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Centrarse en una decisión

A principios del siglo pasado, para desarrollar la penicilina hizo falta una guerra mundial; para acelerar las vacunas de ARNm, una pandemia; y para establecer mecanismos financieros que respondieran al pánico de 1907 y a la crisis de 2008, fueron necesarias dos crisis financieras. Es deprimente pensar que, para impulsar reformas importantes, tengamos que andar sonámbulos por la vida hasta que un desastre o una catástrofe nos sacuda y nos obligue a actuar.

Hoy, como país, estamos bajo ese mismo panorama. Un tipo de cambio que muele la economía sin freno afecta a casi todos los sectores; incluso quienes resisten mejor sienten que el dinero no alcanza. La inversión extranjera se detiene a observarnos y a valorar si Costa Rica sigue siendo un destino atractivo. A esto se suma una crisis de seguridad que obliga a leer las páginas de los periódicos con guantes: cada cuatro páginas, la sangre parece ocupar la noticia central. Para rematar, entre los poderes de la República, el drama de Fausto parece más un hecho que una ficción.

Sin embargo, no todo está perdido. Debemos recordar que siempre depende de nosotros decidir si una coyuntura se convierte en crisis o en oportunidad. Pero para eso hay que centrarse en tomar una decisión, porque no hacer nada, como parece que estamos haciendo, también es decidir y quizá sea la peor decisión posible. Podría decirse que sí se están haciendo cosas; no obstante, lanzar piedras al lago también es una acción. La diferencia está en si se hace por pasatiempo o con el objetivo de construir un puente que una ambas orillas.

Innovar en lo simple: hay que decidirse

Como nota curiosa, en los últimos 60 años Costa Rica tomó varias decisiones sobre lo que quería ser como sociedad. No fueron decisiones perfectas, pero nos colocaron donde estamos hoy; quien lo niegue se niega a sí mismo y también a la historia de su propia familia. Para muestra, un botón: el 8 de abril de 1949 se fundó el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE). Este hecho marcó nuestro destino como país al llevar electricidad a todo el territorio nacional. Al crear un instituto para dar forma a una tecnología base de todas las revoluciones tecnológicas, abrió la puerta al mundo que vivimos, desde la luz de la casa hasta internet y la inteligencia artificial (IA) con la que apenas soñamos. Esa decisión económica, no financiera, ha permitido crear una red de carreteras, escuelas, universidades, comercios y centros de salud, así como posicionar a Costa Rica como centro de servicios y destino para el establecimiento de empresas como Intel a finales del siglo pasado. Tal vez sea el momento de crear algo similar para la IA.

En las últimas dos décadas, hemos decidido adoptar una política de país que fomenta muchas cosas, aunque no siempre las esenciales. Esas políticas nacen de decisiones humanas y de emociones, pero pocas veces de razones suficientes y colegiadas, como las que nos han caracterizado como nación.

Los grandes avances de un país suelen combinar voluntad, persistencia y golpes de suerte. Aunque tomen décadas en surtir efecto, a largo plazo crean cultura, nación y una sociedad resiliente. El historiador James Phinney Baxter III calificó la penicilina como un moho azul que entró por la ventana de su descubridor, Alexander Fleming, gracias a una brisa afortunada.

Ahora bien, a partir de ese hallazgo fue decisión de su descubridor seguir adelante; eso exigió decisiones, acciones, puesta en marcha, fracasos y éxitos que hoy nos mantienen vivos a nosotros y a millones de personas. Muchas veces las redes sociales nos acostumbran a la inmediatez, pero raramente esa rapidez ha sido buena consejera.

Hoy contamos con una población más talentosa y mejor preparada que hace cien años en prácticamente todos los ámbitos. Además, disponemos de herramientas tecnológicas sin precedentes. Sin embargo, pareciera que nuestros abuelos, con menos recursos y menores capacidades técnicas —aunque no menos inteligencia—, tomaron decisiones más acertadas y trascendentes que las que hoy somos capaces de adoptar en medio de la abundancia.

Para cerrar con otro ejemplo anterior a la expansión de la electricidad, en 1933 nuestros abuelos dieron forma a la institucionalidad cafetalera de Costa Rica. Aquella decisión permitió ordenar y regular la producción de café; una institucionalidad que, aunque para algunos hoy pueda parecer desdibujada, en su momento ayudó a financiar, años más tarde, la creación de instituciones como el ICE y, grano a grano, contribuyó a costear la educación de miles de costarricenses que hoy forman parte de nuestra sociedad. Por eso, quien no reconoce su pasado tampoco se reconoce a sí mismo y, en consecuencia, pierde el rumbo de su camino.

Tal vez ya sea suficiente de tantos “clics”, “likes”, análisis sofisticados y conflictos convertidos en espectáculo. Quizás lo que realmente necesitamos es dar ese paso que tanto nos intimida: concentrarnos en nuestra próxima gran decisión como sociedad, la construcción de un nuevo contrato social. O tal vez no, y debamos esperar al próximo desastre para decidirnos a hacerlo. ¿Qué esperamos?