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Una lección para el planeta

Ecuador tiene una superficie de aproximadamente 283.000 kilómetros cuadrados. Es cinco veces más grande que Costa Rica y cabe cerca de 30 veces dentro de Brasil.

Sin embargo, su verdadera dimensión no se mide por el tamaño de su territorio, sino por la extraordinaria concentración de vida que alberga. Gracias a la diversidad de sus regiones naturales: Costa, Sierra, Amazonía y Galápagos, Ecuador es reconocido por la comunidad científica como el país con mayor biodiversidad por kilómetro cuadrado del planeta y forma parte del grupo de 17 naciones megadiversas del mundo, según la clasificación desarrollada por Conservation International, con reconocimiento del Centro de Monitoreo de la Conservación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

Se trata de un territorio donde confluye una extraordinaria diversidad de ecosistemas y especies, lo que ha convertido a Ecuador en el país con mayor biodiversidad por kilómetro cuadrado del planeta. Lo repito porque no es un eslogan turístico, es una realidad respaldada por décadas de investigación científica.

¿Qué es la megadiversidad? Es una de las preguntas que más recibo. Es un concepto utilizado para identificar a los países que concentran una riqueza biológica excepcional. No se trata únicamente de la cantidad de especies que albergan, sino también de la presencia de miles de especies endémicas, es decir, aquellas que existen de manera natural únicamente dentro de sus fronteras.  Para ser considerado un país megadiverso, se toman en cuenta criterios científicos, como contar con al menos 5.000 especies de plantas endémicas y disponer de ecosistemas marinos.

Los datos son contundentes. Ecuador registra más de 1.700 especies de aves. Tiene cerca de 4.500 especies de orquídeas, más de 500 especies de reptiles y alberga más de 18.500 especies de plantas vasculares, de las cuales alrededor de 5.700 son endémicas. Todo eso en un territorio que ocupa menos del 0,2% de la superficie terrestre del planeta. La explicación está en su geografía única: cuatro mundos distintos conviviendo en un solo país. No son solo destinos turísticos. Son ecosistemas completos, cada uno con su propio clima, su propia cadena alimentaria, su propia lógica de vida. Las Galápagos son el caso más documentado de esa riqueza. El archipiélago, que en 1835 le dio a Darwin las piezas para entender la evolución, sigue siendo hoy uno de los ecosistemas mejor preservados del mundo. No por azar, sino por política pública sostenida, por inversión real en conservación y por comunidades locales que hace décadas entendieron que proteger la naturaleza es también proteger su propio futuro. Ecuador tomó una decisión: establecer estrictos límites al desarrollo y al acceso en amplias zonas del archipiélago, priorizando la conservación del ecosistema por encima de la rentabilidad inmediata.

Costa Rica conoce ese lenguaje. Este hermoso país, que alberga cerca del 6% de la biodiversidad mundial en apenas el 0,03% de la superficie terrestre, lleva décadas demostrando que conservación y desarrollo no son conceptos opuestos. Lo que Costa Rica construyó es una reputación global en turismo sostenible, un modelo de gestión ambiental que otros países estudian y una identidad nacional anclada en su relación con la naturaleza. Y es exactamente el camino que Ecuador está recorriendo con sus propias herramientas y su propia historia.

Dos países pequeños, dos potencias naturales que el mundo todavía está aprendiendo a ver. La diferencia entre un recurso natural y un activo estratégico está en cómo se gestiona. Ecuador ha entendido que conservar también es una forma de generar desarrollo. Bajo el liderazgo del presidente Daniel Noboa, Ecuador ha fortalecido una política de conservación que incorpora mecanismos innovadores de financiamiento ambiental, entre ellos, los canjes de deuda por naturaleza.

Con la segunda operación de intercambio de 460 millones de dólares de deuda para el Biocorredor Amazónico, se consolidó el país como un referente en la búsqueda de soluciones que combinan protección de los ecosistemas y sostenibilidad financiera. La visión es clara: convertir la extraordinaria biodiversidad del Ecuador en un motor de desarrollo sostenible, investigación, turismo de calidad e inversión responsable.

Ecuador y Costa Rica son aliados naturales en la tarea más importante del siglo: demostrar que los países pequeños también pueden liderar cuando se trata de proteger el planeta. El siglo XXI será recordado por la manera en que la humanidad decidió relacionarse con la naturaleza. En esa conversación global, Ecuador y Costa Rica no solo tienen mucho que decir: tienen mucho que enseñar.