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América Latina en transformación: democracia, autoritarismo y el nuevo mapa político regional

Participé esta semana recién pasada en el Encuentro Juventud CASLA 2026, que se realizó en Quito. Lo hice con el entusiasmo de colaborar en la formación de jóvenes dirigentes políticos latinoamericanos, junto con un valioso grupo de costarricenses. Agradezco a Tamara Suju la invitación que me permitió compartir con brillantes jóvenes, con los estimados expresidentes Álvaro Uribe, de Colombia, y Lenín Moreno, de Ecuador, así como con otros muy brillantes conferencistas.

Esta es una reconstrucción de algunas de mis intervenciones.

Cambio de época

Mi primera observación fue que, para analizar la transformación de nuestra América Latina, conviene enmarcarla en el tiempo que vive el mundo.

En 1931, Antonio Gramsci, desde la prisión fascista, sentenció: "La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados." Una visión marxista.

Poco después, Ortega y Gasset nos dijo: "Hay épocas en que el hombre se queda sin mundo." Era su visión liberal humanista de que vivimos, desde hace casi 100 años, una crisis de creencias y una transición histórica.

Luego, el Concilio Vaticano II interpretó su tiempo (1965) señalando: “El género humano se halla hoy en un período nuevo de su historia”. Y agrega: “La humanidad pasa de una concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva". Una visión cristiana.

Todas esas interpretaciones convergen en considerar que las personas nos encontramos hoy entre un mundo que muere y otro que todavía no ha nacido.

Más recientemente, el papa Francisco, al referirse a las transformaciones tecnológicas, culturales, económicas y éticas de nuestro tiempo, popularizó la frase que muchos venimos usando:

No estamos viviendo una época de cambios, sino un cambio de época”.

También esos cambios han puesto de manifiesto y exacerbado la ineficiencia y la corrupción de muchos gobiernos y el dolor de la pobreza.

¿Cuáles son las consecuencias de vivir este cambio de época?

El cambio de época causa frustración y desarraigo en las personas que pierden el abrigo de la familia tradicional, de los empleos formales y duraderos, de su pertenencia religiosa y de su comunidad, ahora sustituida por las amistades anónimas en las redes sociales.

Con el cambio en las circunstancias crece la incertidumbre. Lo desconocido nos da miedo.

Frustrados, sin el sustento de relaciones humanas y espirituales que nos tranquilicen, confusos y con miedo, se acrecienta la fuerza de emociones y sentimientos negativos, principalmente el enojo, y se apoderan de los pueblos la envidia y el odio. Son condiciones propicias para la violencia y un magnífico abono para populismos demagógicos y estatistas. La racionalidad y el amor se debilitan en la acción humana.

Estas circunstancias favorecen el menosprecio a la institucionalidad del Estado democrático liberal, dificultan que los partidos actúen como crisoles en los que se amalgamen los diferentes intereses en una visión compartida de bien común. Se fragmentan los partidos y se multiplican las visiones minoritarias, lo cual abona la aparición de populismos autoritarios de diversos signos ideológicos, de izquierda y de derecha, progres y ultraconservadores, comunistas y promercado, pero todos engañadores y, en mayor o menor grado, destructores del Estado de derecho y violadores de la libertad y de los derechos humanos.

Transformaciones en América Latina

En América Latina, todo este cúmulo de transformaciones ha causado el surgimiento de populismos con afanes autoritarios de signos ideológicos opuestos, pero igualmente contrarios a la democracia liberal.

Antes de la ola democrática de las últimas décadas del siglo XX, eran los tanques en las calles y los golpes militares los que acababan con las democracias. En este siglo son gobiernos electos que, con apoyo popular de pueblos frustrados y engatusados por falsas promesas, creen en soluciones mágicas que se hallan encarnadas en líderes mesiánicos que dividen a las sociedades y crean enemigos a la medida de sus necesidades. Sus acciones van carcomiendo las garantías republicanas.

Así se erosiona la libertad de opinión y de prensa, se conquista y avasalla a los poderes judiciales para que no primen las normas, sino los designios de los gobernantes, se pervierten los sistemas electorales y se termina por asesinar, encarcelar o expulsar de su patria a los opositores.

¿Qué significa hoy defender la democracia?

Desde mi temprana juventud he participado en la política de la democracia del siglo XX. Una época muy diferente a la actual.

Crecí, me desarrollé en política, fui opositor, ministro, legislador y ejercí la Presidencia en la política de la Costa Rica democrática del siglo XX. Con esos ideales, costumbres y normas entré al siglo XXI.

Aprendí y viví la confrontación entre quienes defendíamos la libertad y la dignidad de las personas, una economía competitiva de mercados abiertos, gobiernos ortodoxos en el manejo de la hacienda pública y la solidaridad cristiana. Y nos oponíamos a adversarios políticos leales a la institucionalidad democrática, pero propiciadores de una mayor intervención estatal en el aparato productivo, de aranceles proteccionistas, dispendiosos en el uso de los ingresos públicos y favorables al aumento del endeudamiento público. Más centralistas y menos favorables a la descentralización y la subsidiariedad.

¡Estoy seguro de que mis adversarios de entonces explicarían este enfrentamiento ideológico de una manera muy diferente!

Pero, sea que formulemos ese enfrentamiento con mis palabras de un liberal socialcristiano o con las de un socialdemócrata, ese no es hoy el enfrentamiento.

Ni es hoy un enfrentamiento entre adversarios políticos capaces de dialogar civilizadamente e incluso llegar a acuerdos. Aunque solo fuese el acuerdo de dejar al adversario que gobierna tomar sus decisiones dentro del respeto a la institucionalidad democrática liberal para, desde la oposición, hacerle pagar caro electoralmente esas decisiones.

Hoy es un enfrentamiento entre demócratas y quienes pretenden concentrar el poder para imponer de manera autocrática sus acciones, con total atropello a los enemigos políticos y violando las garantías de la democracia liberal.

¿Los procesos democráticos en América Latina avanzan o retroceden?

Mi respuesta es, desdichadamente, negativa.

Puedo fundamentarla objetivamente en la opinión pública de nuestros países y en los índices de evaluación de la democracia.

En cuanto a la opinión pública, los datos son muy contundentes. En América Latina, en 2010, un 63% apoyaba la democracia. En 2024, solo un 41%.

En cuanto a los hechos, al cambio de siglo solo Cuba no era democrática. ¿Ahora?

Nadie puede dudar del autoritarismo que rige en Cuba, Venezuela y Nicaragua. Tampoco, en un grado menor pero muy claro, en El Salvador. ¿Y en otros países?

En mi propia Costa Rica, todavía considerada como una de las tres o cuatro democracias plenas de América Latina, el deterioro de la libertad de prensa, los ataques contra el Poder Judicial por parte de los dos últimos gobiernos y el antagonismo creado entre los actores políticos nos muestran un cuadro de retroceso. El apoyo a la democracia también disminuyó de 71% en 2010 a 46% en 2024.

La democracia requiere una sociedad fuerte que controle el poder del Estado, que, a su vez, debe ser fuerte para controlar el caos en la sociedad.

Pero esa sociedad fuerte, imprescindible para que perdure y se fortalezca la democracia liberal, se debilita por su fragmentación, si se debilitan los mercados, por la magnitud de los deseos insatisfechos, por la incertidumbre, el desarraigo, el miedo y la ira de sus integrantes, y por la desconfianza que prevalece frente a las élites y entre los ciudadanos.

Estas circunstancias y dificultades oscurecen la luminosidad de un incremento inimaginable en la creatividad de la humanidad, de la generación de una mayor consciencia en más y más personas sobre la dignidad de todos, de la aceptación de las diferencias, del extraordinario aumento en el nivel educativo de hombres y mujeres, y del aumento de la fuerza de las aspiraciones a la paz, al progreso y al conocimiento.

¿Hay alternativas?

Nunca estamos condenados al fracaso.

Nuestra atención a las funciones del Estado que atienden la cotidianidad de los ciudadanos debe ser bien planificada, dirigida, coordinada y evaluada, y debemos rendir cuentas sobre nuestros resultados. Solo así podremos decir que somos fieles al deber de buscar el poder para servir. Poder, sí, pero para servir.

Ello significa que debemos entender y promover las ventajas del uso intenso del conocimiento. Pero el conocimiento está disperso entre las personas e, incluso, en muchas ocasiones es inarticulado. Eso significa que mucho del conocimiento no es transferible y solo resulta en acciones que podemos hacer, pero no explicar, como, por ejemplo, andar en bicicleta. Es conocimiento que aprendemos haciendo. Esto exige libertad para actuar dentro del orden de la sociedad.

De ahí la ventaja de la subsidiariedad, de la descentralización, de la economía social de mercado, de la innovación y la productividad, y del comercio internacional sometido a normas para evitar la arbitrariedad de Estados o empresas poderosas. Y todo eso, en la época actual, está en riesgo.

Por eso requerimos, además, virtudes de moderación, apertura y respeto hacia quienes piensan diferente. Son virtudes que forman parte de la coraza de convicciones que nos puede proteger frente a la incertidumbre, el desarraigo y el miedo al cambio.

Con independencia de que esas virtudes se originen en una fe trascendente o sean fruto de la sabiduría acumulada por la humanidad, para que predominen en las relaciones humanas debemos practicar el amor a las demás personas. Solo así, por convicción de que mi bienestar depende del bienestar de los demás, podremos dominar el egoísmo innato en nosotros.

Es hora de recuperar la relación armónica entre ciudadanos y dirigentes políticos.

Es una tarea esencial para unirnos armónicamente, con amor fraterno y sus virtudes, con conocimiento y con la fuerza de ciudadanas y ciudadanos, en la interminable y siempre imperfecta búsqueda y lucha por practicar la verdad, el bien común y la justicia, y por admirar la creación y la belleza.

Ese, y no la confrontación radical de intereses contrapuestos, es el camino para resolver los difíciles problemas en medio del antagonismo e, incluso, de la enemistad que nos divide.