Referencia del BCCR

Tipo de cambio

Compra

...

Venta

...

Presentado por
Logo Coopealianza
Imagen principal del artículo: El cuerpo cívico no siempre hace fila. Actos cívicos en tiempos de conflicto

El cuerpo cívico no siempre hace fila. Actos cívicos en tiempos de conflicto

Hacíamos seis filas, una por cada nivel, y tomábamos distancia poniendo nuestro brazo derecho sobre el hombro de la persona que estuviera al frente. Después, absoluto silencio.

Así comenzaban siempre nuestros actos cívicos en la escuela.

El saludo a la bandera. El himno. Las poesías. El baile. La reseña histórica. Cada cosa tenía su lugar y su momento. El ritual se construía pieza por pieza y, sin darnos cuenta, formábamos una idea precisa de cómo debía comportarse un cuerpo para que un acto pudiera ser considerado cívico: en fila, en silencio, mirando hacia adelante, siguiendo instrucciones y participando de una celebración colectiva.

Los más solemnes siempre han sido la noche de los faroles y el desfile del 15 de setiembre. Así hemos crecido: aprendiendo a celebrar juntos y a reconocernos en un pasado común y un futuro compartido.

Las palabras también se aprenden como se aprende un ritual. Las repetimos tantas veces que dejamos de preguntarnos qué significan. Por eso propongo un ejercicio: pensar las palabras acto cívico como si nunca antes las hubiéramos escuchado.

Un acto es una acción. Cívico remite a aquello que pertenece a la ciudadanía, a la vida común, a nuestra manera de participar en sociedad.

Y aquí aparece algo que quizá hemos olvidado: lo cívico contiene celebración, identidad y pertenencia, pero también conflicto, disputa y desacuerdo. Sin embargo, aprendimos que lo cívico es aquello que hacemos juntos cuando estamos de acuerdo. No hemos aprendido a reconocer como cívico aquello que hacemos juntos cuando estamos en desacuerdo.

El 14 de setiembre, en la Plaza Mayor de Cartago, durante la celebración de los 205 años de vida independiente de Costa Rica, ocurrió precisamente esto.

Diferentes colectivos se organizaron para asistir con faroles y pancartas y expresar pacíficamente su desaprobación hacia el Gobierno. La iniciativa se extendió bajo el nombre de Faroleada.

Un farol. Qué símbolo tan apropiado. El objeto que aprendimos a llevar para iluminar el camino de nuestra independencia se convirtió también en una forma de iluminar aquello que una parte de la ciudadanía quería decirle al gobierno.

Pero esa noche ocurrió algo más. El espacio fue acordonado y se restringió el acceso. A algunas personas se les solicitaron datos de identificación y otras fueron impedidas de ingresar. La plaza se llenó de personas que el partido de gobierno trajo en buses. La policía decidía quién podía entrar y qué símbolos podían portar.

Y entonces ocurrió algo simbólico: aquello que debía ser un espacio común dejó de serlo. La plaza tuvo un adentro y un afuera. Los de adentro celebraban. Los de afuera hacían desorden.

¿Cómo llegamos a entender lo cívico solamente desde la celebración y no también desde el conflicto?

Los actos cívicos son ceremoniales, sí. Pero también pueden ser contestatarios. El civismo ceremonial celebra la vida política y los símbolos que compartimos. El civismo contestatario interroga esa misma vida política. La cuestiona. La incomoda.

La protesta es una manera de participar en la vida política. Es una forma de decir: estamos aquí. Reúne voces dispersas y las convierte en una presencia colectiva. Por eso no es necesariamente una interrupción; es, más bien, una intensificación de la vida política. Emerge, así como un cuerpo colectivo: visible, incómodo, creativo, ruidoso, insistente.

¿Por qué sería menos cívico protestar para exigir el cumplimiento de una obligación democrática que cantar el himno nacional?

Quizá la respuesta tenga que ver con la manera en que imaginamos al “buen ciudadano”. Las sociedades nos enseñan a hacer fila, guardar silencio, escuchar, saludar y celebrar. También nos enseñan cuándo estamos molestando demasiado.

El problema aparece cuando confundimos civismo con obediencia. Un ciudadano obediente puede ser cívico, pero un ciudadano cívico no necesariamente tiene que ser obediente. La ciudadanía también implica preguntar, cuestionar, organizarse y decir que no públicamente.

¿Quién define, entonces, cómo, cuándo y dónde es pertinente protestar?

La protesta modifica la manera en que las voces ocupan el espacio público. Acordonar una plaza no elimina necesariamente el desacuerdo; solo lo desplaza. Esa noche, dentro de la barrera se desarrolló el acto cívico celebratorio. Afuera tomó forma otro acto cívico: contestatario, organizado, visible y político.

Costa Rica tiene una historia cívica profundamente contestataria. Mujeres, estudiantes, trabajadores, agricultores, académicos y comunidades han participado en luchas que contribuyeron a construir derechos e instituciones. Muchos derechos que hoy consideramos naturales fueron disputados por personas incómodas antes de ser reconocidos.

Por eso resulta paradójico que, mientras celebrábamos nuestra tradición democrática, la libertad y la paz, termináramos observando con sospecha a quienes, afuera de una plaza acordonada, ejercían su derecho a disentir.

“Este no es el lugar.”

“Este no es el momento.”

“Eso no es cívico.”

Pero ¿quién decide cuál es el lugar correcto para el desacuerdo? ¿Cuándo es apropiado reclamar? ¿Y cuánto puede incomodar una protesta antes de dejar de ser considerada cívica?

Esa noche en Cartago tuvimos una fiesta de faroles. Pero tuvimos también una protesta.

¿Qué tal si la Faroleada hubiera podido ser una fiesta cívica para celebrar lo que nos une y, al mismo tiempo, permitirnos disentir sobre lo que nos separa? ¿Qué tal imaginarla alegre, luminosa y participativa?

Qué diferente habría sido si, en lugar de tomar distancia, hubiéramos roto las filas. Si, en lugar de mirar hacia adelante, hubiéramos formado un círculo. Porque en una fila vemos la espalda del que está delante, pero en un círculo podemos vernos a los ojos.

Nos enseñaron a celebrar juntos formando filas. Tal vez ahora tengamos que aprender a disentir juntos formando círculos.

El significado que damos a las palabras delimita las realidades que somos capaces de imaginar. Si “cívico” significa solamente celebrar, protestar será siempre una interrupción. Si también significara participar, cuestionar, organizarse y disentir, entonces la protesta podría ocupar su lugar dentro de nuestra vida democrática.

¿Y si la verdadera prueba de nuestro civismo no estuviera en nuestra capacidad de estar de acuerdo, sino en nuestra capacidad de seguir juntos cuando dejamos de estarlo?