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Imagen principal del artículo: El Castella y la caracterización moral

El Castella y la caracterización moral

De “razones administrativas” están plagados los caminos hacia los infiernos. Esto debe tenerlo claro el señor doctor honoris causa Luis Cascante Fernández, director del Conservatorio de Castella. Así fue con Eichmann, al decir de Hannah Arendt: así, con razones aparentemente insulsas y anodinas —burocráticas y administrativas—, se fue construyendo una banalidad que dio cuenta, en buena medida, de un genocidio. Ahora, los herederos de aquellas víctimas se han transmutado en victimarios del genocidio palestino en Gaza.

Establecer una caracterización moral de los otros es un mecanismo sociocognitivo humano. La caracterización moral implica definir y atribuir características morales a una persona para disponer de su reputación y, en una disputa, poder zanjar a favor o en contra de alguien o algo. La caracterización moral se basa fundamentalmente en emociones morales. Estas son respuestas afectivas y evaluativas que construyen juicios y sentimientos morales acerca de las interacciones sociales e interpersonales basadas en normas y valores.

Una representante diplomática es invitada al centro educativo, se ha planificado con antelación su visita y, de repente, se enfrenta a una decisión según la cual su ingreso no está permitido por “razones administrativas”: falta de planificación; precaución por cuidar a menores de edad; apuro para verificar qué sucedía; problemas de comunicación interna. Estas justificaciones administrativas, expresadas en una carta pública, en su conjunto, hacen pensar que los demás actores de esta interacción —profesora anfitriona, cineasta con su taller y su película, y cónsul— están equivocados o están mintiendo.

Esa es la evaluación moral y, al mismo tiempo, la atribución de un juicio moral por parte de la autoridad legítima del colegio. Esos actores o se equivocan o mienten. Se trata del uso del poder basado en un supuesto malentendido o en una justificación administrativa, incluso en una autojustificación según la cual el acto administrativo no es un gesto de discriminación, censura, control o autoritarismo respecto al universo simbólico ni respecto al universo concreto y práctico representado por la palabra “Palestina”.

Hay otra emoción moral en juego: la culpa. El mecanismo psicológico suele consistir en defenderse de la posibilidad de asumir la autoría de un pensamiento, un sentimiento o un acto. La defensa puede incluir la proyección de la culpa hacia afuera, hacia un actor externo: la cónsul, la profesora, el cineasta. La culpa psicológica como emoción moral y como sentimiento intrapersonal posee, sin embargo, un correlato sociopolítico: asumir una responsabilidad por una censura autoritaria, la cual tiene la fuerza para socavar la democracia en la vida cotidiana de un grupo de jóvenes. La alternativa frente al acto de asumir la responsabilidad es derivarla hacia otros o hacia un sistema administrativo cuya falla deberíamos suponer.

Hay quienes han pretendido descalificar al cineasta mediante una caracterización moral de su pasado debido a infracciones cometidas, las cuales no han sido demostradas, o mediante la caracterización de sus interacciones sociales con otras personas, en las cuales les infligió un supuesto daño. Estos comentarios han buscado perjudicar su reputación moral y lo invalidarían o descalificarían como actor en el proceso de censura de la cónsul y de la causa palestina. Es decir, se trata de un razonamiento ético falaz, según el cual el cineasta no tendría competencia o reputación moral suficiente para invitar a la cónsul a pensar, junto al estudiantado, sobre la situación de Gaza.

La caracterización moral y las emociones morales pueden utilizarse para destruir, como en este asunto del Conservatorio de Castella. Puede hacerse incluso bajo la máscara de la judicialización y la exacerbación administrativista que sufre la gestión de las administraciones públicas del Estado costarricense. Sin embargo, este acontecimiento ha sido un intento fracasado de destruir o lastimar dos bienes morales indispensables. Por un lado, la altísima reputación moral y ética de la evidente dignidad de la causa de Palestina alrededor del mundo y en Costa Rica. Por otro, ha sido un intento inútil por lastimar a la democracia costarricense en la vida cotidiana, censurando o negando a un grupo de jóvenes su derecho y su posibilidad de acceder a información sensible, al diálogo constructivo y a la formación de su capacidad de pensamiento crítico. Dichosamente, las y los jóvenes del Conservatorio de Castella se están encargando de restituir sus derechos y posibilidades de vivir en una democracia quizás imperfecta, pero que contiene amplios márgenes para protegerse a sí misma de las amenazas autoritarias y reconocer así su valor fundamental como forma de vida.