Costa Rica acaba de cumplir 205 años de independencia, pero este desfile de faroles se convirtió en otra demostración de que las formas del chavismo no son del todo populares. El “Fuera Chaves” viene sustentado en una larga lista de ineptitudes maquilladas, retórica mentirosa, insultos y crueldades hacia propios y ajenos.
Pero, incluso con sus ademanes infantiles, burlones pero matones, Chaves ha mantenido un poder que ningún otro ministro ha tenido en la historia reciente del país. Ese poder ha bastado para que sus seguidores repitan sus burlas o se sientan con autoridad para reproducir el matonismo y el infantilismo.
El chavismo nos ha obligado a los costarricenses a dividirnos en bandos. Unos ven a los chavistas como monstruos de suampo, sin educación ni criterio propio. Otros ven a los antichavistas como ciegos, comunistas o “chimados”.
Y aquí viene el asunto. Nada de esto lo inventa Chaves. Chaves solo lo copia. Es parte del guion del populismo de derecha. Ese libreto, utilizado por la internacional de las derechas populistas, nos lleva a dividirnos en bandos contrarios, entre “chabestias” y “comunistas”, “básicos” y “chancletudos”, asignándonos identidades obligatoriamente enemigas.
El chavismo nos obliga a dividirnos.
¿Qué hacer?
La politóloga belga Chantal Mouffe sostiene que la democracia necesita del conflicto político. Cuando izquierda y derecha se diluyen en un mismo proyecto, la gente pierde canales para expresar sus pasiones políticas y esas pasiones quedan disponibles para identidades excluyentes como el chavismo.
La solución puede sonar contraintuitiva: más conflicto político democrático, no menos.
Pero un conflicto en el que el ciudadano que está enfrente sigue siendo un ciudadano, no un enemigo.
Mouffe no propone eliminar la frontera entre un “nosotros” y un “ellos”. Propone cambiar la naturaleza de esa frontera. Los otros pueden ser adversarios con quienes nos enfrentamos ferozmente por distintas concepciones del bien común, pero no enemigos a quienes debemos destruir o expulsar del espacio político.
Por eso también objeta la política del centro. El problema del centro, sostiene, es que puede vaciar el conflicto político y dejar sin representación demandas que siguen ahí. Y cuando esas demandas quedan sin respuesta, la derecha populista puede apropiárselas y articularlas desde un lenguaje excluyente.
Eso también obliga a mirar el chavismo de otra manera.
No todos los que votan por Chaves son “chabestias”. Y tampoco todos los que se oponen a él son “comunistas”, “chimados” o “ciegos”. El chavismo creció también sobre demandas populares reales e insatisfechas, desde la seguridad hasta el hartazgo con la corrupción y con una clase política que durante años dejó de ofrecer respuestas convincentes.
Mouffe propone una democracia más radical, capaz de recoger esas demandas y articularlas dentro de un proyecto democrático. No para que todos comulguemos con él, sino para que podamos volver a hacer política. Mouffe tiene, sin embargo, un problema. Para convertir al enemigo en adversario hay que compartir algunas reglas del juego. Su democracia agonística necesita, paradójicamente, un mínimo de consenso para poder sostener el conflicto. Tampoco explica del todo cómo se transforma un antagonismo real en una confrontación entre adversarios. Y esa es precisamente la dificultad que enfrentamos cuando el otro deja de ser alguien con quien discrepamos y pasa a ser alguien cuya propia pertenencia al país ponemos en duda.
Chaves ha logrado construir una dinámica de chabestias contra chancletudos y, aunque la respuesta democrática tendría que ser “todos somos costarricenses y debemos unirnos”, esta resulta políticamente insuficiente y no resuelve el impasse binario en el que nos ha estancado el chavismo.
Según Mouffe, la respuesta a este populismo de derecha sería la construcción de un “nosotros” democrático, capaz de reunir demandas diferentes sin abandonar las identidades colectivas. Una persona preocupada por la seguridad, otra por la desigualdad y otra por la corrupción pueden formar parte del mismo proyecto político, aunque no tengan exactamente las mismas prioridades. Podemos tener proyectos políticos enfrentados, podemos querer ganar y derrotar políticamente al otro, podemos discutir con enorme dureza, pero el otro sigue perteneciendo al mismo demos.
El chavista y el antichavista pueden querer proyectos políticos radicalmente distintos, pero ambos siguen formando parte del mismo pueblo político costarricense y tienen derecho a disputar el rumbo del país. La condición es una sola: compartir las reglas del juego democrático. El chavismo, tal como lo conocemos, no la cumple. Pero ahí no se agota la esperanza. Hay al menos tres caminos complementarios:
- La esperanza no está en Chaves, sino en que el electorado no es monolítico y puede seguir siendo convocado a otros proyectos.
- La esperanza está en la exigencia del juego democrático, no en la expectativa, insistiendo en que es la única vara con la que medir a cualquiera.
- La esperanza está en la resistencia institucional costarricense.
Ninguno de los tres depende de Chaves. Todos dependen de que construyamos ese nosotros democrático.
