El pasado miércoles 27 de agosto, el Club de Lectura de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) se reunió en el restaurante Chancay de Antares para conversar sobre Llegaron las visitas, el libro de cuentos con el que la socióloga y escritora Isabel Gamboa Barboza obtuvo el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025, en la categoría de cuento —el máximo reconocimiento que otorga el Estado costarricense a la creación literaria—. La obra, publicada por H&H Editores y presentada en noviembre pasado en la Biblioteca Carlos Monge Alfaro, reúne nueve relatos que entrelazan el terror, lo fantástico y lo cotidiano, y que el jurado del certamen destacó por su “notable dominio del lenguaje narrativo” y por construir historias “cargadas de tensión emocional y simbolismo”.
La sesión tuvo un formato poco convencional. Tras una breve presentación de la autora, en la que se repasó su trayectoria como docente e investigadora de la Escuela de Sociología de la Universidad de Costa Rica y como coordinadora del Programa Debates Feministas del Centro de Investigación en Estudios de la Mujer (CIEM), se la invitó a compartir su experiencia como escritora. Sin embargo, Gamboa optó por devolver la palabra al grupo: más que una charla académica, propuso que el encuentro se convirtiera en un conversatorio, una conversación de ida y vuelta entre la autora y sus lectoras.
Así, fueron las integrantes del club quienes tomaron la palabra para compartir sus impresiones de lectura. Varias personas señalaron que no estaban acostumbradas a este tipo de textos, en los que el terror y lo fantástico se entreveran con situaciones profundamente cotidianas, sin que quede siempre claro dónde termina uno y empieza lo otro. Una de las participantes explicó que, después de leer cada relato, sentía la necesidad de detenerse a reflexionar antes de continuar: los finales abiertos de los cuentos, marcados por la incertidumbre y por la ausencia de un cierre definitivo, obligaban al lector a llenar esos vacíos por cuenta propia o a entretejer lo leído con su propia experiencia de vida.
Esa construcción narrativa, advirtió otra de las integrantes, hace que los relatos —algunos fantásticos, otros francamente terroríficos— terminen siempre hablando de otra cosa, más allá de lo que literalmente cuentan. Gamboa coincidió con esa lectura y aportó un dato que sorprendió a más de una persona en la mesa: los cuentos no fueron planeados como un proyecto de libro, sino que surgieron “de un tirón”, casi por impulso, en distintos momentos de su vida cotidiana. Según ha contado la autora en otras entrevistas, fue justamente esa espontaneidad la que llevó a su editor a proponerle reunir los textos en un volumen, al reconocer en ellos una voz propia dentro del género.
Uno de los momentos más reveladores del conversatorio llegó cuando Gamboa habló de los orígenes emocionales de su relación con el terror. La autora recordó que, durante su niñez, los monstruos no eran solamente una fuente de miedo, sino también un refugio: una manera de nombrar y contener la maldad y la crueldad de las personas, algo que resultaba más difícil de procesar que cualquier criatura imaginaria. Ese vínculo entre lo monstruoso y lo humano, dijo, atraviesa buena parte de los relatos del libro.
La conversación tomó un giro particularmente potente cuando la autora se refirió a uno de los cuentos inspirado en su propia investigación en el Hospital Psiquiátrico, realizada años atrás y que dio origen a su libro académico En el Hospital Psiquiátrico: el sexo como locura (2009), un estudio sobre la patologización de la sexualidad y la rebeldía femenina en la historia de esa institución. Gamboa explicó que, más allá de los fantasmas que, según se contaba, aparecían por las noches en el lugar, el verdadero horror provenía de otra parte: de las historias clínicas escritas en los expedientes de las pacientes y del acoso constante de los hombres del personal mientras ella realizaba su trabajo de campo. El relato, dijo, no necesitaba inventar monstruos: la violencia documentada y la vivida durante la propia investigación bastaban para producir el horror.
Ese desplazamiento —del miedo sobrenatural al miedo social, del fantasma a la violencia cotidiana e institucional— fue, para varias de las asistentes, la clave de lectura que terminó de darle sentido al libro. No se trata de cuentos de terror en el sentido más simple del término, sino de relatos que usan los recursos del género fantástico para nombrar aquello que, en la vida real, resulta más difícil de decir directamente.
El encuentro en Chancay de Antares confirmó algo que el propio libro sugiere en cada uno de sus finales abiertos: la lectura no termina cuando se cierra el libro, sino que continúa en la conversación, en la reflexión personal y en los vínculos que cada lector logra tender entre la ficción y su propia experiencia. Para el Club de Lectura de la CCSS, la noche sirvió también como una invitación a seguir explorando un género —el de lo fantástico y el terror literario— que, lejos de ser una simple fórmula de entretenimiento, puede convertirse en una herramienta poderosa para pensar la crueldad, la memoria y el cuerpo, tanto en la ficción como fuera de ella.
Cualquier persona puede unirse al Club de Lectura de la CCSS. Solo debe enviar un correo a [email protected] y recomendar un libro para nuestra lista de posibles lecturas. Recuerden que la lectura es un hábito de vida saludable y que leer en soledad y comentar la experiencia de lectura con otras personas nos ayuda a desarrollar herramientas de socialización, en tanto nuestro cerebro crea conexiones y potencia el sentido crítico.
