La Crema de Rosas se ha convertido en un verdadero símbolo para todos nosotros, los costarricenses. Bastaba con que tuviéramos una picadura, un salpullido o alguna irritación en la piel para que nuestros progenitores y nuestros abuelos recurrieran inmediatamente a ella. Incluso hoy, nosotros mismos continuamos recomendándoles a nuestros hijos e hijas: “Compre Crema de Rosas”.
Ahora, con ocasión de nuestras fiestas patrias, me pongo a pensar en lo que estas celebraciones representan. Para nosotros, los costarricenses, y para mí de manera muy especial, constituyen una de las manifestaciones más maravillosas de nuestra identidad. Son días que nos unen, que nos recuerdan quiénes somos y que nos invitan a reflexionar sobre el futuro de nuestro país.
Hemos hablado mucho acerca del respeto que debemos inculcarles a las nuevas generaciones: el respeto hacia los demás, pero también el derecho de cada persona a ser respetada. Sin embargo, ese aprendizaje no puede limitarse a las palabras. Los adultos debemos enseñar con el ejemplo.
A propósito de los acontecimientos de esta semana en Cartago, vimos una celebración llena de solemnidad y simbolismo. Los altos jerarcas asistieron con la vestimenta correspondiente a la importancia del acto; los estudiantes ofrecieron sus mejores notas; las abanderadas desfilaron con orgullo; los bailes típicos llenaron el ambiente de color; y la Patriótica Costarricense y el Himno de la Independencia nos recordaron nuestros 205 años de independencia, madre de la libertad.
Lamentablemente, todo ese protocolo y ese esfuerzo se vieron deslucidos por un comentario absurdo: “Cómprese Crema de Rosas”.
¿Y qué significa realmente esa expresión en un contexto positivo? Significa que nosotros, los adultos, todavía debemos aprender a respetar a las nuevas generaciones. Significa que necesitamos sanar como sociedad y revisar nuestros pensamientos, nuestras palabras y la dirección hacia la cual estamos conduciendo al país.
Entonces sí: pongámonos Crema de Rosas. Llenemos nuestros cuerpos y nuestras conciencias con ella para sanar lo que nos lastima como sociedad. Utilicémosla como símbolo de valentía, de dignidad y del valor que tiene nuestro país.
Pero no permitamos que elementos tan propios y entrañables de nuestra identidad costarricense sean utilizados como lo fueron para formular comentarios insidiosos, soeces o hirientes, cuyo único propósito sea dañar. No nos dejemos apabullar ni arrastrar por expresiones que nada aportan a la construcción del país que deseamos.
Seamos consecuentes. Seamos educados. Respetemos para poder exigir respeto.
Llenémonos una vez más de Crema de Rosas y recordemos que Costa Rica puede sanar, recuperar lo mejor de su idiosincrasia y reencontrar aquello que necesita para salir adelante.
No permitamos que nuestros símbolos sean utilizados para causar daño. Pasemos la página, rescatemos lo positivo y sigamos construyendo juntos el país que queremos.
Costa Rica puede sanar. Y juntos podemos lograrlo.
