Costa Rica lleva años construyendo la interoperabilidad de sus datos de salud. Hay un decreto, hay guías técnicas publicadas por el Ministerio de Salud en 2024, hay un Comité Técnico de Salud Digital trabajando en ello. Es progreso real y, aun así, la parte más difícil sigue abierta, por una razón que casi nunca se menciona: no es un problema técnico. Es un problema de significado.
Suena abstracto, así que permítanme un ejemplo concreto. La palabra "paciente". Uno esperaría que signifique lo mismo en todas partes. No es así. La CCSS identifica a una persona con sus identificadores institucionales y la cédula, porque necesita vincularla con su expediente de toda la vida, su aseguramiento y sus prestaciones. Un hospital o clínica privada le asigna un número de expediente propio y usa la cédula, el DIMEX, el pasaporte o lo que la persona traiga, porque su prioridad inmediata es registrarla bien y atenderla. Ninguno de los dos está equivocado. Cada uno decidió, con buenas razones, según su realidad. Pero cuando esos dos sistemas tienen que conversar, ninguno garantiza, por sí solo, que dos registros correspondan a la misma persona.
Ese desacuerdo, tan pequeño que casi no se ve, es la diferencia entre un sistema de salud que de verdad comparte información y uno que solo aparenta hacerlo. No es un problema costarricense sino una corriente mundial.
En la última década, industrias que no se hablan entre sí llegaron por separado a la misma conclusión: mover datos de un sistema a otro no es lo mismo que compartir su significado. Después de la crisis financiera de 2008, el sector financiero descubrió que no podía sumar su propia exposición al riesgo porque no lograba ponerse de acuerdo en qué significaban sus instrumentos, y construyó un estándar para el significado llamado FIBO. En 2025, las mayores empresas de datos del mundo, competidoras entre ellas, se sentaron juntas a crear un formato común para intercambiar significado, llamado OSI. En salud, la pandemia fue el punto de quiebre.
Cuando el mundo necesitó compartir datos de salud de emergencia, quedó en evidencia que los sistemas no se entendían. La Organización Mundial de la Salud respondió impulsando a sus estados miembros hacia un estándar común, HL7 FHIR, para que sus propias recomendaciones sanitarias pudieran codificarse en los sistemas digitales de cada país de forma consistente. Costa Rica siguió ese camino con sus guías nacionales. El estándar es el mismo para todos. Cómo se ensambla lo decide cada país, porque la realidad de cada país es distinta.
Aquí entra la inteligencia artificial, que es lo que vuelve todo esto urgente. Durante décadas, cuando un dato estaba mal entendido, había una persona en el medio que lo notaba y lo corregía. La IA actúa sobre el significado directamente, sin esa persona. Si le entregamos datos cuyo significado nunca acordamos, va a actuar sobre nuestra ambigüedad, a gran velocidad y a gran escala. La IA no crea el problema del significado, lo vuelve imposible de ignorar.
Lo más incómodo es que el problema empieza mucho antes de la frontera entre dos instituciones. Empieza adentro de cada organización. En una empresa automotriz del país, la palabra "cliente" significaba cosas distintas según el departamento: para mercadeo era un segmento de mercado, para ventas un prospecto, para posventa el dueño del vehículo, para finanzas quien firmaba el contrato. Cuatro definiciones, ninguna equivocada, ninguna igual a la otra, conviviendo bajo el mismo techo sin que nadie lo hubiera notado. Si una sola empresa no ha acordado el significado de su palabra más importante, ¿qué podemos esperar cuando dos instituciones distintas intentan entenderse?
Por eso la pregunta que importa no es cuál plataforma comprar. Es quién, dentro de la organización, responde por el significado de los datos, y no solo por su infraestructura. En la mayoría de las empresas ese rol no existe. Pero no es utópico. Una aseguradora costarricense lo resolvió a lo interno: nombró a un responsable de la semántica y la ontología del negocio, es decir, alguien encargado de definir qué significan los términos con los que la empresa trabaja y cómo se relacionan entre sí, y de arbitrar cuando dos áreas no coinciden. No compró una máquina. Tomó una decisión de gobernanza.
Ese es el punto de partida, y no cuesta nada. Escoja una palabra o concepto (como “cliente”) que le importe a su organización. Pídale a tres áreas distintas que la definan por separado. Van a descubrir que no coinciden. Ese hallazgo, gratuito, es el comienzo de todo lo demás.
Conviene recordar para qué es todo esto. El objeto de un sistema de información en salud no es el dato. Es el paciente. Cuando la CCSS y un privado no logran reconocer que dos registros son la misma persona, quien cae en esa grieta no es un número: es alguien que llega sin cédula, un recién nacido, una persona inconsciente en una emergencia. La norma obliga a atenderlos igual. Un sistema que solo funciona con el caso fácil, con quien llega con todos sus papeles en orden, no sirve para la salud pública, que existe precisamente para los casos difíciles.
Costa Rica está tomando estas decisiones ahora, en comités que casi nadie observa. Podemos tratar el significado como un detalle técnico que se resuelve después, o reconocerlo como lo que es: la condición que decide si nuestra inversión en salud digital va a servirle de verdad a la gente o solo va a parecer que sirve. Ese acuerdo no lo construye ninguna plataforma. Lo construimos nosotros, decidiendo qué queremos decir antes de enseñarle a una máquina a decirlo por nosotros.
