Hace unas semanas estaba sentada en mi escritorio participando en una sesión de un club de lectura de ciencia ficción mientras una chica en Nueva York nos contaba sus experiencias con racismo y xenofobia como persona latinoamericana. A los minutos, una abogada admitía un sentimiento compartido por la mayoría de las chicas en la llamada: qué poco conocemos de la historia afro en las Américas y en Costa Rica. Cerramos la noche compartiendo recomendaciones de libros y películas para explorar el tema. Yo me fui a dormir emocionada y conmovida de que un libro pudiera unirnos, interpelarnos y hacernos preguntas sobre el presente.
Se ha escrito mucho, últimamente, sobre el deterioro de los hábitos de lectura, un fenómeno que no es solo costarricense y cuyas consecuencias todavía no alcanzamos a imaginar del todo. Yo prefiero hablarles de otra cosa: de la dinámica que, contra todo pronóstico, mantiene viva la escena literaria y sigue formando lectores nuevos. Los clubes de lectura.
La escritora española Luna Miguel dice que la industria editorial les debe tanto a los grupos de amigas que se ponen de acuerdo para leer y comentar un libro. Dice “amigas” a propósito porque el lector ideal que todavía imaginamos —señor muy serio, con chaqueta de tweed y biblioteca inmensa— no tiene mucho que ver con quien realmente sostiene esta industria. ¡Calma! No les traigo solo la palabra de una mujer joven —aunque su experiencia de casi dos décadas en el sector editorial debería bastar—. Ian McEwan, blanco, hombre, aún no muerto, pero casi retirado, lo dijo también: “Cuando las mujeres dejen de leer, morirá la novela”.
Las mujeres compran la mayoría de la ficción que se publica, leen más y en más formatos que sus pares hombres. Pero, además, son capaces de construir lazos y comunidades a partir de lo que leen.
Un club de lectura no es solo un grupo de gente que lee lo mismo. No. Estos espacios reúnen gente que probablemente jamás se hubiera hablado si no fuera porque un libro les dio la excusa. Y ahí es donde ganamos todos.
A través de los clubes de lectura, ganamos perspectiva. Ahí he visto a ingenieras convencidas de que las humanidades son indispensables y a profesionales de ciencias sociales enseñándonos a mirar desde lugares nuevos.
Experimentamos también compañía y conexión en un mundo que proclama las maravillas del individualismo, pero que nos hace sentir espantosamente solas.
Y ganamos porque, gracias al diálogo, aprendemos a ser mejores lectoras. He leído desde pequeña, pero admito que me volví otra clase de lectora desde que, hace 10 años, empecé a pertenecer a estos grupos.
A esas mujeres que forman clubes de lectura, que son curiosas, insumisas y que tienen el valor de compartir sus ideas y emociones, les debo un profundo agradecimiento. Al igual que les debo tanto a las libreras, editoras, bibliotecólogas y gestoras culturales que alimentan mi lista eterna de pendientes, y a la nueva generación de escritoras ticas que nos recuerdan que una autora puede verse como nosotras y que cualquier experiencia merece ser contada.
Preocuparse y quejarse no alcanza. También leo los artículos sobre el fin de la lectura y siento el vértigo de caminar hacia nuestro propio fin. Pero la preocupación sin acción, ¿a dónde nos lleva?
Podemos hacer pequeñas cosas desde nuestro propio metro cuadrado, siguiendo el ejemplo de estas chicas geniales que, con sus reuniones, sus libros y sus conversaciones, nos llenan de esperanza. El entusiasmo es contagioso. Invitemos a alguien que dijo que “no lee” a la próxima reunión. Prestemos el libro que nos dejó pensando. Acerquémonos a conversar con alguien diferente sobre lo que leímos. Y, si buscaron un club y no encontraron el suyo, les doy la maravillosa noticia de que siempre se puede empezar uno nuevo.
