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Imagen principal del artículo: Odiseo en su odisea, valga la redundancia

Odiseo en su odisea, valga la redundancia

Odiseo en su odisea, valga la redundancia

La Odisea es un poema épico griego, de esos llamados clásicos, un must que nos acompaña desde hace unos 3.000 años. Narra la historia de Odiseo, rey de Ítaca, y su regreso a casa luego de la guerra de Troya.

La palabra odisea, con el tiempo, se volvió equivalente a la travesía, es decir que vivir una odisea es experimentar un viaje complejo lleno de aventuras y desventuras como el que le ocurrió a Odiseo.

Pues así de simple, damas y caballeros, es como se logra la inmortalidad. Odiseo, el nombre del rey griego, se convierte en epónimo, el nombre de un concepto, y queda por siempre en el idioma.

Entendemos, entonces, que odiseas hay muchas, y Odiseo, solo uno. Sin embargo, la forma de entender y describir a este personaje puede cambiar según la persona que cuente el relato, así, en realidad, podríamos aventurar que Odiseos también hay muchos y cada uno vive su odisea de forma diferente.

Porque la Odisea no es un relato fijo —nunca lo fue—, es como un espejo en el que cada época elige cómo mirar y qué precio ponerle al regreso del héroe. Por eso el Odiseo más reciente —el que vemos grabado en IMAX— aparece con otros miedos y lucha otras batallas. En la película de Christopher Nolan, la vuelta no es por sí misma la hazaña heroica, es más una tarea íntima, personal; el peso está en lo que quedó atrás, el hogar que le espera y el vacío de su ausencia. Es un peso que sostienen en la lejanía su esposa y su hijo; y John Leguizamo.

Llevar la historia de Odiseo a la pantalla grande es, claramente, una tarea olímpica —por no decir que es toda una odisea—. Y Nolan ha buscado, con su película The Odyssey, enfrentar esa tarea desde una ángulo muy Nolan.

Se apoya en ciertos elementos que le son afines, como un grupo actoral reconocible, o la grandiosidad visual y sonora que buscan en el espectador la urgencia de recurrir a la experiencia en la sala del cine. Eso sin contar con la expectativa que genera en el mundo audiovisual el anuncio de sus proyectos.

Se dice que, justamente ese banderazo inicial que da la anunciación de una peli de Nolan, divide a la audiencia en dos bloques consolidados: fans y haters.

Acá, por tanto, hay que comprender que toda adaptación, toda apropiación, es siempre una “re-interpretación”. El autor elige cuáles van a ser sus elementos y esa elección es, propiamente, una de las características de lo que llamamos “arte” —el nivel de agrado o repulsión que pueda generar con ello no es, necesariamente, pertinente—.

Nolan nos da un filme lleno de imágenes descomunales, adrenalina, caballos casi hundidos en la arena, un cíclope de mirada vertical, una perfecta secuencia de terror con Samantha Morton y escenas paradisíacas con Charlize Theron —si, es cierto, parece un anuncio de perfume—, entre otras cosas. Es decir, todo muy atractivo.

El Odiseo de hoy, está visto por el ojo actual; sus peripecias, contadas desde la contemporaneidad. Traer algo del pasado y colocarlo en el presente también tiene un gran valor. Y, como se dijo antes, requiere una dosis similar de valentía.

Eso sí, por más necesidad narrativa, deshacerse de Elliot Page en el primer minuto no tiene perdón de Dios, de ninguno de ellos. Nolan debería ser castigado por Zeus y Poseidón.

Dicho esto, volvamos al inicio; hace 3.000 años Odiseo era un héroe embustero, un engañador que vencía utilizando trucos y mentiras. Hoy, es un veterano de guerra que sufre estrés postraumático, y busca jubilarse para ver el atardecer con su esposa. En el siglo XXXI viajará por la galaxia acompañado de su hijo, una niña celeste y un pequeño robot —su amigo fiel—.

Sea cual sea su forma, su rostro o su psique, siempre va a ser el protagonista de su narración; porque la mayor astucia de Odiseo, “el de los muchos trucos”, está en dejar su nombre para la posteridad. La Odisea, la que se escribe en mayúscula, siempre va a ser la de Odiseo y, spoiler alert, al final siempre va a lograr volver a casa —aunque le tome muchos años—.