La maternidad es probablemente el tema de mayor complejidad del que podría escribir, tanto desde la perspectiva de mi experiencia personal como desde el punto de vista de la función social que cumple.
Desde mi experiencia personal, no podría describirla de forma distinta que como el proceso más transformador, retador, difícil y enriquecedor que me ha atravesado en la vida. Nada me ha cambiado tanto jamás. Nada me había movido el mundo de tal manera ni incomodado a tal dimensión, al mismo tiempo que me llenaba de la mayor satisfacción y plenitud posibles. En definitiva, una cambia, cambia muchísimo.
Ahora, refiriéndome a la parte más amplia y compleja del concepto, todo se pone aún más complicado. La maternidad ha sido y sigue siendo, en miles de casos, una imposición; un componente más de una agenda activa y agresiva de sometimiento de las mujeres a roles vinculados al cuido no remunerado y al sostén silenciado del funcionamiento global.
Ahí, la afirmación de que “todas nacimos para ser mamás porque es nuestra naturaleza” se vuelve el vehículo perfecto de exclusión de otras vivencias y experiencias humanas de muchísimas mujeres y, a la vez, la base para la creación de vías legales, políticas, sociales y culturales que ratifican esta imposición, vulnerando y afectando la vida de muchísimas mujeres y niñas en el mundo.
Pero hoy, pese a que estoy convencida de la necesidad de seguir luchando contra esta imposición, quiero referirme particularmente a la urgencia —sobre todo en el contexto actual— de la reivindicación de la maternidad como trinchera de lucha feminista.
El feminismo (blanco) le ha puesto en bandeja de oro al patriarcado la maternidad como experiencia de sumisión, de vivencia individual y de terreno perfecto para la consolidación de roles de género binarios y machistas.
Sin embargo, desde los rincones más recónditos de este pequeño mundo, millones de mujeres históricamente han llevado a cabo esta reivindicación de forma silenciosa —o silenciada—, muchas veces sin siquiera reconocer sus acciones como lucha feminista, pero acompañándose y acuerpándose de la forma más sorora y leal.
La maternidad, entonces, desde que soy mamá, se ha convertido en mi mayor fuente de aprendizaje y cuestionamiento feminista decolonial, porque de repente fui consciente de la más sincera y genuina forma de vinculación colectiva, de la que las luchas actuales del movimiento podrían aprender mucho más de lo que siquiera se imaginan.
Si se sigue permitiendo que la maternidad se defina solo como imposición patriarcal, se continúa con la deuda histórica y se pierde un terreno de aprendizaje feminista inmenso: la sororidad como forma de organización colectiva, la exigencia de adaptar y cambiar sistemas de funcionamiento social basados en las necesidades masculinas y la consecuente exclusión de las madres y las infancias, la integración de las mamás en la lucha por maternidades deseadas y el trabajo con infancias vulneradas por dinámicas patriarcales, la inclusión de voces de experiencia sobre la explotación y feminización de los cuidados en la era de la terrorífica romantización de los roles de género y búsqueda constante de la pérdida de derechos de las mujeres, el cese de la instrumentalización de la maternidad para los fines patriarcales y la búsqueda de un feminismo con más autocrítica, entre miles más.
Por eso, es esencial que se deje de rechazar la lucha de mujeres que decidieron ser madres por la falsa creencia de que lo hicieron para alinearse con los intereses del patriarcado y se reclame que reconocer su existencia y relevancia es clave para las luchas feministas, incluyendo la de nuestro derecho a decidir.
La maternidad me ha traído la invitación más inmensa a cuestionarme mis propias convicciones y, a la vez, me ha reafirmado, con la fuerza más inmensa, otras que ya tenía; entre ellas: ¡La maternidad será deseada o no será!
