La presidenta Fernández se presenta en la Plaza Mayor de Cartago, en el marco de nuestros 205 años de independencia, vestida de negro. Completamente de negro. De luto.
Quizá fue casualidad. Quizá no.
Pero cuesta no pensar que, mientras encendíamos faroles para celebrar la libertad, desde el poder se nos estaba mostrando que, bajo este Gobierno, Costa Rica parece cada día más fracturada. Una Costa Rica polarizada, hundida en el odio, en el desprecio y en el irrespeto; una Costa Rica donde la política ha dejado de ser un espacio para encontrarnos y se ha convertido en un campo de batalla a muerte.
Se ha perdido incluso la cortesía más básica en la política. La democracia parece ser entendida, desde el oficialismo, como patrimonio exclusivo de quienes ganaron las elecciones. Como si obtener una mayoría electoral otorgara también el derecho a despreciar, excluir o silenciar a quienes piensan distinto.
Esta administración, cogobernada por Laura Fernández y Rodrigo Chaves, ha hecho una instrumentalización de algo tan tico como el arroz con pollo. La manera en la que han demostrado su brazo político en las diferentes actividades no es más que jugar con la ilusión y la pobreza misma de sus más fieles seguidores, de aquellos que están resentidos con este país y con quienes han gobernado, por lo que basta una buseta y un plato de arroz con pollo para movilizarlos al ataque.
Pero el problema no es el arroz con pollo. El problema es cuando una ciudadanía deja de ser convocada como ciudadanía y empieza a ser utilizada como tropa política.
Una noche de faroles terminó pareciéndose demasiado a una noche de trincheras.
Hubo manifestantes detenidos. A otros se les impidió ingresar a la Plaza Mayor. Se les pidió dejar afuera sus faroles y sus carteles. Se produjeron enfrentamientos verbales entre personas que protestaban contra el Gobierno y quienes acudieron a respaldarlo. Y, en medio de todo aquello, apareció una pregunta que no deberíamos permitirnos ignorar:
¿A quién pertenece el espacio público?
Porque una plaza pública no puede pertenecer al Gobierno de turno. No puede pertenecer a un partido político. No puede pertenecer a quienes aplauden ni puede serles negada a quienes cuestionan.
La plaza es del pueblo y para el pueblo; cuando deja de serlo, significa que hemos perdido el rumbo.
Por eso resulta tan grave que, en una celebración de nuestra independencia, haya ciudadanos que sintieran que tenían que pedir permiso para ejercer su derecho a manifestarse.
También fuimos testigos de una Fuerza Pública convertida, al menos en la percepción de muchos, en un instrumento militarizado, obligada a posicionarse en un bando político. La explicación que se escuchaba era sencilla: “son órdenes de arriba”.
Pero, en una democracia, esa frase nunca debería ser suficiente. Porque quienes portan un uniforme no deberían convertirse en el brazo operativo de una pelea política. La autoridad debe proteger derechos, no administrar simpatías.
Y mientras todo esto ocurría, vimos también a un expresidente de la República burlarse, una vez más, de quienes estaban ahí. Vimos al llamado copresidente Rodrigo Chaves hacer de la confrontación un espectáculo y del pueblo un escenario. Lo vimos hacerles un lero lero a los cartagineses, una vez más.
Y entonces uno vuelve a mirar la fotografía de la presidenta Fernández vestida de negro. Quizá no era luto. Quizá era simplemente negro. Pero, después de lo ocurrido, cuesta no pensar que ese vestido terminó siendo la mejor metáfora de la noche. Porque ayer no solamente se apagaron algunos faroles. Ayer vimos cómo se intenta apagar algo mucho más importante: la posibilidad de reconocernos como costarricenses aun cuando pensemos distinto.
Porque una democracia no muere de un día para otro. No se apaga de golpe. Se va oscureciendo poco a poco: cuando el adversario se convierte en enemigo, cuando la plaza pública deja de ser de todos, cuando protestar se convierte en una provocación, cuando se militariza la Fuerza Pública, cuando desde el poder se decide quién merece ser escuchado y quién merece ser silenciado.
Y por eso hoy Costa Rica está de luto. Está de luto porque, mientras encendíamos miles de faroles para recordar que somos una nación libre, algunos desde el poder parecían empeñados en recordarnos que también una democracia puede comenzar a oscurecerse desde adentro.
Pero esos mismos olvidaron que Costa Rica no le pertenece al que ganó una elección.
Costa Rica le pertenece también al que protesta, al que cuestiona, al que disiente, al que no se arrodilla y al que todavía cree que podemos volver a encontrarnos.
Y sí, ayer hubo faroles, pero, sin duda alguna, también hubo algunos muy, pero muy faroleados.
