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Imagen principal del artículo: Niñato bravucón

Niñato bravucón

Hay cosas que, más allá de la batalla verbal que suele marcar los ciclos políticos, el tira y afloja característico entre oposición y gobierno, no deberían dejarse pasar. No se trata de moralizar la política, ensayo que siempre termina mal (sino, pregunten a Ottón Solís), porque la política es el arte de administrar creativamente el conflicto inherente a visiones de mundo y sociedad divergentes, cuando no directamente antagónicas.

Algunos días hace que el ministro de Justicia, Gabriel Aguilar, afirmara en una conferencia de prensa saber quiénes son y dónde se reúnen los zurdos, enemigos del gobierno, pero, sobre todo, los “zurdos de clóset”. Ya el expresidente Chaves había utilizado la expresión “comunistas de clóset” en alguna de sus diatribas de los miércoles, durante el periodo pasado. Más allá de saber a ciencia cierta qué entiende un joven imberbe como Aguilar por ‘zurdo’, ‘zurdo de clóset’ resulta aún más enigmático. Parece querer decir que todos los que no apoyan o adversan al gobierno, son eso, enclosetados de izquierda. Dudo mucho que Chaves o Aguilar, mas tampoco la presidenta actual, sepan gran cosa de ideologías políticas.

A pesar de lo dicho, considero que ‘polarizar’ sobre la base del “miedo anticomunista” es un recurso válido en política, como lo es activar las alarmas sobre la supuesta “protodictadura” en la que estaríamos viviendo. No aporta mucho, ni al debate ni a la convivencia, pero se vale, en tanto y en cuanto la política, si se piensa en términos de transformación, esto es, no mera ‘administración de la crisis’, transita siempre por algún nivel de polarización de cara a movilizar. Entendámoslo como parte de la calistenia propia de todo movimiento que tiene como objetivo preservar y ganar masa muscular para pasar de una situación insatisfactoria, a una menos insatisfactoria, lo que necesariamente implica tocar intereses, sabiendo que per definitionem el arte de gobernar es ‘imposible’, como señalaba Freud, porque está condenado a decepcionar, al menos a no dejar a gusto a todos, en la medida en que persigue transferencias de poder y reacomodos políticos.

Esto no embargante, las afirmaciones del ministro de Justicia —cuya hoja de vida sobresale fundamentalmente por haber sido el “jalavalijas” del expresidente Chaves en Zapote— deben ser condenadas. ¿Por qué? Porque provienen de un funcionario con poder, con más del que merece y debería tener.

Sin embargo, lo más preocupante es que la presidenta actual —al menos ‘nominalmente’, pues estamos frente a un gobierno bicéfalo, donde para todos los efectos quien dicta el “rechácese” o “ejecútese” es Rodrigo Chaves— considere este desbarro como algo de recibo en una democracia constitucional y republicana.

Me niego a que el bisoño ministro de Justicia, empoderado en su bravuconería por superiores que le ríen y aplauden las gracejadas, así como de un sector del chavismo que justificará cualquier mamarracho que provenga del oficialismo, lance amenazas a lo que difusamente llama “zurdos enclosetados”.

Quien esto escribe dista de autopercibirse como ‘zurdo’, aunque intuyo que, por el solo hecho de verbalizarlo, soy un “zurdo de clóset” en potencia. Es decir, zurdos de clóset son todos aquellos que nunca estarán dispuestos a hipotecar su independencia de criterio a mortal alguno, sobre todo a aquellos con menores cualidades morales e intelectuales. Si durante mucho tiempo he denunciado el dogmatismo y la falta de pluralidad en las universidades públicas, menos estaría dispuesto a empeñar mis neuronas a un puñado de advenedizos. Porque lo que llamamos ‘chavismo’ es en buena medida eso: un batiburrillo de improvisados, arribistas y personas eyectadas de otros partidos, casi siempre lo peor de todos ellos juntos, aunque también sería ingrato no reconocer que este movimiento, del que todavía no sabemos muy bien hacia dónde conduce, está conformado por personas honestas y que creen en el ‘cambio’, por más difuso que aún parezca.

Las recientes declaraciones del secretario del Partido Pueblo Soberano suman ofensa a agravio. Haciendo referencia al día del traspaso de poderes, concretamente a las entradas que presuntamente militantes del FA coparon vía internet para impedir que interesados pudiesen asistir, afirmó tratarse de algo que tenían previsto, y que, gracias a ese ‘intento de boicot’, habían logrado obtener todos los datos relevantes de quienes él identifica —sin más— como militantes del FA. ¿Y la presidenta? Bien, gracias. En relación con ninguno de estos casos, aseveraciones emitidas por sujetos relevantes en el armado político del chavismo, se ha atrevido a decir nada, no sabemos si porque le parece algo normal, o bien porque tiene miedo. Es probable que la presidenta Fernández pase a la historia sin mayor pena ni gloria, pues sabemos que la única razón por la que está en Zapote es porque así lo decidió el caudillo Chaves, aunque no Pilar, que, según se dice, no termina de aceptarla.

Es lamentable que los costarricense nunca lleguemos a saber a ciencia cierta quién es nuestra mandataria. Sus apariciones están casi siempre achatadas por el discurso de su antecesor, a quien da micrófono más de lo que le conviene, cuando no intenta ella misma, de manera patética, emular sus maneras. Fue precisamente una de esas desafortunadas idas de boca de Chaves las que motivaron el famoso plantón, sus innecesarias y retadoras expresiones en Nicoya, así como el discurso de gradería de sol de Fernández frente a la Corte Suprema, cuando se desgañitó con fingida indignación en torno a “magistrados golpistas”, soliviantando, palabras más palabras menos, para estar listos para levantarse en caso de que la Patria —y la “defensa de la democracia”— lo reclamasen.

Las poses de “jachudo” de Aguilar, su mala imitación de Bukele, así como sus diatribas públicas con Carlo Díaz, deben también entenderse como una disputa de poder frente el hecho de que su hermano aspira a sustituir a Díaz al frente del Ministerio Público. Lo cierto es que, más allá de mezquindades anecdóticas, personajes como Aguilar no deben tener poder. Son peligrosos, máxime cuando su entorno inmediato le ríe las gracias y lo valida.

Somos muchos quienes queremos un cambio real en este país. Uno de los méritos del llamado ‘chavismo’ ha sido sacudir —al menos en el discurso— la modorra institucional en la que hace décadas caímos, que convirtió a las instituciones en fines en sí mismos, y que se acostumbró a llamar a horrendos fueros y privilegios “derechos adquiridos”.

Amén de todo lo que debe ser hecho en el sector productivo de la economía, motor último de bienestar de una nación, es necesario ocuparse con vehemencia del nepotismo, el tráfico de influencias y la terrible endogamia que ha secuestrado la mayor parte de las instituciones públicas, desde universidades hasta el Poder Judicial, pasando por la Caja y el ICE.

Sin embargo, visto con mesura —y en lo posible desprovistos de iluso optimismo—, no deberíamos olvidar que el cambio —con todo lo elusivo, ambiguo y relativo propio de este anhelo— debe ser hacia mejor. Nunca hacia atrás.

No quiero que vuelvan los de antes, pero tampoco deseo que nos gobiernen ‘los peores’, porque eso que llaman ‘rodriguismo’ está conformado en buena medida por escaladores inescrupulosos, oportunistas y pegabanderas.