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Obviar la propaganda del “Ch-abismo” y restarle poder al algoritmo

Las nuevas formas de comunicación hay que entenderlas para comprender por qué ahora juegan un papel fundamental en la comunicación política. No es de extrañar que el Ch-abismo recurra a ellas y veamos la cantidad de tiktokers que ingresaron a la Asamblea Legislativa. Han sabido aprovechar un contexto desfavorecedor, en el que los efectos de la desmovilización, la virtualidad y la idea del neoliberalismo nos han hecho ver el éxito como si fuera algo que depende únicamente de mi yo individual.

Nos ofrecen, día con día, una oferta tecnológica en la que, para resolver tu vida, no ocupas del otro, sino de acceso a internet y las redes, porque ahí se concentran todos los bienes y servicios, hasta la forma para incidir en su voto. Por eso, el interés de los magnates y los gobiernos en hacerse de ciertas redes sociales para tener influencia sobre las masas, apelando a la libertad de expresión, pero sin cambios en el diseño de las normas comunitarias y controles, que obedecerán al mejor postor, es decir, al que más le ponga plata.

Si bien es cierto que a punta de arroz y pollo no se puede sostener ni cohesionar eternamente esa base electoral, hay que diferenciarla de sus engranajes internos, que le dan alimento narrativo todos los días. Es una arena que incita al odio, a la desinformación, al constante conflicto, con el fin de ponernos unos contra otros y nunca entender las dolencias del otro.

Lograron ensalzar a funcionariado de clase media disidente de partidos tradicionales y, por otro lado, usan a los desfavorecidos molestos con la falta de resultados de las políticas públicas —y lejos de los polos de desarrollo— para alimentarlos con una comunicación política emocional, corta, constante y parcializada, incitando odios y heridas del pasado. En ese canasto hay personas inteligentes, granjas de trolls, personas cansadas de la corrupción interna, personas ebrias de poder, resentidos, dogmáticos y hasta fanáticos, que pareciera que quieren engangrenarse en el poder a cualquier costo.

A ese caldo de cultivo es al que se le habla y se le pone a disposición el aparato propagandístico y discursivo, en el que los agitan desde investiduras políticas, las cuales no deberían referirse así a nadie: como filibusteros, sicarios políticos, ratas, golpistas, entre otros. Al ser un lenguaje proveniente de una figura, ocasiona que su base lo valide y que se envalentonen quienes piensan así.

No solo es persuasión y propaganda narrativa, sino que, estratégicamente, es no dejarnos conectar con el ala del chavismo más educada, pero molesta. El núcleo duro —que son exmiembros de partidos— no quiere que vayamos a sus bases a reparar y mostrar las causas comunes, tal como lo harían las plaquetas de su cuerpo, que ayudan a cicatrizar heridas. Quieren mantener abiertas esas heridas; por eso, los estrategas instrumentalizan su poder en la comunicación. No es que tengan masas organizadas, sino que tienen línea y manual para que estemos en constante conflicto.

Ahora están centrándose en jóvenes para consolidar un proyecto en las urnas y tener el poder 12 años —y cuidado no más—, aprovechando el viento en cola de gobiernos de América Latina afines. El ciclo es: si consumiste más de 3 segundos de su propaganda, se te bombardea la red aprovechando el algoritmo y creando una burbuja que te aísla del facto, del hecho verdadero. Ellos saben que la audiencia a la que le hablan, esa de a pie, no realizará este contraste.

Mordieron el anzuelo al validar la lógica de quitar a los otros para ponerse a ellos mismos. Lo que todos sabemos es que esas viejas prácticas enferman el sistema y se prioriza la lealtad personal sobre los resultados. Ya no será lealtad partidaria, sino al cacique.

Las cabezas de esta fuerza no son básicas. Es lo contrario: una de ellas es inteligente, persuasiva y estratega. La disonancia entre su narrativa agresiva y su fino tacto en lo privado lleva a muchos a ser persuadidos. Cuando sale hablando usando “canallas”, “malnacidos”, “desgraciados”, “vivazos”, “comunistas”, es pura propaganda de esa investidura política que usa para alimentar a su base, pero en el seno de la privacidad no es así y ese es el gancho, touché.

Te lo cuento. Se llama uso del reforzamiento intermitente, en el que alterno ser malo y severo, pero luego te trato bien, con premios, distinciones o muestras de afecto, para generar adicción social y ansiedad en las conductas de su base. No se trata de hablar de hechos, conciliar, analizar, sino de agitar emocionalmente estas hebras y tener siempre a la base atenta al chisme o al show.

Este estilo, puesto en el algoritmo, se convierte en propaganda masiva digital para entretener y sorprender. Se repite, se repite luego en plataformas de redes para difuminar y envolverte en ese entorno digital, con lo que perdés noción del hecho y dudás, tipo gaslighting.

Ahora bien, ¿en qué coinciden el narcisismo y el algoritmo? En que a ambos les duele que no les presten atención. Hay que dejar de morder el anzuelo, porque así se alimentan: de la atención, ya sea positiva (admiración) o negativa (peleas, llantos, reclamos). Hay que dejar de reaccionar a las provocaciones, porque eso nos lleva al abismo. En esta etapa de reorganización, hay que alimentarse de eso, mantener mucha inteligencia emocional y pragmatismo, y saber perder para poder ganar. Espero que así lo entiendan las cabezas dirigenciales de los partidos.