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Pensar diferente no debería convertirnos en enemigos

Costa Rica se encuentra, políticamente hablando, en una etapa delicada y decisiva. Es un momento en el que las diferencias parecen convertirse cada vez más en divisiones. Discutimos sobre política, defendemos nuestras posiciones y, con demasiada frecuencia, terminamos enfrentándonos entre nosotros mismos, perdiendo el sentido de lo que debería ser el diálogo.

En este contexto, lamentablemente, las diferencias de pensamiento han contribuido a normalizar un discurso de odio y una actitud de intolerancia hacia quienes piensan diferente: nuestros conciudadanos, nuestros vecinos e incluso nuestros propios familiares.

No todo desacuerdo político constituye un discurso de odio. Sin embargo, cuando desde el poder se insiste en dividir a la sociedad entre un “nosotros” y un “ellos”, se crea un ambiente en el cual resulta cada vez más difícil escucharnos, respetarnos y entender que, a pesar de nuestras diferencias, todos formamos parte de un mismo país.

José “Pepe” Mujica lo expresó de una manera que sigue siendo pertinente: “No hay democracia sin diálogo, y el diálogo significa bajar los decibeles”. Dialogar no significa renunciar a nuestras convicciones ni dejar de defender aquello en lo que creemos. Significa reconocer que quien piensa diferente también tiene derecho a ser escuchado.

En una democracia, cuestionar al gobierno, defender una posición distinta o exigir cambios no significa estar en contra del país. La diversidad de opiniones es necesaria. El problema comienza cuando dejamos de debatir ideas y empezamos a atacar a las personas por pensar diferente.

Por eso, Costa Rica necesita recuperar la capacidad de discutir sin convertir cada desacuerdo en una confrontación. Una democracia no necesita ciudadanos que piensen igual; necesita ciudadanos capaces de convivir pensando diferente.

La unidad nacional tampoco significa estar de acuerdo en todo. Significa reconocer que, detrás de nuestras diferencias políticas, seguimos compartiendo derechos, instituciones, familias y un mismo país.

Quizá Costa Rica no necesita menos debate, sino un debate de mayor altura. Uno en el que podamos defender nuestras convicciones con firmeza, cuestionar aquello con lo que no estamos de acuerdo y exigir cambios, sin convertir a quien piensa diferente en nuestro enemigo.

Porque no se trata de estar del mismo lado. Se trata de ser conscientes de que, aunque no compartamos las mismas ideas, compartimos un mismo sistema democrático y un mismo país.

Pensar diferente no debería convertirnos en enemigos.