregan el valor del sentido: eso que la literatura de autoayuda ha vendido hasta el hartazgo como “propósito de vida”. La causa comunitaria, la equidad, la justicia social y el amor romántico son empresas necesarias para habitar la vulnerabilidad, el dolor y la ausencia desde una mirada más amplia; el clásico proyecto de entregarse a una causa mayor que el vaciamiento ocasionado por la narrativa liberal optimizada desde la IA.

Cierro con algo esbozado por Han: los vínculos solo resultan verdaderos si se comprueba el dolor de la separación. Toda verdad, en este sentido, duele. Y quizás ahí esté el verdadero límite de las cosas: no en lo que la tecnología puede optimizar, sino en lo que, precisamente porque duele, construye humanidad y sentido.