Mi experiencia profesional y laboral me ha permitido tener contacto con las derivaciones del campo de investigación que dos de sus pioneros, John McCarthy y Marvin Minsky, llamaron inteligencia artificial (IA).
Al estar relacionada con el uso de tecnologías digitales en la educación desde hace más de 35 años, conocí desde sus inicios el lenguaje de programación Logo, su sucesor, Scratch, el nacimiento de la robótica para niños, niñas y jóvenes: LEGO/Logo y las sucesivas versiones del ladrillo programable que dieron origen a los Laboratorios de Fabricación Personal (Fab Labs), conocidos como makerspaces. Todas esas tecnologías están incluidas dentro del campo de la IA y son precursoras de las que tenemos hoy en nuestras manos. Para comunicarme con ellas debí aprender código de programación. También pude ver el desarrollo, a nivel de investigación, de las aplicaciones que permiten el control de los aparatos y puertas de una casa desde un teléfono celular; atravesé miles de veces puertas que se abrían solitas al sentir mi presencia; aprendí a dialogar con asistentes virtuales, a pedirle a mi teléfono inteligente que encontrara información que necesitaba y a solicitar música a una caja colocada en la sala de casa.
Pero toda esa experiencia —tan sorprendente como fue para mí como usuaria— no impidió mi gran asombro otra vez cuando, a finales de 2022, llegó una aplicación que ponía en mis manos la posibilidad de programarla, ya no con código, sino con mi idioma materno. Supondrán que hablo de ChatGPT, y lo que más llamó mi atención fue que no solamente responde órdenes simples, como buscar una canción o un número de teléfono, sino que es capaz de crear un producto totalmente nuevo. Por ejemplo, puede producir un paisaje según las indicaciones o generar un poema que no existía hasta el momento. Por eso se le llama inteligencia artificial generativa (IAG). El historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari dijo que es “la primera tecnología de la historia que crea historias”. Y hay más sorpresas: tarda milisegundos o, máximo, segundos en generar la producción solicitada y, además, sugiere nuevas rutas de indagación para ahondar en el tema.
Los avances en el campo de la inteligencia artificial se suceden con mucha rapidez y, en educación, no nos ha dado tiempo de ponernos al día. Algunos casos individuales darán cuenta de ciertas instituciones —sobre todo de educación superior—, departamentos o docentes que están analizando y probando la forma en que la IAG puede colaborar con el aprendizaje de las personas de distintas edades.
Pero, en términos generales, en educación estamos tomando el movimiento del péndulo: o dejamos que las cosas sucedan sin reflexión ni responsabilidad o prohibimos su uso para evitar los peligros que sabemos que se avecinan. Pero las dicotomías no son buenas consejeras. Pareciera que lo que más nos conviene es hacer un esfuerzo colectivo para aquilatar los beneficios y evidenciar los peligros de las tecnologías de la IAG, de manera que podamos tomar decisiones pedagógicas responsables con el aprendizaje de las nuevas generaciones.
La IAG en la educación es un territorio desconocido y, para explorarlo, necesitamos mapa y compás. El mapa debe ser el de la creatividad, como ha insistido tanto Mitchel Resnick, investigador del Laboratorio de Medios (Media Lab) del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Se trata de un mapa que nos permita buscar las mejores soluciones y caminos hacia el bien común, y no utilizar las herramientas de la IAG para buscar respuestas cajoneras o copiar datos sin conocer los procedimientos. El compás —y aquí coinciden muchos otros autores— debe ser el de la ética. La IAG es poderosa y puede dar sugerencias y ofrecer productos de la más amplia variedad, incluyendo algunos que son indeseables para la convivencia pacífica y sana. Por eso, el compás de la ética debe estar muy bien calibrado, en sintonía con los más preciados valores de la nación.
¡Ah! Y no podemos olvidarnos de la inteligencia artificial agéntica (IAA), esa IAG que genera otros agentes y los coordina para desarrollar tareas de forma autónoma y persistente.
En este momento no hay respuestas pedagógicas claras sobre el uso de la IAG —y menos de la IAA— en educación. Lo que sí es definitivo es que forzar las herramientas de la IA a las estructuras educativas tradicionales existentes para continuar transmitiendo los mismos contenidos, calificando con el mismo modelo y replicando los mismos roles es improcedente.
La reflexión sobre el uso de la IAG en educación es alarmantemente urgente. Con teléfonos celulares en mano, los y las jóvenes ya están utilizando las aplicaciones y no sabemos cómo ni con qué fin. Es nuestra responsabilidad ofrecer vías para el aprendizaje creativo con propósitos de procurar el bien común.
Si le interesa ahondar en el tema, puede encontrar mayor información aquí.
