Costa Rica celebra su independencia con una seguridad que la historia no merece. Cada 15 de setiembre repetimos que en 1821 nació una patria libre, como si bastaran un acta, una antorcha y un himno para romper todas las cadenas. No ocurrió así. Aquel año terminó la obediencia a España, pero Costa Rica no se convirtió en la república soberana que hoy imaginamos. Primero aceptó la anexión al Imperio mexicano; después formó parte de la República Federal de Centroamérica. Salió de ella en 1838 y se proclamó república hasta 1848. La independencia, por tanto, no fue un instante glorioso, sino una construcción lenta que el relato patriótico decidió simplificar.
El problema no es celebrar. El problema es usar la celebración para ocultar que cambiamos de amo sin abandonar la costumbre de obedecer. La república cafetalera quedó en manos de grupos poderosos que llamaron “interés nacional” a sus propios negocios. Minor Keith recibió tierras, ferrocarriles y privilegios capaces de convertir a un empresario extranjero en un poder paralelo. Luego, la United Fruit Company controló territorios, empleos y rutas comerciales. Costa Rica tenía bandera; la compañía tenía capital, infraestructura e influencia. ¿Quién mandaba realmente?
Ni siquiera la guerra de 1948, presentada como el nacimiento de la Costa Rica moderna, escapó de esa lógica. Figueres impulsó reformas importantes, pero actuó dentro de una Guerra Fría en la que Washington vigilaba gobiernos, castigaba disidencias y decidía cuáles cambios latinoamericanos resultaban tolerables. Hubo negociación y resistencia, pero también acomodo y anticomunismo. La Segunda República aprendió pronto que desafiar demasiado a Estados Unidos podía costar caro.
En los años ochenta cayó otra máscara. Endeudado y en crisis, el país aceptó las condiciones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Los programas de ajuste estructural exigieron apertura, reducción del Estado y cambios productivos. Después llamamos “modernización” a ese sometimiento y “neoliberalismo” a la entrega de decisiones públicas al mercado.
Hoy la vieja obediencia ya ni siquiera se disimula. Rodrigo Chaves colaboró con la agenda migratoria de Donald Trump y aceptó recibir deportados enviados por Estados Unidos. Laura Fernández llegó al poder prometiendo continuidad, mantuvo a Chaves en el Gobierno y reforzó el acercamiento a Washington. Podrán llamarlo alianza, pragmatismo o cooperación; también puede llamarse complacencia.
Entonces, ¿qué celebramos? ¿La libertad de un pueblo o la habilidad de sus élites para escoger de quién depender? Costa Rica no carece de soberanía, pero la ejerce con miedo, límites y permisos ajenos. Quizá el verdadero mito no sea 1821, sino creer que ser independiente consiste en tener himno mientras otros deciden hasta dónde podemos levantar la voz. La independencia verdadera comenzará cuando dejemos de confundir sumisión con diplomacia, deuda con desarrollo y obediencia con estabilidad. Mientras el país necesite aprobación externa para definir su rumbo, la antorcha seguirá alumbrando una libertad decorativa: hermosa para el desfile, inútil para decidir el futuro propio.
