¿Qué nos motiva en la vida? Para muchos, un proyecto personal rodeado de arte, deporte o música; construir una familia; ayudar en la vida de otros. Pero cabe preguntarnos si todo lo anterior, u otros aspectos, lo llevamos a cabo con entusiasmo. A mi parecer, ahí radica ese ingrediente que hace especial a la vida.
Un gran interrogante que planteo a mis estudiantes nos invita a detenernos en el camino para pensar: ¿qué haríamos si llegáramos al fin de nuestra existencia y pudiéramos saberlo? Imaginemos que estamos tomando el café de la mañana y alguien nos susurra al oído: “hoy es el último día, tendrás la oportunidad de hacer lo que desees”. Pero acá viene lo más interesante: cobra significado nuestro vivir… Se repiten en las respuestas muchos aspectos, como armar una agenda, elegir personas, solicitar perdón, pero algo que tienen en común es que no se va a malgastar el tiempo. Muchos eligen la familia, agradecer y, contradictoriamente, para esas 24 horas escogen actividades que les apasionan, pero que realizan poco: ver el cielo, disfrutar espacios de naturaleza, silenciarse… No se eligen actividades como salir de compras, por ejemplo.
Es una oportunidad para recordar el valor del agradecimiento, sí, en la cotidianidad. Dejar para mañana lo elemental, en el ahora, es un riesgo. ¿En qué condiciones llegaremos al mañana? Ojo, no se trata de caer en el pesimismo, sino de pensar: ¿quién nos garantiza el después? Invito a los lectores a que, en este momento, hagamos un ejercicio: armemos el itinerario del último día. ¿Qué comeríamos? ¿Con quién lo pasaríamos? ¿Oraríamos? Me parece interesante que la única certidumbre que tenemos es la muerte, pero huimos de pensar en ese destino asegurado.
Todo el ejercicio anterior para caer en una palabra que nos causa misterio: el futuro. Lo podemos pensar, pero no existe; es una eterna hipótesis. El presente sí lo tenemos. Cuando los estudiantes me interpelan sobre mi último día, lo he concebido como un don (regalo), en el que puedo enumerar las veces que he reído con amigos, en que he corrido por las montañas de Coronado, en que he llorado ante una obra de arte o me ha conmovido una película, el olor de la comida de mi madre, los atardeceres o ver sonrisas de niños indígenas quekchíes en la selva guatemalteca, y así varias escenas que me han construido como la persona que soy.
Cuando uno es consciente del regalo de la vida, no puede permitirse inflamar el ego del merecer, sino optar por la humildad de reconocer que no podemos controlar el futuro, frenar el sufrimiento o una enfermedad; caer en la cuenta de que las personas somos vulnerables y que en esa fragilidad entran los otros. A los 21 años, una lancha pesquera me rescató de ahogarme en la Costa del Sol, una playa salvadoreña. Fui rescatado y sentí la responsabilidad de que yo podría responder por la vida de otros. Desde ahí entendí mi misión en la educación: quiero compartir conocimiento con otros como agradecimiento.
¿Será que la vida nos pide ser frágiles? Quizás sí, para salir de nosotros mismos y estar atentos a quienes nos rodean y a cómo podemos aportar a la vida de otros. He llegado a convencerme de que el futuro imaginario demanda algo: no ser indiferentes, no pasar de largo ante los otros. Quien actúa mejora el mundo. El futuro se encara asumiendo el ahora, no sentados observando la vida: acompañarnos de personas que nos motiven, investigar nuevos temas, dejarnos ayudar. Muchos pensarán: ¿dónde queda el éxito? Miles de libros de autoayuda confirman un solo escenario: ser exitosos, lo cual no satanizo, pero ¿podemos reducir la vida al éxito? ¿Dónde dejamos el aprendizaje de los fracasos?
Cuando la vida falla es cuando vienen los interrogantes más reales sobre nosotros mismos y sobre lo que tiene sentido. Es ahí donde asumimos el desafío del equilibrio, de que cualquier futuro será posible en la medida en que combinemos lo que nos apasiona con el dolor, con la enfermedad, con los problemas, con el trabajo. Sacar provecho de cada situación, asumir para cambiar: vamos asumiendo lo que nos acontece.
¡Estamos vivos! Sí, ahora. No caigamos en la tentación de paralizar la vida por añoranzas del pasado o por la nostalgia de lo que no ha venido. Ahí es donde el mecanicismo se apodera de nuestros días. Revirtamos esa dinámica: que nuestros días sean para amar, para crecer y dejarnos sorprender.
