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Imagen principal del artículo: ¿Dónde está el piloto?

¿Dónde está el piloto?

Nos hemos vuelto extraordinariamente buenos haciendo pilotos.

Pilotos para reciclar, pilotos para restaurar ecosistemas, pilotos para movilidad sostenible, pilotos para agricultura regenerativa, pilotos para economía circular, pilotos para energías limpias, pilotos para cambiar hábitos de consumo, pilotos para reducir emisiones.

Probamos en una comunidad, en diez empresas, en cien familias, durante seis meses. Medimos, sistematizamos, hacemos un informe, presentamos resultados, tomamos fotografías y, si todo sale bien, buscamos recursos para una segunda fase.

Y mientras nosotros hacemos pilotos, el planeta no está haciendo pruebas.

El calentamiento global ocurre a escala planetaria; la pérdida de biodiversidad también. La contaminación, la acidificación de los océanos y la alteración de los ciclos del agua y del nitrógeno tampoco están esperando una evaluación de resultados para decidir si continúan.

La ciencia señala que ya hemos transgredido siete de los nueve límites planetarios que definen el espacio seguro para la humanidad. Las señales se acumulan.

En agosto, Copernicus confirmó que la temperatura promedio diaria de la superficie del océano global extrapolar alcanzó 21,1 °C el 22 de agosto de 2026, la más alta registrada, superando incluso el récord de 2024. Cada nuevo máximo deja atrás al anterior en el aumento de la temperatura.

En el Himalaya, el colapso de un glaciar el 26 de agosto desencadenó una devastadora avalancha de lodo e inundaciones que arrasó el paso fronterizo entre Nepal y China y dejó miles de muertos y desaparecidos. No es que los polos y los glaciares vayan a empezar a derretirse: el proceso comenzó hace mucho tiempo y sus consecuencias ya forman parte de las noticias cotidianas.

El Niño también está aquí: la Organización Meteorológica Mundial acaba de advertir que el fenómeno se ha consolidado, seguirá intensificándose y tiene una probabilidad cercana al 100% de persistir hasta febrero de 2027. Se espera que alcance una intensidad muy fuerte y aumente los riesgos de sequías, inundaciones y calor extremo. En el Corredor Seco Centroamericano hay pérdidas severas de maíz y frijol y riesgos crecientes para la seguridad alimentaria; los análisis advierten, además, amenazas para las próximas cosechas en África, América del Sur y Asia.

Sin embargo, seguimos haciendo pilotos.

Cuando sí supimos cambiar

Hay una experiencia reciente que debería habernos dejado una enorme lección: la pandemia. En cuestión de semanas modificamos comportamientos que durante décadas parecían imposibles de cambiar.

Usamos mascarillas por incómodas que fueran, el alcohol en gel desapareció de los supermercados, dejamos de abrazarnos, nos quedamos en casa, cerramos oficinas, escuelas, comercios y aeropuertos. Empresas que habían explicado durante años por qué el teletrabajo era imposible descubrieron, prácticamente de un viernes a un lunes, que sí podían hacerlo.

Los gobiernos se reorganizaron, las cadenas de suministro se interrumpieron y la economía mundial se contrajo porque había algo que entendíamos perfectamente: podíamos morir. Y cuando una sociedad comprende el riesgo, es capaz de cambiar a una velocidad extraordinaria.

Imaginen que, en marzo de 2020, nuestros gobiernos hubieran anunciado: "Vamos a hacer un proyecto piloto para determinar si las mascarillas, el distanciamiento y quedarse en casa funcionan. Participará solamente el 10 % de la población y dentro de seis meses evaluaremos los resultados".

¿Usted habría aceptado quedarse fuera del piloto? Probablemente no.

Sin embargo, eso es exactamente lo que estamos haciendo frente a una crisis que amenaza no solamente nuestra salud, sino los sistemas naturales que hacen posible nuestra existencia.

Para destruir no hacemos pilotos

Para proteger el planeta somos cautelosos: queremos evidencia adicional, estudios de factibilidad, indicadores, líneas base, análisis costo-beneficio, pruebas pequeñas, presupuestos limitados y retornos financieros demostrables.

Para destruirlo, en cambio, somos extraordinariamente audaces.

Estados Unidos y Venezuela acaban de demostrarlo. El acuerdo petrolero anunciado a finales de agosto contempla concesiones sobre 17 campos petroleros con aproximadamente 65.000 millones de barriles de reservas probadas, además de una inversión proyectada de alrededor de $100.000 millones para revitalizar la infraestructura petrolera venezolana.

No hicieron un piloto. Le apostaron a cien años y a cien mil millones de dólares al mismo tiempo, pero, en el otro canal, seguimos hablando de abandonar progresivamente los combustibles fósiles porque nos están matando.

Lo que hacemos para destruir el planeta ocurre en cantidades millonarias. Lo que hacemos para protegerlo ocurre como proyecto piloto.

El informe State of Finance for Nature 2026, del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, encontró una relación difícil de justificar: por cada dólar que el mundo invierte en proteger la naturaleza, invertimos treinta en actividades que la destruyen. En 2023, unos $7,3 billones fluyeron hacia actividades con impactos negativos sobre la naturaleza, mientras en soluciones basadas en la naturaleza invertimos apenas $220.000 millones: treinta a uno.

Entonces, el problema no es la falta de dinero, sino dónde hemos decidido ponerlo.

El riesgo que todavía sentimos lejano

Frente al cambio climático ocurre algo diferente a lo que ocurrió con el COVID: seguimos creyendo que la consecuencia la sufrirá alguien más.

Usamos el vehículo para recorrer distancias que podríamos hacer de otra manera, tomamos un avión sin pensar demasiado, mandamos a traer del otro lado del planeta ropa, zapatos baratos o algún utensilio para la casa que probablemente utilizaremos pocas veces; compramos como si el transporte, los materiales, la energía y los residuos fueran invisibles.

También comemos como si nuestros alimentos aparecieran mágicamente en el supermercado, sin pensar que los sistemas agroalimentarios generan cerca del 30% de las emisiones antropogénicas mundiales de gases de efecto invernadero.

Pero, como la consecuencia no aparece inmediatamente después de pasar la tarjeta en el supermercado, seguimos comportándonos como si no existiera.

La crisis climática tiene un problema de comunicación formidable: entre nuestra acción individual y su consecuencia planetaria existe suficiente distancia para permitirnos sentirnos inocentes, y siempre podemos pensar que alguien más resolverá el problema: un gobierno, una empresa, la ONU, los científicos, los jóvenes, la tecnología; ponemos la fe en alguna innovación que todavía no conocemos. O, por supuesto, en otro proyecto piloto.

¿Y si la solución no es negocio?

Durante años hemos repetido que la sostenibilidad debe demostrar que es rentable para poder escalar, e insisto en que esa premisa necesita una revisión.

Claro que necesitamos empresas sostenibles; necesitamos innovación, inversión privada, empleos verdes y modelos económicos capaces de sostener las soluciones en el tiempo. Pero ¿y si invertimos mucho dinero en una solución ambiental y finalmente no resulta financieramente rentable?

Quizá no fracasamos. Quizá simplemente estábamos usando la pregunta equivocada.

Un hospital público no tiene que demostrar que salvar una vida produce dividendos; un cuerpo de bomberos no tiene que justificar financieramente apagar un incendio; un sistema de agua potable no existe porque vender cada litro genere la mayor rentabilidad posible. Hay cosas que hacemos porque sostienen la sociedad, y proteger las condiciones que permiten la vida debería pertenecer a esa categoría.

Hace más de tres años escribí un artículo titulado Buenos negocios en los que solo se pierde dinero. Lo releí al escribir esta nueva columna y suscribo cada palabra.

No estamos hablando de forma romántica de salvar árboles, ballenas, glaciares o arrecifes de coral, sino de preservar las condiciones que hicieron posible nuestra propia especie y las millones de especies que nos acompañan en este pequeño momento de la historia planetaria.

Los pilotos tienen sentido cuando realmente desconocemos si algo funciona o porque tenemos mucho tiempo para la exploración, pero, cuando el riesgo es inminente, el desafío deja de ser experimentar y se convierte en escalar.

Tal vez, después de tantos años de pilotos climáticos, ambientales y sociales, ha llegado el momento de reconocer que la pregunta no es: ¿dónde está el próximo piloto?, sino más bien: ¿quién está piloteando esto?