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No, no es tan fácil

Llegué a pesar casi doscientos kilos. Durante casi veinte años viví con obesidad mórbida. No necesitaba que nadie me explicara lo que significaban el estigma, las limitaciones físicas o las miradas de juicio. Lo viví todos los días.

También escuché innumerables comentarios disfrazados de bondad. Frases como “se lo digo porque lo aprecio” o “es por su bien” solían preceder opiniones sobre mi cuerpo, mi salud y mi vida. Nada resulta más peligroso que opinar sobre aquello que no se conoce. Peor aún, cuando se asume que una enfermedad compleja puede entenderse a simple vista.

A pesar de los avances científicos, todavía muchas personas creen que la obesidad puede explicarse simplemente por comer demasiado o hacer poco ejercicio. Esa visión simplista ignora factores biológicos, genéticos, psicológicos, sociales y ambientales que han sido ampliamente documentados por la ciencia.

Como persona que vivió con obesidad mórbida, me cuesta comprender cómo algunas personas, sin formación científica o médica y sin conocimiento actualizado sobre esta enfermedad, se sienten con autoridad para asegurar que la obesidad tiene una solución universal y sencilla: dieta y ejercicio. La ignorancia suele ser atrevida. Llega sin ser invitada y, con demasiada frecuencia, encuentra quien le abra la puerta.

No, no es así de fácil.

Lo sé porque lo viví. Lo sé porque lo estudié. Lo sé porque durante años he leído, escuchado a especialistas y analizado suficiente evidencia científica para sostener una conversación seria sobre este tema.

La profesora Rachel Batterham, especialista en obesidad, diabetes y endocrinología de University College London, describió en 2021 como un cambio trascendental los resultados de un ensayo con semaglutida. Según explicó entonces, por primera vez un tratamiento farmacológico permitía alcanzar niveles de pérdida de peso que anteriormente solo eran posibles mediante cirugía.

Sus palabras reflejan una realidad que muchas personas desconocen: la obesidad no es un fracaso personal. Es una enfermedad compleja que durante décadas ha desafiado a la ciencia.

Mientras investigadores de todo el mundo dedicaban años de trabajo a comprender los mecanismos biológicos que regulan el peso corporal, gran parte de la sociedad seguía ofreciendo diagnósticos simplistas y soluciones rápidas. Como si una enfermedad que afecta a millones de personas pudiera resumirse en una frase de cinco palabras.

Si la obesidad fuera únicamente una cuestión de fuerza de voluntad, no existirían clínicas especializadas, equipos multidisciplinarios, cirugía bariátrica ni décadas de investigación científica destinadas a comprenderla y tratarla. La realidad es mucho más compleja y, precisamente por eso, merece ser abordada con conocimiento y no con prejuicios.

Quienes hemos vivido con obesidad sabemos que muchas veces el peso más difícil de cargar no es el que marca la balanza. Es el peso de la discriminación, de las burlas, de los estereotipos y de los juicios constantes.

Hoy la ciencia nos ofrece una mejor comprensión de esta enfermedad y opciones terapéuticas que hace apenas unos años parecían imposibles. Sin embargo, de poco sirven los avances médicos si como sociedad seguimos aferrados a creencias del pasado.

Tal vez ha llegado el momento de escuchar menos a quienes opinan desde la ignorancia y más a quienes hablan desde la evidencia. Porque detrás de cada descubrimiento científico hay décadas de investigación, pero detrás de cada persona que vive con obesidad hay una historia humana que merece respeto, comprensión y acceso a tratamientos basados en ciencia, no en prejuicios.

Y si usted vive con obesidad, quiero que recuerde algo: no es su culpa. Comprender que esta enfermedad es mucho más compleja de lo que durante años nos hicieron creer puede quitarle un enorme peso de encima.

Durante demasiado tiempo, muchas personas cargaron no solo con la enfermedad, sino también con la culpa, la vergüenza y el juicio de los demás. Hoy sabemos más. Hoy la ciencia nos ofrece respuestas donde antes había prejuicios. Y entenderlo puede convertirse en el primer peso que usted decida dejar de cargar.