Si hay algo que la vida me ha enseñado es que el teatro te llega al corazón para quedarse a vivir ahí. No es opcional ni pide permiso, solo te posee. Es un norte que determina incluso la forma en que te desarrollás en los otros caminos profesionales que escogés o, en un sentido más amplio, en las otras facetas de tu vida. El teatro no es solo lo que pasa en un escenario, es una forma de ver la vida y, como toda filosofía de vida, crea sus propios caminos.
En el año 2006, como parte del proceso formativo que, con ilusión, llevaba en el Taller Nacional de Teatro (TNT), me tocó realizar mi práctica profesional, llamada “Promoción Teatral”, en la comunidad de Rivas de Pérez Zeledón. Los segundos y cuartos domingos de cada mes, junto con Guadalupe, mi compañera y cómplice, viajábamos en el primer bus de San José a Pérez Zeledón. Cada día de taller era una aventura propia y siempre nos recibía un grupo de personas muy ilusionadas con desayuno en hoja de plátano para alegrar el cuerpo y el alma. Panza llena, actor contento.
Veinte años después, el pasado sábado, me sentí de nuevo como el promotor teatral de antaño. Ahora, como director del Taller, me tocó acompañar al estudiante Sebastián Villalobos a su práctica de Promoción Teatral. A las 6:25 a. m. abordábamos el bus hacia Grecia, donde, religiosamente y desde hace cinco meses, acude semanalmente a atender a un grupo comunitario que lo espera con la ilusión de recibir a quien trae una maleta de sueños para convertir un simple salón en un espacio mágico que da forma a todo tipo de historias.
Conectar de nuevo con esa ilusión que da seguir los caminos del teatro adondequiera que te lleven me da la certeza de que el tiempo invertido en el proceso, en la preparación de la clase, en el ensayo del ejercicio y en la madrugada para llegar a tiempo es una inversión directa en las personas y las comunidades.
La reciente Encuesta Nacional de Cultura nos confirma por qué no solo los procesos formativos de teatro, sino los de las artes en general, deben ser una prioridad tanto para lo público como para lo privado. Según la encuesta, en la última década la población mayor de 18 años vinculada a algún proceso formativo artístico aumentó 1,1 puntos porcentuales, hasta alcanzar al 10,9% de la población. Destaca que en la zona rural el porcentaje casi se duplicó, al pasar de 4,8% a 8,1% de la población mayor de edad. También en la zona urbana se registra un aumento de 0,4 puntos porcentuales, hasta alcanzar en 2026 al 12% de la población entrevistada. En resumen: más personas, en más lugares y con más ilusiones, se vinculan a procesos formativos artísticos.
La vida es algo más que trabajar. Es encontrar mi propia forma de expresarme, de compartir y de vincularme. De plantear los miedos y preocupaciones que, a veces, en lo cotidiano, no sabemos expresar.
Quiero creer que, en los 49 años de existencia del Taller Nacional de Teatro, todos quienes, siendo estudiantes ilusionados de segundo año, nos hemos movido a distintas comunidades del país a compartir lo que aprendimos hemos contribuido sistemáticamente con los procesos de educación artística y con la generación de esos vínculos entre las comunidades y las poblaciones.
Así como me pasó a mí, a Sebastián y a todos nuestros estudiantes, año con año, el taller de teatro que se imparte en el salón comunal, en la sala de teatro improvisada, en el aula multiusos o en el parque del pueblo se convierte en un espacio seguro, lleno de diversidad de pensamientos, de formas de ver la vida, de formas de gritar lo que nos aqueja y de lograr convertir a un extraño, hasta ese momento, en un vecino, compañero o amigo.
Quiero creer que estos vericuetos que nacen desde el TNT y toman los caminos más increíbles y diversos fortalecen a una sociedad que necesita encontrar sus lugares comunes, su empatía y sus formas de proyectar aquello que solo con el arte puede ser dicho.
Mi deseo sincero es que cada vez más personas se reconozcan y transiten los maravillosos caminos del teatro.
