En las calles de mi ciudad, el cemento es profundo. Los edificios, robustos y altos, tapan el sol de la mañana, bañando las ventanas en una sombra fría y oscura. La luz se cuela apenas entre sus esquinas, reflejándose sobre los adoquines todavía mojados por la lluvia de la noche anterior. La madrugada se anuncia con el silbato del tren, que, a su paso, despierta como una alarma a los vecinos. Poco a poco se encienden las luces amarillas, como si el sol se pudiera manifestar.
En mi ciudad, la gente camina apresurada, con un latido rápido y hondo. El bus pasa en silencio, sin un saludo y rara vez con una sonrisa. Los niños se bajan en la tercera parada y los adultos, en la cuarta; siempre a tiempo, siempre seguidos. En las esquinas, las palomas se acurrucan en los balcones buscando hojas secas para refugiarse del viento, mientras los árboles pasan buena parte del año desnudos, con sus ramas delgadas extendiéndose hacia un cielo que no termina de aclarar.
La vida aquí transcurre entre anuncios con ofertas de escapes paradisíacos hacia lugares donde siempre parece brillar el sol y la promesa de un verano corto que ofrece más de lo que da. Cuando finalmente llega, las ventanas se abren y los parques se cubren de cuerpos blancos que buscan guardar en la piel cada rayo posible.
En invierno cuesta ver el sol. Los días comienzan tarde y terminan antes de tiempo, y la poca luz que queda se esconde con el resto del pueblo en busca de calor. Las ventanas vuelven a cerrarse, los abrigos vuelven a cubrir los cuerpos y, durante meses, la ciudad aprende a vivir hacia adentro.
En mi país, el sol arde.
Arde con las ganas de darnos vida, con la esperanza de un pueblo que se despierta temprano para aprovechar el tiempo. Que se levanta bajo los cantos de los pájaros y de las gallinas, con el haz de luz natural que atraviesa las cortinas, estirándose como unos brazos recién levantados.
En mi país se vive con alegría. Se vive con la historia de un pueblo trabajador, que ha crecido con la rotunda esperanza de vivir la pura vida. Se canta con el corazón y se baila con los pies, con las manos, con el cuerpo entero.
Se vive bajo un verde profundo. El que crece entre las grietas del cemento y se enreda entre los cables de luz, como una protesta contra la modernidad. El que, en época lluviosa, adquiere un color tan intenso que parece acuarela y cubre las montañas hasta hacer imposible distinguir dónde termina un árbol y comienza el siguiente.
Un verde terco que levanta las aceras con sus raíces y crece con tanta fuerza que pica en los pies descalzos.
En mi país llueve con ganas. El agua cae pesada sobre los techos de zinc, rebota contra las ventanas y corre por las cañerías, llenándolas de ramas y hojas. Llueve sin vergüenza, mojando la ropa que se había puesto a secar y salpicando a quienes corren buscando un techo. Sus truenos retumban con tanta fuerza que asustan a los niños en las escuelas, los mismos que cuentan los segundos entre el relámpago y el trueno para adivinar qué tan cerca cayó.
Pero cuando esa lluvia se va, deja atrás ese olor a calle mojada. Ese olor que me ha perseguido toda una vida y que quisiera embotellar para siempre. Se queda por un rato, mezclado con el aire pesado y húmedo, mientras las gotas descansan sobre las hojas y la calle todavía brilla bajo el agua. Poco a poco, entre la quietud que deja la lluvia, los pájaros vuelven a cantar, anunciando que ya pasó.
Y quizás sea el agua la que atraviesa tantos de mis recuerdos. La que cae con fuerza sobre las casas y corre por las calles, pero también la que aparece al final de esas carreteras que bajan entre montañas hacia la costa. Cuando el aire cambia, volviéndose más caliente y salado, hasta que, entre una curva y otra, se abre el Pacífico.
En sus orillas, la arena quema los pies y nos obliga a correr hacia el agua, mientras las palmeras se mueven con un viento que nunca termina de quitar el calor. Donde los caricacos nos caminan sobre los pies y los monos nos saludan al atardecer, cuando el sol cae lentamente sobre el horizonte y tiñe el cielo de anaranjado.
Creo que crecer en Costa Rica fue, durante mucho tiempo, no saber que nada de esto era extraordinario. Era pensar que el verde siempre crecía así, que todas las tardes podían terminar en aguacero y que el mar nunca quedaba demasiado lejos. Era acostumbrarse tanto a la belleza que uno dejaba de verla como tal, porque no era un paisaje que habíamos venido a conocer, sino simplemente el lugar donde transcurría la vida.
La distancia me ha obligado a mirarlo de nuevo. A recordar cosas que nunca pensé que tendría que guardar: una noche estrellada bajo el calor de la costa, una pipa fría a la orilla del mar o el murmullo de un aguacero en octubre.
Mañana, las calles de mi ciudad seguirán despertando bajo esa misma luz fría del otoño. Los trenes pasarán a su hora, los árboles comenzarán lentamente a perder sus hojas y las ventanas volverán a encenderse antes que el sol. Pero, a miles de kilómetros, mi país despertará de otra manera.
Y qué suerte la mía haber crecido bajo ese sol.
