Anthropic, la empresa detrás de Claude, publica en abierto los datos de uso de su inteligencia artificial por país. Me metí en el archivo de mayo de 2026 —121 países, base descargable, licencia libre— a buscar a Costa Rica. Está: índice de uso 1,57, puesto 42 del mundo y tercero de América Latina, detrás de Uruguay (1,89) y Chile (1,84).
El índice no cuenta usuarios ni suscripciones, y tampoco tokens ni horas: cuenta conversaciones. Toma la porción mundial de conversaciones con Claude que sale de cada país y la divide entre su porción de población de 15 a 64 años. Un 1,00 es exactamente lo que le tocaría al país por su tamaño. Costa Rica marca 1,57: un 57% más de lo que le toca.
Hasta donde busqué, ningún medio costarricense lo ha contado; los chilenos ya publicaron el suyo esta semana. Otras mediciones de adopción sí se han cubierto acá, como la del Microsoft AI Economy Institute, pero esta mide algo distinto: no cuánta gente la abrió, sino cuánto la usa quien la abrió.
Nadie dio la orden
El 45,5% de las conversaciones desde Costa Rica son de trabajo (el promedio mundial es 43,4%) y otro 21,2% son de estudio (mundo: 16,5%). Y salen de cuentas personales, pagadas del bolsillo del usuario, no de licencias corporativas negociadas por un comité.
Cinco millones de personas, con una Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial que el Micitt presentó apenas en 2024 y con la mayoría de las empresas todavía sin política interna, nos pusieron en el tercio superior del mundo. Eso no lo produce un decreto ni un comité de transformación digital. Lo produce el que abrió una cuenta un domingo y el lunes ya la estaba usando para trabajar.
Qué hacen distinto los que van adelante
Los primeros del mundo son Australia (6,40), Singapur (5,81), Suiza (5,02) y Nueva Zelanda (4,84): cuatro veces nuestro índice. Ricos, abiertos, de servicios; eso no se copia en un trimestre. Lo copiable está en cómo la usan, y son tres diferencias medidas. Investigan más y programan menos: acá el 12,6% de los pedidos es código y el 8% investigación, y en los líderes esa proporción se invierte. Delegan menos, que es lo contraintuitivo: la automatización —soltarle la tarea completa a la máquina— es menor allá (44-46%) que acá (48,9%), y le piden revisar su propio trabajo bastante más: entre 3% y 3,8% de las interacciones, contra 2,3% acá. La madurez no es soltarle la tarea; es discutírsela. Y la meten en la vida entera: uso personal de 42 a 44% en Suiza y Singapur, contra 33% acá.
Ese tercer punto merece un artículo aparte, y lo debo: lo que cambia cuando uno deja de tratarla como herramienta de oficina y la mete en el viaje, en la salud de los papás, en la conversación de las tres de la mañana. Por ahora, la versión corta: el que la usa para entender un examen médico o para comparar un préstamo llega a la oficina con el músculo hecho.
Son diferencias de dos a cinco puntos. No son abismos: son hábitos. Y los hábitos se cambian el martes.
La objeción del Chief AI Officer
Publiqué estos números en LinkedIn y el comentario que más me hizo pensar vino de un ejecutivo que se presenta como Chief AI Officer: bien por la adopción, pero el problema ya no es de uso sino de gobernanza, y para eso está apareciendo ese cargo.
Coincido, con una condición: que nazca promotor y no regulador. Porque mientras la política llega pasan dos cosas.
- El que avanza en la empresa es el que tomó la iniciativa sin pedir permiso. Eso yo lo daba por sabido de tanto verlo, y me alegró encontrarlo en los datos. La encuesta que Anthropic publicó junto al índice, con unos 9.700 usuarios, muestra que quienes más le delegan a la IA son los más optimistas sobre su paga y su empleabilidad, y que el 57% siente que sus habilidades valen más. El uso laboral de noche y de fin de semana, además, se concentra en las ocupaciones mejor pagadas. El que la usa sin permiso, a deshoras, no es el riesgo de la empresa: es su gente más ambiciosa.
- El discurso de proteger la información convive con una realidad incómoda. Desde el mensajero hasta el gerente general resolvemos decenas de asuntos al día, con información sensible, por WhatsApp, el de Meta, el mismo grupo de Facebook e Instagram, sin política alguna. El shadow AI que hay que evitar no es más riesgoso que el shadow WhatsApp que ya toleramos.
Tampoco es intuición mía nada más. Los cuatro países que más la usan decidieron, todos, no aprobar una ley horizontal de IA: marcos voluntarios, ajustes por sector, light touch declarado. Australia llegó a lo más lúcido que leí en todo el material: pedirles a las empresas un canal simple para que los empleados propongan las herramientas que quieren usar. El shadow AI se canaliza, no se prohíbe.
Un jefe de IA que empieza instruyendo el cómo hacer llega tarde y llega mal. El que empieza preguntando "¿cómo lo hacés?" tiene, en dos semanas, el inventario real de su empresa. La conclusión es que la mejor política de IA se desarrolla preguntándole a los humanos que arrancaron sin ella.
Y mientras tanto, acá
En agosto se presentó ante el Área de Iniciativa Popular de la Asamblea Legislativa una propuesta de ley de gobernanza de inteligencia artificial y robótica. Vale la pena leerla, porque es el reverso exacto del dato con que abrí: aplica a toda persona, física o jurídica, que opere o utilice un sistema de IA en el país; obliga a inscribir cada sistema en un Registro Nacional antes de operar; exige un kill-switch en todo software; y crea una Certificación de Dignidad, con nota mínima de 7,0 sobre 10,0, para operar frente a ciudadanos.
No dudo de la intención. Pero léase con el dato en la mano: el país llegó al puesto 42 del mundo porque miles de personas no le pidieron permiso a nadie.
No es la primera vez. El 9 de agosto de 1884, a las 6:15 de la tarde, San José se encendió: veinticinco lámparas alimentadas por una planta hidroeléctrica en Barrio Aranjuez, cuatro años antes de que Chicago tuviera su primera central eléctrica. No lo hizo una comisión nacional de electrificación. Lo hicieron dos particulares, Manuel Víctor Dengo y Luis Batres, desviando el agua de un abrevadero de ganado. ¿Alguien se imagina esa decisión sometida, en la Costa Rica de 1890, a un debate político sobre cómo debía desarrollarse la electricidad, con registro previo de cada lámpara?
Somos el país de Tío Conejo y de Uvieta: el chiquito que gana porque le entra antes y piensa más rápido, no porque alguien le dio permiso. Eso es lo que el índice de Anthropic está midiendo sin saberlo. Sería una lástima reglamentarlo antes de entenderlo.
La discusión no es si regular o no. Es en qué orden: primero el inventario de lo que la gente ya hace; después la regla.
